domingo, 14 de octubre de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ CUMPLE TREINTA AÑOS DEL NOBEL DE LITERATURA

Su amigo evoca la consagración de García Márquez con el Nobel hace treinta años.
En la cabina del Jumbo de Avianca que viajaba esa noche desde Bogotá hasta Estocolmo y por obra de esa gentileza del corazón del presidente Betancur, a la cual ya estamos acostumbrados sus compañeros de generación, nos habíamos dado cita, los más antiguos y cercanos amigos de Gabriel García Márquez. Nuestro decano, Gonzalo Mallarino, nos miraba a todos como si el asunto fuera de una absoluta y cotidiana familiaridad. Allí estábamos, con nuestras respectivas esposas, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Hernán Vieco, Álvaro Castaño Castillo y Fernando Gómez Agudelo. Guillermo Ángulo circulaba por todo el avión como si lo acabara de comprar y Gonzalo Mallarino trataba de iniciar a su hijo, Gonzalo también de nombre, en la intrincada mitología del nieto del coronel Nicolás Márquez. Aura Lucía Mera presidía la itinerante celebración con una discreta y sabia condescendencia de reina en vacaciones.

Lo primero que advertí entre ese cerrado pelotón de viejos amigos, era que todos y cada uno compartían conmigo un sentimiento de absoluta naturalidad, de casi indiferente aceptación de algo que hacía muchos años dábamos ya por descontado: el Premio Nobel para nuestro común compañero de más de media vida de errancia, noches interminables de alcohol y sabiduría y una ininterrumpida y deletérea mamadera de gallo. Era evidente para todos que ese mítico viaje a la vasta noche escandinava era, apenas, un episodio más de nuestra saga a la vera de Gabriel y sus sucesivas y siempre deslumbrantes anunciaciones.

El viaje duró más de 20 horas. Hicimos escala en Puerto Rico, Madrid y París. Había pasajeros que bajaban, otros que subían, amigos en trance de diplomáticos y diplomáticos en trance de amigos que subían para saludar, pero nosotros no suspendíamos esa ardua, inagotable y sabrosa tarea que Gabriel resume como "hablar la vaina". Cuando ya no quedaba autor francés del siglo pasado y comienzos del presente por revisar con Alfonso Fuenmayor, tornábamos con Álvaro Castaño a tratar de esclarecer la madeja de matrimonios de los duques Valois de la Casa de Borgoña con las dinastías de Luxemburgo, Portugal y el Sacro Imperio. Cuando Castaño me abandonaba para lanzarse en alguna incursión a la cabina de turismo, volvíamos con Vieco a iniciar nuestro viejo número del diálogo entre 2 franceses a base de pujidos, resoplidos y enfáticos gestos con los hombros y los brazos, número que sólo a nosotros divierte y sospecho que hunde en el tedio a más de un irritado circunstante. Al tornar Vieco a dormir, con esa cara de paisa que ha cometido una bellaquería, Germán Vargas, desde su poltrona y con ese dejo bumangués que ya no se le quitará nunca, por mucha costa que le meta, se me queda mirando con sus ojos azules de gato insomne para soltarme, con sorna que me hace regresar a mi sitio: "Maestro, se ve que usted espiga en todos los campos". Y así llegamos a Estocolmo. Nuestro aspecto estaba lejos de parecer impecable, 20 horas de hablar paja terminan con cualquiera. Desde luego, como siempre, con una excepción: Álvaro Castaño Castillo luce su aire de dandy recién levantado, y "cruza por los salones su indolencia como partiendo en 2 el siglo XX".

Cuando volvimos a reunirnos en México, Gabriel me comentó varias veces: "Cuénteme cómo fue esa vaina de Estocolmo. Yo no me acuerdo de nada. Sólo veo los relámpagos de los fotógrafos y vuelvo a padecer las preguntas de los periodistas, siempre las mismas. ¿A dónde iban, dónde comían, cómo era todo?". Creo que ya se cansó de escuchar mi versión y anda ahora preguntándoles lo mismo a otros compañeros de viaje.

El primer acto al que asistimos fue, en muchos aspectos, el más conmovedor y entrañable. Consistió en la lectura que hizo Gabriel de su conferencia sobre 'La soledad de América Latina' en la sala de actos de la Academia Sueca. El texto, que en fondo es un llamado desgarrador y airado, fue leído por Gabriel con una serena dignidad, con lejanía, casi, que lo hizo aun más hondo y verdadero. Todos los presentes tomaron conciencia, de repente, por la sola magia de un estilo maestro, de lo que en verdad significaban las apocalípticas palabras con las que termina 'Cien años de soledad'. Eso no fue óbice, naturalmente, para que, al terminar la ceremonia, Germán Vargas me lanzara el consabido comentario: "Este Gabito también espiga en todo los campos".

Y así continuó la fiesta. Los suecos, como todo pueblo viejo y, por ende, sabio, saben darle a la rutina ceremonial de su corte y de sus instituciones una absoluta sencillez, una austera elegancia que nos hace participar en estos actos como si fueran la cosa más natural y cotidiana del mundo. Así llegamos a la entrega de los premios en el Gran Auditorio del Konserthuset. Para todo el mundo es ya familiar la figura adusta, casi melancólica, de Gabriel García Márquez recibiendo de manos del rey la medalla y el pergamino que lo acreditan como Premio Nobel de Literatura de 1982. Para el grupo de sus viejos amigos allí presentes, fue un momento de recogimiento, de nostalgia evocadora, de entrañable comunión con quien ha sido siempre el mejor de los amigos y el más cariñoso e indulgente testigo de nuestros descalabros.

Cuando, vestido con su impecable liquiliqui, recibía la nutrida ovación de la sala cuyos aplausos no parecían terminar jamás, me di cuenta que, desde cuando nos encontramos por primera vez en Cartagena, hace 33 años, por intermedio de Gonzalo Mallarino, ya esta noche de Estocolmo y esta ferviente aclamación que llegaba del mundo entero estaban presentes, con evidencia profética, en el estruendo del viento que azotaba las palmeras de Bocagrande y en la vasta y tibia noche del Caribe. Esta lógica implacable de una vida hecha de amor por las letras, devoción y esperanza en el hombre y feroz disciplina de trabajo, me llenó los ojos de lágrimas. Volví a ver a mis compañeros de palco y de viaje y tuve la certeza de que todos estábamos pensando lo mismo.

Luego vino el banquete real en el Stadhus. Todos esperábamos, con justificada ansiedad, la participación de los grupos folklóricos colombianos escogidos por Colcultura para actuar en uno de los intermedios que, durante el banquete, separan las intervenciones de los premiados destinadas a hablar de su obra y agradecer el premio recibido. En 10 escasos minutos los grupos de baile y los cantantes trajeron a la inmensa sala de la fiesta, en donde se reunían más de mil 300 invitados, un aire de Colombia, una maravilla de color y de gracia en donde no hubo un detalle fuera de lugar ni una nota de más. Los colombianos, sin saberlo, ni desde luego, proponérselo, estaban repitiendo la sabia lección de buen gusto dada por nuestros huéspedes.

Todo sucedió de noche. Estocolmo, una de las más bellas capitales de Europa, la venerable fortaleza marina de los Wasa, solo tiene por esa época unas pocas horas de una luz opalina y fantasmal. Pero también esto contribuyó con mucho al ambiente feérico, agitado y nostálgico en el cual transcurrieron esos 4 días inolvidables que hoy he tratado de evocar y que, de nuevo, se me han, escapado para regresar a esa zona de lo inefable en donde se refugian los recuerdos que nos permiten seguir viviendo. No es la palabra escrita el medio indicado para darles permanencia. Ellos viven de esa savia inagotable que en portugués se llama 'saludable', y eso no se escribe.

Por Álvaro Mutis. Texto publicado en 1983 Por la División de Publicaciones, Subdirección de Comunicaciones Culturales, Instituto Colombiano de Cultura.

jueves, 11 de octubre de 2012

MO YAN GANADOR DEL NOBEL DE LITRERATURA 2012

Mo Yan 'feliz' con su Nobel, quiere 'esforzarse más' en sus escritos
Así lo manifestó el Nobel en su primera reacción proporcionada por los medios estatales.
El escritor chino Mo Yan es el ganador del Premio Nobel de Literatura 2012, anunció este jueves la Academia Sueca, que le ha concedido el galardón por su visión mágica y realista de China.

"Al saber que me concedieron esta recompensa, me sentí muy feliz", dijo el laureado de 57 años. "Voy a esforzarme más en la creación de nuevas obras. Quiero trabajar más para agradecérselo a todo el mundo", añadió, citado por la agencia China Nueva.

"Sin embargo, creo que este premio no lo es todo. Creo que China tiene numerosos autores con mucho talento. Su brillante producción merece también ser reconocida en el mundo", añadió el novelista desde su pueblo de Gaomi, en la provincia de Shandong, donde se encontraba este jueves.

Mo Yan "muestra con cuentos populares de un realismo alucinatorio la historia actual y contemporánea", subrayó el portavoz del Comité Nobel al anunciar la concesión del premio. Mo Yan, que significa 'no hables' en chino, es el seudónimo de Guan Moye, el verdadero nombre del nuevo Nobel de Literatura.
El escritor, de 57 años, recibirá el preciado galardón por su retrato de la convulsa historia de su país, en una descripción en que confluyen las tradiciones y ritos del mundo rural y en un lenguaje que mezcla el realismo y la magia, así como la ironía y la sensibilidad, según la explicación de la Academia, que recomienda especialmente 'Las baladas del ajo', entre sus producción literaria.
 
Entre sus libros más conocidos está 'Sorgo Rojo', la novela cuya adaptación al cine dio al director de cine Zhang Yimou el Oso de Oro de la Berlinale, en 1988, uno de los hitos de la historia de ese festival de cine.

El Nobel de Literatura 2012, dotado con ocho millones de coronas suecas (aproximadamente 1,2 millones de dólares), un 20 por ciento menos que el año pasado, sigue en la nómina del prestigioso galardón al poeta sueco Tomas Tranströmer, en 2011, y al peruano Mario Vargas Llosa, en 2010.  (Vea un listado de los Premio Nobel de Literatura de los últimos 15 años)
La semana de los Nobel arrancó el lunes con la concesión del de Medicina al británico John B. Gurdon y al japonés Shinya Yamanaka y prosiguió el martes con el anuncio del de Física, al francés Serge Haroche y el estadounidense David J. Wineland. La ronda de los Nobel del ámbito científico se cerró ayer con el correspondiente a Química, para los estadounidenses Robert J. Lefkowitz y Brian K. Kobilka.
Tras revelarse el de Literatura, la expectativa se desplaza al de la Paz, que se dará a conocer mañana, mientras que el lunes se conocerá el de Economía. La entrega de los Nobel se realizará, de acuerdo a la tradición, en dos ceremonias paralelas, en Oslo para el de la Paz y en Estocolmo los restantes, el día 10 de diciembre, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Alfred Nobel.

EFE - Tomado de Periódico El Tiempo

jueves, 13 de septiembre de 2012

LA CARRETA LITERARIA

Juan Gossaín cuenta la historia del quibdoseño que creó La Carreta Literaria.

Los libros son muy orgullosos: si uno los presta, no vuelven nunca más. Los únicos que siempre regresan son los que Martín Murillo reparte con su carreta por las calles históricas de Cartagena, en caseríos y veredas, entre charcos de invierno o bajo el sol impiadoso del Caribe.

El otro día, mientras atravesaba el parque de Bolívar, en cuyo costado todavía se puede oír a medianoche la quejumbre de los torturados que arrastran sus cadenas por el Palacio de la Inquisición, me salió al paso un vendedor ambulante que cargaba un termo caliente y dos papayas bajo el brazo. -Perdóneme que lo interrumpa -me dijo-, pero quiero hacerle una pregunta: ¿la vida de Dostoievski es más terrible que sus novelas, o es al revés? Lo miré con cara de petrificado. Aquel muchacho se gana la vida vendiendo frutas en pedazos y café en vasitos plásticos. -Lo que pasa -fue su explicación- es que Martín, el de la carreta, me prestó una biografía. Y Los hermanos Karamazov.

Martín no se quita nunca el gorro blanco, que es igual al que lucen los príncipes africanos en las grandes ceremonias. Hay algo de tristeza ancestral en su mirada. La carreta de madera, por su parte, es exacta a las que corretean por el mercado público, salvo que en vez de mercancías está repleta de libros que les presta a los niños de una escuela, a los emboladores, al jubilado que cabecea en una banca, a los taxistas que echan cuentos, al chofer de un bus. Martín no cobra un centavo ni exige documentos. "Si no se puede confiar en un hombre que lee -me pregunta-, ¿entonces en quién?". 'Robaron a Martín' Sus lectores jamás se han quedado con un libro. Ni uno solo. Si no lo encuentran, se los dejan en los escaños del parque o al pie de un árbol.

En cierta ocasión, a una muchacha barranquillera, que andaba de vacaciones, le entregó una historia de la Revolución Francesa. Desapareció año y medio. Martín perdió las esperanzas. Hace veinte días, sin darse por vencida, ella misma lo buscó por toda Cartagena hasta encontrarlo al anochecer. Le devolvió su libro.

Le contó que está preparando maletas para irse a estudiar un doctorado en Chile. Le dio a Martín un beso en la mejilla y le dijo: "Gracias". Luego se fue. Pero hace poco hubo una mañana en que Cartagena amaneció estremecida: le habían robado doscientos libros a Martín. Los había dejado a guardar en una caja, y, a lo mejor, el ladrón pensó que era dinero o comida y cargó con ella. En realidad, sí eran joyas y alimentos: una colección completa de literatura infantil. -Fue el mejor día de mi vida -recuerda Martín, con una sonrisa-: la gente me mandó 600 libros.

La Carreta Literaria, que acaba de cumplir cinco años, tiene en la actualidad 6.000 obras. Los niños son los que más leen. La generación que va de los 45 a los 60 años prefiere los clásicos. Me alegra saber que, según las estadísticas que Martín conserva en la cabeza, debajo del gorro, las mujeres jóvenes son las que más le piden filosofía y poesía. Los hombres, en cambio, son más inclinados a los libros técnicos. El primer día llovió Martín Murillo nació en Quibdó y estudió en Medellín. Volvió a su tierra, a ganarse la vida vendiendo unas arepas rellenas que preparaba su mamá, pero un día ella le aconsejó que buscara trabajo estable. Martín se fue para Cartagena. Lo contrataron para que cuidara un barco que estaba varado en Aruba. Le dijeron que iban a conseguirle el permiso para que se estableciera legalmente. Volvió a Cartagena y se sentó a esperar una visa que nunca llegó.

Acosado por la pobreza, consiguió que le prestaran 15.000 pesos y se fue a vender por la calle refrescos en bolsa y agua helada. -El primer día llovió -me dice- y no vendí ni una bolsa. Martín estaba en quiebra, aunque insistió tanto que llegó a vender más de mil bolsas por día. Pero como los griegos ya dijeron que ningún hombre escapa a su destino, una tarde, sentado en el parque de Bolívar, vio venir a un hombre inconfundible, todo vestido de blanco, incluido el sombrero: Raimundo Angulo Pizarro, presidente del Concurso Nacional de Belleza, que tiene las oficinas al frente.

Martín le contó una idea que le estaba dando vueltas en la mollera: que le ayudara a financiar una carretilla para prestarles libros a tantas gentes que mariposean por ahí. -¿Cuánto vale la carreta? -le preguntó Raimundo. -Un amigo mío me la hace por un millón de pesos -contestó. -¿Y los libros? -volvió a preguntarle. -Esos los consigo yo -se atrevió a contestar Martín. -Y yo pago la carreta -dijo el señor Angulo Pizarro. Ay, el Estado... Dicho y hecho.

Mientras un artesano pulía las tablas para la carretilla, Martín se paraba en la puerta de tantos congresos y seminarios que se celebran diariamente en Cartagena. Pedía libros. Era lo único que pedía. De modo que cuando el carpintero terminó de clavar la última tabla, ya Martín tenía sus primeras cien obras. Después se fueron sumando cadenas radiales, fábricas de gaseosas, la Gobernación de Bolívar, el Instituto de Cultura de Cartagena, escuelas de periodismo, revistas.

Aquel mismo distribuidor de Postobón, que un día le vendió las primeras bolsas de agua, ahora le ayuda a financiar la compra de libros. Los escritores también le llevan sus obras para que las reparta. La historia de Martín y su carreta se fue difundiendo por todas partes. Un día, salió en busca de colaboración porque una señora residente en Nueva York, barranquillera ella, le había escrito al parque para anunciarle el regalo de quinientos libros. El problema era la manera de enviarlos a Colombia. La empresa portuaria de Cartagena se ofreció a traerlos gratuitamente.

Martín inició los trámites legales y entonces fue cuando le vio la cara al infierno: el consulado colombiano en Nueva York remitió los documentos a la embajada en Washington, la embajada los envió a Bogotá, "en Bogotá me dijeron que los tenía la secretaria de la secretaria de la secretaria", recuerda Martín. Los libros no aparecieron jamás. Esa triste experiencia le enseñó que es mejor no meterse en tratos con el Estado. "El Estado es papelero y la lectura es acción".

En cambio, muchas personas que compran casas coloniales en el centro amurallado de Cartagena suelen encontrar libros antiguos escondidos en sótanos o desvanes. Llaman a Martín para que se los lleve. Al principio, y a sabiendas de lo que se trataba, él ponía cara de estarles haciendo un favor. Pero esa actitud cambió hace un mes. "Leí en el periódico lo que hizo el señor Yepes, presidente del Banco de Colombia", me cuenta Martín. "Regañó a unos empleados del banco que se valieron de un precio equivocado en almacenes Éxito para comprar neveras prácticamente regaladas. Les dijo que no es ético aprovecharse de un error ajeno".

Martín aprendió la lección. Desde ese día, les advierte a sus benefactores que le están regalando obras antiguas, muy valiosas, y que lo piensen bien. Ahora le dan las gracias por avisarles, pero, igual, le obsequian los libros. Y Martín quedó en paz con su conciencia. Epílogo Hoy tiene 44 años. ¿De qué vive el hombre de la carreta? ¿Con qué paga su almuerzo y el techo que lo cobija? Con un subsidio mensual que le dan sus propios patrocinadores. Y ya que la famosa carreta es desarmable, ha podido llevarla como invitada especial a las ferias literarias de Valledupar, Guadalajara, Caracas, Buenos Aires, Bogotá y por los caminos que conducen a las casitas de Altos del Rosario. Calcula que ha tenido, hasta hoy, 100.000 lectores.

La semana pasada, le rindieron un homenaje en Medellín, por los lados de la comuna 13, en el mismo colegio donde perdió tres veces el primero de bachillerato. A mí, por el contrario, me parece que poco ha cambiado la vida de Martín desde que era vendedor ambulante. Al fin y al cabo, un libro es como una botella de agua fresca... Acerca del autor Juan Gossaín periodista, hombre de radio y novelista, es académico de la Lengua. Juan Gossaín Especial para EL TIEMPO Cartagena de Indias.

viernes, 11 de mayo de 2012

EL ERROR LLAMADO DEQUEÍSMO

Consejos de ortografía por Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundéu BBVA.

No es cierto que decir o escribir "de que" sea siempre error. El error llamado dequeísmo consiste en agregar "de" entre el verbo y la conjunción "que" cuando no se debe, como en "dijo de que era un crac", "creen de que es la más sagaz". Es fácil descubrir el error, pues esos verbos no piden un ¿de qué?, sino un simple ¿qué?: ¿qué dijo él?, ¿qué creen ellos?

El error contrario, quitar el "de" cuando se debe decir "de que", se llama queísmo, y en él caen hasta personas de gran sapiencia: "me enteré que habría TLC", "se quejan que no los atienden" . Es igual de fácil identificar el error, pues estos verbos piden un ¿de qué?: ¿de qué te enteraste?, ¿de qué se quejan?

El queísmo se presenta también, con gran frecuencia, cuando se elimina el "de" después de sustantivo, en frases que requieren la preposición: "el hecho que no haya llamado, no significa", "lo hizo a sabiendas que estaba prohibido". Es tan claro que estas frases requieren "de", que si no apareciera el "que" a nadie se le ocurriría eliminar la preposición. Nadie diría "el hecho no regresar..." o "lo hizo a sabiendas las consecuencias".

Aparte de estos dos casos ("de que" después de verbo y "de que" después de sustantivo, esta secuencia puede ir enseguida de los adverbios de tiempos "antes" y "después": "cómprelo antes de que se agote", "venga después de que termine". Este "de que", no es obligatorio como los otros. También puede decirse "que" ("antes que se agote").

La tilde de "o" La "o" ya no se tilda al lado de un carácter arábigo. Antes se escribía "3 ó más", "3 ó 4", para que la "o" no se confundiera con el cero. Hoy ya no debe hacerse. Construido Antes se decía «marque la tilde en la i para disolver el diptongo», y por eso se escribía construído, destruída, incluídos, imbuídas... Esa norma se eliminó en 1952. Hoy se escriben esas palabras sin tilde: construido, destruida, incluidos, imbuidas...

Otros consejos:

Un diptongo es la unión de dos vocales en una misma sílaba, siendo al menos una de ellas débil, sin importar el orden. Ejemplos de diptongos: aire, auto, pierna. Un hiato es lo opuesto. Es la pronunciación separada de dos vocales, perteneciendo cada vocal a una sílaba distinta. Se dice en español que dos vocales abiertas o medias (vocales fuertes) contiguas forman hiatos. Sin embargo, es más común que actúen como diptongos en el español oral. Ejemplos de hiatos: tío, púa.

Línea se considera un hiato en el español normativo, pero actualmente es generalmente pronunciado como un diptongo. Al encontrarse vocales juntas en una sola palabra, podemos estar frente a un caso de diptongo, hiato o triptongo. Conozca el origen y cómo se usa la letra hache Consejos de ortografía por Fernando Ávila, delegado para Colombia de la Fundéu BBVA. La hache no es letra fonética (sonido), sino etimológica (origen).

Llevan h palabras de origen latino con f, como hoja, derivada de foja; y palabras de origen árabe, como alhelí, derivado de alhayrí. También la llevan algunas palabras derivadas de vocablos griegos, como hélice, hematoma o hemiciclo. En algún momento llevaron h palabras procedentes del germano, como harpa, de harpo. Hoy se escribe arpa. Y algo curioso.

La llevan palabras que empiezan por ue, huevo, hueco, porque hasta no hace muchos siglos u y v se escribían igual. Se estableció entonces, para que no hubiera la posibilidad de leer vevo o veco, que se usara la h como señal de que la letra siguiente era vocal u y no consonante v. Cuando se definió la diferencia gráfica definitiva entre la u y la v, todas esas palabras quedaron con h por inercia, huevo, hueco, huérfano, huella, hueso, huésped...

La h tiende a desaparecer, por lo que bahareque, alhelí, pitahaya, hacera tienen hoy versiones simplificadas sin h, bareque, alelí, pitaya, acera. La h que sí suena y que perdurará es la del dígrafo ch, que hasta 1994 fue considerado letra, Chapinero, cachaco, Pacho, pecho, champú...

domingo, 15 de abril de 2012

VARGAS LLOSA PRONOSTICA LA DESAPARICIÓN DE LA CULTURA

Mario Vargas Llosa suele decir lo que piensa aunque sus opiniones levanten ampollas, y polémica suscitará sin duda su nuevo ensayo, "La civilización del espectáculo", una dura radiografía de la actualidad en la que critica la banalización de la cultura, la política y el periodismo.

En este libro, que Alfaguara publica ahora en España y que paulatinamente se irá distribuyendo en Hispanoamérica, el escritor peruano pronostica la desaparición de la cultura, "en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo", y constata "el eclipse" del intelectual en la sociedad actual.
"El intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón", escribe Vargas Llosa en su nuevo ensayo, un libro valiente y lúcido con el que denuncia la excesiva importancia que se le da al entretenimiento y a la diversión en nuestro mundo.
Querer divertirse "es legítimo", afirma este gran novelista, Premio Nobel de Literatura, pero convertirlo en un valor supremo tiene sus consecuencias: "la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo".
Ese afán de diversión influye en la literatura y hace que la que triunfe sea la "light", y tiene también como consecuencia que la crítica literaria, tan necesaria para arrojar luz en el confuso panorama cultural, tenga una influencia cada vez menor.
El escritor también critica el gran espacio que se le dedica a la moda y a la cocina en las secciones de cultura.
Los "chefs" y los modistos tienen ahora "el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos", señala Vargas Llosa en su ensayo, el primer libro que escribe después de ganar el Premio Nobel.
En esta cultura "de oropel" imperante, "las estrellas de la televisión y los grandes futbolistas ejercen la influencia que antes tenían los profesores, los pensadores y (antes todavía) los teólogos", añade el autor de novelas tan esenciales como "La casa verde", "Conversación en la Catedral" o "La fiesta del Chivo".
Los políticos no salen bien parados en el sombrío panorama que dibuja Vargas Llosa en su libro.
"El desprestigio de la política en nuestros días no conoce fronteras", debido en parte a que "el nivel intelectual, profesional y sin duda también moral de la clase política ha decaído", afirma Vargas Llosa, quien también llama la atención en su libro sobre la escasa influencia que ejercen los intelectuales en la sociedad actual.
El intelectual "se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan", sostiene el escritor, consciente de que el pensamiento ha ido perdiendo peso en "la civilización del espectáculo" y de que hoy priman "las imágenes sobre las ideas".
El cine, dice en el libro, ya no produce creadores como Bergman, Visconti o Buñuel. Hoy se considera un "ícono" a Woody Allen, "que es, a un David Lean o un Orson Welles, lo que Andy Warhol a Gauguin o Van Gogh en pintura, o un Dario Fo a un Chéjov o un Ibsen en teatro".
En su libro, que el autor presentará el 25 de abril en la Casa de América, de Madrid, se detiene también en las artes plásticas y asegura que, en ellas, "la frivolización ha llegado a extremos alarmantes".
Todo parece estar permitido, desde las provocaciones de Damien Hirst hasta que un artista defeque ante el público en una galería de arte y luego se coma sus propias heces.
Vargas Llosa, que incluye en el ensayo algunos de sus artículos aparecidos en el diario El País, sostiene que la prensa contribuye, y mucho, "a consolidar esa civilización 'light" que lleva a olvidar que la vida "no sólo es diversión, también drama, dolor, misterio y frustración".

Tomado del Periódico El Tiempo de la ciudad de Bogotá.

miércoles, 14 de marzo de 2012

CONSEJOS DE ORTOGRAFÍA

Tomado del Periódico El Tiempo de la ciudad de Bogotá.

Consejos de ortografía de Fernando Ávila, delegado de la Fondéu BBVA para Colombia.

Aunque el 'Diccionario de la lengua española', 2001, le da a 'hispano', entre otras acepciones, la de 'perteneciente o relativo a las naciones de Hispanoamérica' y los diccionarios 'Clave y Vox' reconocen latino y latinoamericano como sinónimo de hispano, conviene recordar que lo latino abarca mucho más.

'Latino' es lo que viene del Lacio, como el idioma latín, del que derivan el italiano, el portugués, el castellano, el catalán, el gallego, el francés y el rumano.

En esa línea, Nadia Comaneci (atleta rumana) es tan latina como Luz Mary Tristán (patinadora colombiana) y Laura Pausini, Eros Ramazzotti y Andrea Bocelli (italianos los tres) lo son a tal punto que han ganado gramófonos del Gammy Latino.

Los pueblos latinos incluyen (¡quién lo creyera!) a Moldavia, que perteneció a la Unión Soviética. Su lengua es el mismo rumano. Y a Quebec, provincia canadiense donde se habla francés. ¿Cuántas veces al hablar de Latinoamérica hemos tenido en cuenta que culturalmente Quebec forma parte de ella?

La Unión Latina, creada en 1954, incluye países como Costa de Marfil y Senegal, de habla francesa; Angola, Cabo Verde y Mozambique, de habla portuguesa, y Filipinas, cuya lengua fue hasta su independencia el español. Curiosamente el Vaticano, único Estado que tiene como lengua oficial el latín, no es miembro pleno, sino apenas observador permanente de la Unión.

El principal criterio de latinidad es la lengua, aunque al calificar a una persona de latina, según el contexto, se puede dar a entender que es fogosa, trigueña, sexi, informal, alegre y recursiva, entre otras posibilidades.

Tour

La palabra francesa tour se escribe en cursiva. La edición de 1992 del 'Diccionario de la lengua española' incluyó la adaptación 'tur', pero fue tan mal recibida por la comunidad hispanohablante que se eliminó en la edición del 2001. En todo caso, hay equivalentes propios como gira, viaje, paseo, excursión, visita, recorrido..., que se pueden usar según el caso.

Tableta y táctil


Las palabras inglesas 'tablet' y 'touch', frecuentes en textos sobre aparatos de última tecnología, se traducen al español tableta y táctil.

FERNANDO ÁVILA

domingo, 11 de marzo de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ Y EL DINERO

Tomado del Periódico El Tiempo, de la ciudad de Bogotá.


¿Cuánta plata tiene 'Gabo'? Juan Gossaín reconstruye la curiosa relación del Nobel con el dinero.

Hace veinte años, la pregunta que más le hacían a un colombiano, cuando se encontraba con sus amigos en cualquier parte del mundo, era esta: "¿Cómo es Gabriel García Márquez?". Los tiempos han cambiado. La tabla de valores también. Ahora lo detienen a uno en las esquinas para preguntarle: "¿Cuánta plata tiene García Márquez?".

La gente suele pensar que el dinero es una manera de medir el éxito de un hombre. Habría que preguntárselo a Dostoievski, que murió en la miseria. Lo cierto es que, cada vez que alguien me habla de ese tema, debo reconocer que no tengo la menor idea. Ni me importa. Esos vericuetos no son de mi incumbencia.

Como si fuera poco, he tenido la fundada sospecha de que García Márquez sabe escribir pero no sabe sumar. Jamás le he visto un billete en la mano. Ni una billetera. Su mujer es la que ha manejado siempre los asuntos financieros de la casa.

-Desde el primer día -me confesó una vez el novelista- comprendí que Mercedes es mujer y árabe: son los únicos seres humanos que saben para qué es la plata.

Cuando se encerró a escribir Cien años de soledad, ella le hizo una advertencia terminante:

-Tú no estás aquí para preocuparte por plata. Tú dedícate a escribir, que del resto me encargo yo.

Mucho tiempo después, su marido reconocería que nunca supo cómo hizo ella para mantener la casa en pie mientras él pasaba seis meses sin empleo, encerrado, peleando a trompadas con las palabras.

La libreta de ahorros

Tras los interminables años de penurias, en los cuales siguió sembrando letras a pesar de las emboscadas que el hambre le tendía a cada paso, por fin llegó el día de recoger la cosecha.

Al comenzar la década del 70 sus obras se agotaban en los arrozales chinos o en las librerías de Nueva York. Lo primero que hizo fue abrir una cuenta corriente, a nombre de Mercedes, en un banco de Los Ángeles. Dio la orden de que solamente le consignaran en ella las cifras redondas, ya que los centavos los trasladaba a una cuenta secreta que abrió en México, a su propio nombre. Puso a Mercedes como beneficiaria.

Escondió la libreta de ahorros debajo del colchón, para que ella no descubriera que tenía una plata de consumo personal, que se gastaba a escondidas, tomando una botella de vino con los amigos.

Hasta el día en que abrió el periódico de la mañana. Allí estaba, en primera página, la noticia terrible: el banco mexicano se había quebrado.

Entonces empezaron las angustias del arrepentido. No podía dormir. Sudaba frío. Le remordía la conciencia. Sentía que los dioses lo habían castigado por engañar a su esposa. Hasta que no aguantó más y se dispuso a revelarle la verdad completa. Cerró el periódico, la llamó a la cocina y la hizo entrar al dormitorio.

-Tengo que hablar contigo -le dijo, al borde del llanto, mientras se sentaban en la misma cama donde había escondido la libreta.

Balbuceando, enredado en sus propias palabras, trató de contarle una historia coherente. Le pidió perdón en todos los idiomas. Hasta que Mercedes le interrumpió el parloteo.

-Para ahí -le dijo-. Para. Si me estás hablando de una libreta de ahorros que estaba debajo del colchón, yo la saqué el mes pasado y retiré toda la plata.

Su marido sintió que el alma le volvía al cuerpo. Se puso de rodillas y le prometió que nunca más le ocultaría un centavo.

Un cuento de hadas

A pesar de los ríos de tinta que han corrido esta semana, al celebrarse los 85 años de su nacimiento, hasta el día de hoy nadie ha relatado lo que ocurrió con el episodio de la maleta llena de plata. Corría el año de 1965. En esa época el futuro ganador del Nobel se rebuscaba la vida trabajando en una agencia de publicidad. Vivía en Ciudad de México con Mercedes y sus hijos, Gonzalo y Rodrigo, que eran unos niños.

Se acercaban las fiestas navideñas y la familia estaba sin un centavo. Casi tan pobres como en los tiempos en que el escritor cantaba vallenatos a grito pelado en los trenes de París, para que los pasajeros le regalaran unas monedas compasivas, mientras terminaba de escribir una novela titulada Este pueblo de mierda.
Se la mandó a su amigo Guillermo Angulo, que estaba en Bogotá, para que la presentara a competir en el concurso Esso de Novela.

Los jueces la escogieron ganadora, pero el padre Félix Restrepo, académico de la Lengua que presidía el jurado, dijo que se negaba rotundamente a premiar un libro con semejante título. Llamaron a Angulo, que se dedicó a buscarlo de urgencia, hasta que lo localizó en un hotelito francés de mala muerte y le contó el problema en que estaban metidos.

Gabo le contestó que le pusieran el nombre que más les gustara.

-Yo lo único que quiero son los dolaritos del premio -le dijo-. Los necesito tanto...

Fue el mismo Angulo quien le puso La mala hora. Siempre he creído que el título es lo mejor de esa novela.

Epílogo con maleta

Pasaron como quince años desde entonces. Volvamos a aquella Navidad de 1965 en México.

-Este año no habrá regalos -les anunció el padre, con el corazón en la mano.

Gonzalo, que esperaba una bicicleta de aguinaldo, y algo de ropa, se puso a llorar.

-Pero un día de estos -prosiguió Gabo- llegará a casa un señor con una maleta llena de plata que nos sacará de problemas. No lo olviden.

-Tú pareces escritor, papá -lo regañó Rodrigo-. Las bolsas de plata solo existen en los cuentos de hadas.

-Así es -respondió él-. Nuestra vida será un cuento de hadas.

Dos años después, en marzo del 67, se publicó Cien años de soledad, con su estruendo de terremoto en el mundo entero. El 23 de diciembre estaban en Barcelona y Gabo recibió una llamada telefónica del banco donde había abierto una cuenta.

-Le está llegando dinero de todas partes -le dijo el gerente-. Sus derechos de autor.

Sin pensarlo mucho, y sin preguntar siquiera cuánto era el saldo, le pidió un favor.

-Convierta todo eso en pesetas, haga comprar de cuenta mía una maleta grande, meta en ella todo el dinero y mañana por la noche la manda a mi casa.

El banquero se quedó en silencio. "Estos escritores son muy extraños", debió pensar. "Y sudamericanos, además".

Al día siguiente, mientras la familia se hallaba reunida para la cena navideña, un mensajero del banco, disfrazado de Papá Noel, llamó a la puerta. Lo hicieron pasar. Puso la maleta en una silla.

-Ábrala -le pidió Gabo.

Mercedes ocupaba la cabecera. Los niños miraban la escena con curiosidad, pero sin entender qué era lo que pasaba. Los fajos de billetes formaban unos montoncitos atados con cintas de caucho. Gabo despidió al mensajero con una propina. Entonces puso una cara de solemnidad, fingió que era un mago que hacía un truco, y exclamó:

-Yo se los dije: un día de estos llegará a la casa una maleta llena de plata.

Rodrigo recordó de inmediato la historia que había ocurrido dos años atrás, en aquella Navidad de pobres, y se levantó de su silla.
Dando un rodeo por la mesa, fue adonde estaba su padre y le dio un beso en la frente.

-Papá -le dijo-, tú eres nuestro cuento de hadas.

Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO