viernes, 11 de mayo de 2012

EL ERROR LLAMADO DEQUEÍSMO

Consejos de ortografía por Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundéu BBVA.

No es cierto que decir o escribir "de que" sea siempre error. El error llamado dequeísmo consiste en agregar "de" entre el verbo y la conjunción "que" cuando no se debe, como en "dijo de que era un crac", "creen de que es la más sagaz". Es fácil descubrir el error, pues esos verbos no piden un ¿de qué?, sino un simple ¿qué?: ¿qué dijo él?, ¿qué creen ellos?

El error contrario, quitar el "de" cuando se debe decir "de que", se llama queísmo, y en él caen hasta personas de gran sapiencia: "me enteré que habría TLC", "se quejan que no los atienden" . Es igual de fácil identificar el error, pues estos verbos piden un ¿de qué?: ¿de qué te enteraste?, ¿de qué se quejan?

El queísmo se presenta también, con gran frecuencia, cuando se elimina el "de" después de sustantivo, en frases que requieren la preposición: "el hecho que no haya llamado, no significa", "lo hizo a sabiendas que estaba prohibido". Es tan claro que estas frases requieren "de", que si no apareciera el "que" a nadie se le ocurriría eliminar la preposición. Nadie diría "el hecho no regresar..." o "lo hizo a sabiendas las consecuencias".

Aparte de estos dos casos ("de que" después de verbo y "de que" después de sustantivo, esta secuencia puede ir enseguida de los adverbios de tiempos "antes" y "después": "cómprelo antes de que se agote", "venga después de que termine". Este "de que", no es obligatorio como los otros. También puede decirse "que" ("antes que se agote").

La tilde de "o" La "o" ya no se tilda al lado de un carácter arábigo. Antes se escribía "3 ó más", "3 ó 4", para que la "o" no se confundiera con el cero. Hoy ya no debe hacerse. Construido Antes se decía «marque la tilde en la i para disolver el diptongo», y por eso se escribía construído, destruída, incluídos, imbuídas... Esa norma se eliminó en 1952. Hoy se escriben esas palabras sin tilde: construido, destruida, incluidos, imbuidas...

Otros consejos:

Un diptongo es la unión de dos vocales en una misma sílaba, siendo al menos una de ellas débil, sin importar el orden. Ejemplos de diptongos: aire, auto, pierna. Un hiato es lo opuesto. Es la pronunciación separada de dos vocales, perteneciendo cada vocal a una sílaba distinta. Se dice en español que dos vocales abiertas o medias (vocales fuertes) contiguas forman hiatos. Sin embargo, es más común que actúen como diptongos en el español oral. Ejemplos de hiatos: tío, púa.

Línea se considera un hiato en el español normativo, pero actualmente es generalmente pronunciado como un diptongo. Al encontrarse vocales juntas en una sola palabra, podemos estar frente a un caso de diptongo, hiato o triptongo. Conozca el origen y cómo se usa la letra hache Consejos de ortografía por Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundéu BBVA. La hache no es letra fonética (sonido), sino etimológica (origen).

Llevan h palabras de origen latino con f, como hoja, derivada de foja; y palabras de origen árabe, como alhelí, derivado de alhayrí. También la llevan algunas palabras derivadas de vocablos griegos, como hélice, hematoma o hemiciclo. En algún momento llevaron h palabras procedentes del germano, como harpa, de harpo. Hoy se escribe arpa. Y algo curioso.

La llevan palabras que empiezan por ue, huevo, hueco, porque hasta no hace muchos siglos u y v se escribían igual. Se estableció entonces, para que no hubiera la posibilidad de leer vevo o veco, que se usara la h como señal de que la letra siguiente era vocal u y no consonante v. Cuando se definió la diferencia gráfica definitiva entre la u y la v, todas esas palabras quedaron con h por inercia, huevo, hueco, huérfano, huella, hueso, huésped...

La h tiende a desaparecer, por lo que bahareque, alhelí, pitahaya, hacera tienen hoy versiones simplificadas sin h, bareque, alelí, pitaya, acera. La h que sí suena y que perdurará es la del dígrafo ch, que hasta 1994 fue considerado letra, Chapinero, cachaco, Pacho, pecho, champú...

domingo, 15 de abril de 2012

VARGAS LLOSA PRONOSTICA LA DESAPARICIÓN DE LA CULTURA

Mario Vargas Llosa suele decir lo que piensa aunque sus opiniones levanten ampollas, y polémica suscitará sin duda su nuevo ensayo, "La civilización del espectáculo", una dura radiografía de la actualidad en la que critica la banalización de la cultura, la política y el periodismo.

En este libro, que Alfaguara publica ahora en España y que paulatinamente se irá distribuyendo en Hispanoamérica, el escritor peruano pronostica la desaparición de la cultura, "en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo", y constata "el eclipse" del intelectual en la sociedad actual.
"El intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón", escribe Vargas Llosa en su nuevo ensayo, un libro valiente y lúcido con el que denuncia la excesiva importancia que se le da al entretenimiento y a la diversión en nuestro mundo.
Querer divertirse "es legítimo", afirma este gran novelista, Premio Nobel de Literatura, pero convertirlo en un valor supremo tiene sus consecuencias: "la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo".
Ese afán de diversión influye en la literatura y hace que la que triunfe sea la "light", y tiene también como consecuencia que la crítica literaria, tan necesaria para arrojar luz en el confuso panorama cultural, tenga una influencia cada vez menor.
El escritor también critica el gran espacio que se le dedica a la moda y a la cocina en las secciones de cultura.
Los "chefs" y los modistos tienen ahora "el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos", señala Vargas Llosa en su ensayo, el primer libro que escribe después de ganar el Premio Nobel.
En esta cultura "de oropel" imperante, "las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos", añade el autor de novelas tan esenciales como "La casa verde", "Conversación en la Catedral" o "La fiesta del Chivo".
Los políticos no salen bien parados en el sombrío panorama que dibuja Vargas Llosa en su libro.
"El desprestigio de la política en nuestros días no conoce fronteras", debido en parte a que "el nivel intelectual, profesional y sin duda también moral de la clase política ha decaído", afirma Vargas Llosa, quien también llama la atención en su libro sobre la escasa influencia que ejercen los intelectuales en la sociedad actual.
El intelectual "se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan", sostiene el escritor, consciente de que el pensamiento ha ido perdiendo peso en "la civilización del espectáculo" y de que hoy priman "las imágenes sobre las ideas".
El cine, dice en el libro, ya no produce creadores como Bergman, Visconti o Buñuel. Hoy se considera un "ícono" a Woody Allen, "que es, a un David Lean o un Orson Welles, lo que Andy Warhol a Gauguin o Van Gogh en pintura, o un Dario Fo a un Chéjov o un Ibsen en teatro".
En su libro, que el autor presentará el 25 de abril en la Casa de América, de Madrid, se detiene también en las artes plásticas y asegura que, en ellas, "la frivolización ha llegado a extremos alarmantes".
Todo parece estar permitido, desde las provocaciones de Damien Hirst hasta que un artista defeque ante el público en una galería de arte y luego se coma sus propias heces.
Vargas Llosa, que incluye en el ensayo algunos de sus artículos aparecidos en el diario El País, sostiene que la prensa contribuye, y mucho, "a consolidar esa civilización 'light" que lleva a olvidar que la vida "no sólo es diversión, también drama, dolor, misterio y frustración".

Tomado del Periódico El Tiempo de la ciudad de Bogotá.

miércoles, 14 de marzo de 2012

CONSEJOS DE ORTOGRAFÍA

Tomado del Periódico El Tiempo de la ciudad de Bogotá.

Consejos de ortografía de Fernando Ávila, delegado de la Fondéu BBVA para Colombia.

Aunque el 'Diccionario de la lengua española', 2001, le da a 'hispano', entre otras acepciones, la de 'perteneciente o relativo a las naciones de Hispanoamérica' y los diccionarios 'Clave y Vox' reconocen latino y latinoamericano como sinónimo de hispano, conviene recordar que lo latino abarca mucho más.

'Latino' es lo que viene del Lacio, como el idioma latín, del que derivan el italiano, el portugués, el castellano, el catalán, el gallego, el francés y el rumano.

En esa línea, Nadia Comaneci (atleta rumana) es tan latina como Luz Mary Tristán (patinadora colombiana) y Laura Pausini, Eros Ramazzotti y Andrea Bocelli (italianos los tres) lo son a tal punto que han ganado gramófonos del Gammy Latino.

Los pueblos latinos incluyen (¡quién lo creyera!) a Moldavia, que perteneció a la Unión Soviética. Su lengua es el mismo rumano. Y a Quebec, provincia canadiense donde se habla francés. ¿Cuántas veces al hablar de Latinoamérica hemos tenido en cuenta que culturalmente Quebec forma parte de ella?

La Unión Latina, creada en 1954, incluye países como Costa de Marfil y Senegal, de habla francesa; Angola, Cabo Verde y Mozambique, de habla portuguesa, y Filipinas, cuya lengua fue hasta su independencia el español. Curiosamente el Vaticano, único Estado que tiene como lengua oficial el latín, no es miembro pleno, sino apenas observador permanente de la Unión.

El principal criterio de latinidad es la lengua, aunque al calificar a una persona de latina, según el contexto, se puede dar a entender que es fogosa, trigueña, sexi, informal, alegre y recursiva, entre otras posibilidades.

Tour

La palabra francesa tour se escribe en cursiva. La edición de 1992 del 'Diccionario de la lengua española' incluyó la adaptación 'tur', pero fue tan mal recibida por la comunidad hispanohablante que se eliminó en la edición del 2001. En todo caso, hay equivalentes propios como gira, viaje, paseo, excursión, visita, recorrido..., que se pueden usar según el caso.

Tableta y táctil


Las palabras inglesas 'tablet' y 'touch', frecuentes en textos sobre aparatos de última tecnología, se traducen al español tableta y táctil.

FERNANDO ÁVILA

domingo, 11 de marzo de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ Y EL DINERO

Tomado del Periódico El Tiempo, de la ciudad de Bogotá.


¿Cuánta plata tiene 'Gabo'? Juan Gossaín reconstruye la curiosa relación del Nobel con el dinero.

Hace veinte años, la pregunta que más le hacían a un colombiano, cuando se encontraba con sus amigos en cualquier parte del mundo, era esta: "¿Cómo es Gabriel García Márquez?". Los tiempos han cambiado. La tabla de valores también. Ahora lo detienen a uno en las esquinas para preguntarle: "¿Cuánta plata tiene García Márquez?".

La gente suele pensar que el dinero es una manera de medir el éxito de un hombre. Habría que preguntárselo a Dostoievski, que murió en la miseria. Lo cierto es que, cada vez que alguien me habla de ese tema, debo reconocer que no tengo la menor idea. Ni me importa. Esos vericuetos no son de mi incumbencia.

Como si fuera poco, he tenido la fundada sospecha de que García Márquez sabe escribir pero no sabe sumar. Jamás le he visto un billete en la mano. Ni una billetera. Su mujer es la que ha manejado siempre los asuntos financieros de la casa.

-Desde el primer día -me confesó una vez el novelista- comprendí que Mercedes es mujer y árabe: son los únicos seres humanos que saben para qué es la plata.

Cuando se encerró a escribir Cien años de soledad, ella le hizo una advertencia terminante:

-Tú no estás aquí para preocuparte por plata. Tú dedícate a escribir, que del resto me encargo yo.

Mucho tiempo después, su marido reconocería que nunca supo cómo hizo ella para mantener la casa en pie mientras él pasaba seis meses sin empleo, encerrado, peleando a trompadas con las palabras.

La libreta de ahorros

Tras los interminables años de penurias, en los cuales siguió sembrando letras a pesar de las emboscadas que el hambre le tendía a cada paso, por fin llegó el día de recoger la cosecha.

Al comenzar la década del 70 sus obras se agotaban en los arrozales chinos o en las librerías de Nueva York. Lo primero que hizo fue abrir una cuenta corriente, a nombre de Mercedes, en un banco de Los Ángeles. Dio la orden de que solamente le consignaran en ella las cifras redondas, ya que los centavos los trasladaba a una cuenta secreta que abrió en México, a su propio nombre. Puso a Mercedes como beneficiaria.

Escondió la libreta de ahorros debajo del colchón, para que ella no descubriera que tenía una plata de consumo personal, que se gastaba a escondidas, tomando una botella de vino con los amigos.

Hasta el día en que abrió el periódico de la mañana. Allí estaba, en primera página, la noticia terrible: el banco mexicano se había quebrado.

Entonces empezaron las angustias del arrepentido. No podía dormir. Sudaba frío. Le remordía la conciencia. Sentía que los dioses lo habían castigado por engañar a su esposa. Hasta que no aguantó más y se dispuso a revelarle la verdad completa. Cerró el periódico, la llamó a la cocina y la hizo entrar al dormitorio.

-Tengo que hablar contigo -le dijo, al borde del llanto, mientras se sentaban en la misma cama donde había escondido la libreta.

Balbuceando, enredado en sus propias palabras, trató de contarle una historia coherente. Le pidió perdón en todos los idiomas. Hasta que Mercedes le interrumpió el parloteo.

-Para ahí -le dijo-. Para. Si me estás hablando de una libreta de ahorros que estaba debajo del colchón, yo la saqué el mes pasado y retiré toda la plata.

Su marido sintió que el alma le volvía al cuerpo. Se puso de rodillas y le prometió que nunca más le ocultaría un centavo.

Un cuento de hadas

A pesar de los ríos de tinta que han corrido esta semana, al celebrarse los 85 años de su nacimiento, hasta el día de hoy nadie ha relatado lo que ocurrió con el episodio de la maleta llena de plata. Corría el año de 1965. En esa época el futuro ganador del Nobel se rebuscaba la vida trabajando en una agencia de publicidad. Vivía en Ciudad de México con Mercedes y sus hijos, Gonzalo y Rodrigo, que eran unos niños.

Se acercaban las fiestas navideñas y la familia estaba sin un centavo. Casi tan pobres como en los tiempos en que el escritor cantaba vallenatos a grito pelado en los trenes de París, para que los pasajeros le regalaran unas monedas compasivas, mientras terminaba de escribir una novela titulada Este pueblo de mierda.
Se la mandó a su amigo Guillermo Angulo, que estaba en Bogotá, para que la presentara a competir en el concurso Esso de Novela.

Los jueces la escogieron ganadora, pero el padre Félix Restrepo, académico de la Lengua que presidía el jurado, dijo que se negaba rotundamente a premiar un libro con semejante título. Llamaron a Angulo, que se dedicó a buscarlo de urgencia, hasta que lo localizó en un hotelito francés de mala muerte y le contó el problema en que estaban metidos.

Gabo le contestó que le pusieran el nombre que más les gustara.

-Yo lo único que quiero son los dolaritos del premio -le dijo-. Los necesito tanto...

Fue el mismo Angulo quien le puso La mala hora. Siempre he creído que el título es lo mejor de esa novela.

Epílogo con maleta

Pasaron como quince años desde entonces. Volvamos a aquella Navidad de 1965 en México.

-Este año no habrá regalos -les anunció el padre, con el corazón en la mano.

Gonzalo, que esperaba una bicicleta de aguinaldo, y algo de ropa, se puso a llorar.

-Pero un día de estos -prosiguió Gabo- llegará a casa un señor con una maleta llena de plata que nos sacará de problemas. No lo olviden.

-Tú pareces escritor, papá -lo regañó Rodrigo-. Las bolsas de plata solo existen en los cuentos de hadas.

-Así es -respondió él-. Nuestra vida será un cuento de hadas.

Dos años después, en marzo del 67, se publicó Cien años de soledad, con su estruendo de terremoto en el mundo entero. El 23 de diciembre estaban en Barcelona y Gabo recibió una llamada telefónica del banco donde había abierto una cuenta.

-Le está llegando dinero de todas partes -le dijo el gerente-. Sus derechos de autor.

Sin pensarlo mucho, y sin preguntar siquiera cuánto era el saldo, le pidió un favor.

-Convierta todo eso en pesetas, haga comprar de cuenta mía una maleta grande, meta en ella todo el dinero y mañana por la noche la manda a mi casa.

El banquero se quedó en silencio. "Estos escritores son muy extraños", debió pensar. "Y sudamericanos, además".

Al día siguiente, mientras la familia se hallaba reunida para la cena navideña, un mensajero del banco, disfrazado de Papá Noel, llamó a la puerta. Lo hicieron pasar. Puso la maleta en una silla.

-Ábrala -le pidió Gabo.

Mercedes ocupaba la cabecera. Los niños miraban la escena con curiosidad, pero sin entender qué era lo que pasaba. Los fajos de billetes formaban unos montoncitos atados con cintas de caucho. Gabo despidió al mensajero con una propina. Entonces puso una cara de solemnidad, fingió que era un mago que hacía un truco, y exclamó:

-Yo se los dije: un día de estos llegará a la casa una maleta llena de plata.

Rodrigo recordó de inmediato la historia que había ocurrido dos años atrás, en aquella Navidad de pobres, y se levantó de su silla.
Dando un rodeo por la mesa, fue adonde estaba su padre y le dio un beso en la frente.

-Papá -le dijo-, tú eres nuestro cuento de hadas.

Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO

miércoles, 29 de febrero de 2012

CONSEJOS PARA LA ORTOGRAFÍA

Fernando Ávila, profesor universitario, con consejos importantes de ortografía, artículo publicado por el Periódico El Tiempo.


Aprenda este y otros consejos de ortografía con Fernando Ávila, delegado de la Fundéu BBVA.

Sabiamente la Academia decidió que el pronombre este no se tildara más. La norma decía que se tildaba el pronombre, "éste rebuzna", para distinguirlo del adjetivo, "este burro rebuzna". Como se ve en el ejemplo, la tilde es innecesaria. No es ella quien determina si este es adjetivo o pronombre, sino la presencia o ausencia del sustantivo, es decir, del burro. Adjetivo: "este burro rebuzna". Pronombre: "este rebuzna".

Si el escribiente se equivocaba, como solía pasar, y tildaba el adjetivo, por más grande que fuera la tilde, no dejaba de ser adjetivo. Y si dejaba sin tilde el pronombre, seguía siendo pronombre.

Algunos profesores insistían en la necesidad de hacer la distinción y alguno de ellos, bien desocupado, se inventó este ejemplo: "Juan llevaba pistola y este revólver" (sin tilde, Juan llevaba dos armas); "Juan llevaba pistola y éste revólver" (con tilde, Juan llevaba pistola y otro tipo llevaba revólver).

Lo que el desocupado profesor no tuvo en cuenta es que la diferencia de significado se indica con la presencia o ausencia de la coma: sin coma, Juan llevaba dos armas, "Juan llevaba pistola y este revólver"; con coma elíptica, Juan llevaba pistola y su compinche llevaba revólver, "Juan llevaba pistola y este, revólver". La coma elíptica reemplaza el verbo (en este caso, llevaba).

La Academia dijo en 1952, Nuevas normas de prosodia y ortografía, que la tilde del pronombre este se marcaba si se prestaba a confusión, pero fue como si nada. Luego, en 1999 insistió en que solo había que marcarla en el remotísimo caso de que se prestara a confusión. ¡Nada! Finalmente, en el 2010, Ortografía de la lengua española, dijo que no se debía marcar en ningún caso, pues el contexto evitaría a la larga cualquier posible confusión.

La norma es, pues, no marcar la tilde en los pronombres este, ese, aquel, ni en sus femeninos, ni en sus plurales. Nunca se han marcado, ni debe hacerse ahora, en los neutros, esto, eso, aquello.

No sobra aclarar que el sustantivo este, "Al este del Edén", no lleva tilde, y que sí la llevan inflexiones del verbo estar como esté, está y estás, "cuando él esté listo", "Juan está armado", "porque estás que te vas y te vas".
Guion

En 1999 la Academia eliminó la tilde del monosílabo guion. El Drae del 2001 mantuvo la escritura antigua, guión, como opción de la nueva, guion, pero la nueva Ortografía del 2010 acaba definitivamente con esa tilde y exige que ahora se escriba siempre guion.
Subvenir

Subvenir no es la adaptación al español del francés souvenir, 'regalo o recuerdo de un viaje', sino un verbo que significa 'venir en auxilio de alguien', "Juan tiene que subvenir las necesidades de su anciano padre".
Fernando Ávila
Delegado de la Fundéu
BBVA para Colombia

miércoles, 18 de enero de 2012

USO CORRECTO DE LA RR

Fernando Ávila explica el uso correcto de la rr y da otros consejos de ortografía, para el periódico El Tiempo de la ciudad de Bogotá.

Mire usted las facturas de grandes empresas que tenga a la mano y podrá observar que, salvo alguna excepción, dicen "somos autoretenedores".

No sé si el error provenga de algún decreto oficial que obligue a las empresas a escribir esa leyenda en sus facturas. Podría ser. Habría que comenzar por corregir el decreto.

El caso es que el sonido de una sola r intervocálica es suave. Nótelo al leer en voz alta ore, como cuando dice "ore para que se cure" y torete, como cuando dice "es un torete manso". Ese sonido suave de la r es el mismo en autoretenedores.

La escritura correcta es autorretenedores, pues la r inicial de retenedores, con sonido fuerte, como en rama, remo, rico, rosa, Rusia, pasa a suave al agregar el prefijo auto-, como en lora, Lorena, Orinoco, poro, Oruro, por lo que debe duplicarse para que tenga el sonido fuerte que le corresponde, como en corral, correa, morrito, borrón, Porrúa.

Ese mismo error se comete con frecuencia en otras voces compuestas como infrarojo, antirobo, cicloruta, Villareal, publireportaje, que deben escribirse infrarrojo, antirrobo, ciclorruta, Villarreal, publirreportaje.

En cambio, es incorrecto escribir Enrrique, porque una sola r entre consonante y vocal da siempre sonido fuerte.

Recuerdo mucho que en mi época de defensor del lenguaje les pedía a los redactores de la sección comercial de EL TIEMPO que escribieran PUBLIRREPORTAJE en vez de PUBLIREPORTAJE, en el cabezote de las páginas que editaban.

Se lo pensaron durante varios meses, hasta un buen día en que me dijeron "¡mire la edición de mañana, profe!". Supuse que habían decidido hacerme caso, y que al otro día vería por fin el cabezote bien escrito. Busqué con ansiedad el logro de mi misión, y encontré que habían cambiado PUBLIREPORTAJE por INFORMACIÓN COMERCIAL. ¡Plof!

h

El símbolo de 'hora' y 'horas' es h, sin punto, en minúscula y sin más letras, "nació a las 3 h del lunes", "a las 17 h vence el plazo".

Descuentos del -20 %

Estrictamente un descuento del -20 % es un sobrecosto del 20 %. La redundancia se ve en multitud de vitrinas por estos días de rebajas. Lo correcto es "descuentos del 20 %".

container

La traducción española de la voz inglesa container es contenedor. El DRAE lo define así: 'embalaje metálico grande y recuperable, de tipos y dimensiones normalizados internacionalmente y con dispositivos para facilitar su manejo'.

Fernando Ávila
Delegado para Colombia de la Fundéu BBVA

miércoles, 12 de octubre de 2011

Juan Gossaín cuenta la historia de los primeros hombres que pisaron "oficialmente" América.

Periodista y escritor colombiano.


Eran 120 hombres, piojosos y hambrientos, "que más parecían almas en pena": los primeros europeos en llegar a suelo americano, hace 519 años.

Las tres carabelas eran dos y Martín Alonso Pinzón no fue el primero que divisó tierra. Las carabelas propiamente dichas eran La Pinta y La Niña, las dos primeras naves de aquella expedición en que viajaban 120 tripulantes piojosos y hambrientos, que más parecían almas en pena. La última no era un clásico velero de tres mástiles, mucho más grande y menos rápido que una carabela.

Como si no fuera suficiente, tampoco es verdad que esa tercera embarcación tuviera por nombre Santamaría. El 3 de agosto de 1492, día en que zarparon de España rumbo a la gloria, para cumplir una epopeya digna de la mitología griega, el buque se llamaba María Galante; así aparece registrado en los archivos de la época, que se conservan en Sevilla. Fue el propio Colón, cuando empezaron las terribles penurias del viaje, el que lo rebautizó en busca de la protección divina de la Virgen Santísima.


A mar abierto


Han pasado más de dos meses desde que partieron de Palos de Moguer, un pueblo de navegantes, minas rústicas de carbón y pescadores artesanales, perdido en la desembocadura del río Tinto. Para ser exactos, llevan 62 días de sufrimientos a mar abierto. No han visto más que agua y cielo. Ni un pájaro siquiera. Algunos han enfermado de tuberculosis.


Los tormentos son interminables. El hambre es tan agobiante que un sargento de grumetes, Sebastián de Ecija, escribe en su propio cuaderno de bitácora que tuvo que comerse las tiras deshilachadas de su pantalón de lona, aliñadas con agua de sal, para engañar el estómago. En medio de las desgracias se permite una pizca de humor. "El pantalón sabe a carne de cordero", anota en sus memorias. Son españoles: tienen un sentido trágico pero también cómico de la vida.

La semana pasada no aguantaron más. Se amotinaron.
Enloquecidos por la desesperación, acusan a Colón de haberlos embarcado en una aventura sin destino. Estuvieron a punto de lincharlo.

El almirante, que hoy se levantó temprano, como todos los días, camina pensativo por la cubierta de La Pinta, que encabeza la caravana porque es la nave del almirante. No sabe si podrá resistir la próxima sublevación. Acaba de cumplir 41 años y es un hombre de pocas palabras, que parece encerrado en sí mismo. Nadie puede decir que lo ha visto sonreír. En las últimas semanas ha envejecido y ahora tiene cara de apesadumbrada anciana.


Hoy es viernes. Viernes 12 de octubre de 1492. Amanece. No hay viento. La mar océana, como a él le gusta llamarla, está en calma.

El mundo parece que se hubiera quedado quieto. El primer sol del día se alza muy pálido, en la parte más lejana del horizonte, porque estamos en la temporada lluviosa de este paraje que algún día se llamará Caribe.


Poco después de las 6 de la mañana, el almirante ve pasar a la derecha de su navío un puñado de algas podridas que flotan sobre la cresta del oleaje. No eran muchas, pero un navegante encallecido sabe lo que significan. Da un salto de emoción.

Regresa a su camarote y escribe en el diario: "Plantas y raíces a estribor. Si hay vegetación, tiene que haber tierra. Estamos muy cerca".


Rodrigo de Triana ha estado de turno toda la noche en la meseta del vigía, que queda en la parte más alta del palo mayor. Ahora, mientras termina de clarear la mañana, descabeza un sueño atrasado durmiendo a pedazos.


De súbito, aquel centinela flaco y de baja estatura, que tiene un ojo torcido y que ha sido marino de ocasión, estibador sin trabajo y asaltante nocturno en las calles de Huelva, cree ver dos siluetas pequeñas que bailan entre la bruma. Teme que el hambre lo esté haciendo alucinar.


Por si las moscas, Triana afila su ojo bueno. Revisa con cuidado. Allí están, retozando, a veinte metros de su cara, dos gaviotas de cabeza negra, pájaros madrugadores. Vuelan hacia el occidente, aguas afuera. El vigía hace una conjetura de marino, equivalente a la que escribió Colón: "Si hay pájaros, hay tierra".

En sus escabrosas noches de taberna, de regreso a España, Triana relataría a los parroquianos lo que sintió en ese momento.

Dice que lo primero que hizo fue levantarse del puesto de vigilancia y seguir con la mirada el recorrido de las gaviotas. Vio una palma de coco en una playa que parecía ennegrecida por los aguaceros recientes. Empezó a temblar. Y entonces, con ambas manos alrededor de los labios, para hacer una bocina, pegó aquel grito que habría de cambiar para siempre la historia humana:


-¡Tierraaaaaaaaa! ¡Tierra a la vista!


(No fueron dos los ojos que primero la vieron, sino uno solo, el ojo bueno de Rodrigo de Triana, el que avistó a América.)


Tan fuerte y agudo chillido del vigilante despertó a todo el mundo. No pudo darlo por segunda vez, como era su propósito, pues se quedó afónico. La garganta le ardía. La roñosa carabela se llenó de correndillas y alegría.


Los mismos tripulantes que hace una semana intentaron ajusticiar a Colón tirándolo al mar, ahora quieren alzarlo en hombros, como un triunfador. El italiano, tan discreto toda su vida, se niega con palabras de buena crianza a recibir semejante homenaje.


-Primero lo primero -dice a sus hombres, y se aparta de ellos.


Va a la parte delantera de la proa; levanta con la mano derecha el estandarte de los reyes católicos, que le financiaron la odisea; se hinca de rodillas sobre las tablas ruinosas de la cubierta y se echa la señal de la cruz. Luego, ve una guacamaya de doscientos cincuenta colores que lo mira desde la arboleda.

El primer baño de mar


Colón impuso su autoridad en medio de la algarabía. Ordenó que primero bajaran a tierra los tres capitanes de las embarcaciones, el escribano Escobedo, que sería el encargado de levantar el acta oficial, y él mismo. Así se hizo. Luego saltaron los tripulantes.
Aquella chusma feroz, compuesta en su inmensa mayoría por truhanes de cantina, presidiarios, náufragos de la vida, gente sin futuro, se lanzó frenética al agua fresca. Reían y lloraban, se hacían bromas. Hoy, cualquiera los habría tomado por un enjambre de escolares inocentes que se divertían en vacaciones. Habían llegado a lo que se conoce como el archipiélago de las Bahamas.

Al contrario de lo que suele pensarse, Cristóbal Colón no fue un aventurero afortunado, sino un admirable navegante que había trabajado para los grandes mercaderes de Génova, su ciudad natal. Padeció varios naufragios y escapó de la persecución de los piratas, cuando resolvió que quería ponerse a estudiar. En la universidad de Coimbra, en Portugal, aprendió en profundidad cartografía, altas matemáticas y astronomía.


Siendo ya un hombre ilustrado, se unió a la tesis del sabio Toscanelli, quien sostenía que la Tierra era redonda. En consecuencia, decía Colón, si uno navega siempre hacia el occidente, sin necesidad de darle la vuelta al mundo por el sur de África, llegará más rápido a la India, donde hace quinientos años se amontonaban el comercio y la riqueza.


En pocas palabras: Colón no salió de España a buscar un mundo nuevo, del que nadie tenía noticia, sino a buscar un camino nuevo para llegar al mundo viejo. Fue su tenacidad la que le permitió encontrar lo que no andaba buscando.

'De fermosos cuerpos'


Empieza a reunirse en la playa mucha gente de aquella isla pedregosa, a la que los nativos llamaban Guanahaní y que el almirante bautizaría de inmediato como San Salvador. Colón era, además, un estupendo narrador, como lo demuestra su diario:

"Les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo. Venían nadando adonde nosotros estábamos y nos traían guacamayas o hilo de algodón en ovillos, que les cambiábamos por cascabeles".

Es falsa la leyenda de que el almirante encontró aquí unos indiecitos enjutos y de baja estatura. Fue exactamente al revés, según su propio testimonio: "Eran todos jóvenes, que ninguno vi de más de 30 años. Muy bien hechos, de fermosos cuerpos, altos y fuertes. Andan todos desnudos, como su madre los parió, y también las mujeres, pero no vi más que una buenamoza".

Epílogo

Ni él mismo supo en vida el verdadero alcance de su hazaña: murió catorce años después de aquella mañana, en 1506, a los 55 años, convencido de que había llegado a territorio asiático por un camino más corto, como era su propósito.

Lo persiguió la infamia, lo metieron en la cárcel, le regatearon sus derechos, fue abandonado por todos, incluido su hijo Diego, un zángano que vivió de la gloria de su padre.


En el mundo que él descubrió existe una sola nación que lleva su nombre. Se llama Colombia, que es como debería llamarse el continente entero.