martes, 25 de junio de 2013

Literatura y amistad. ¿Bien acaba lo que bien empieza?


Chrisitopher Hitchens  (izqui) y Martins Amis protagonizaron una de las grandes amistades intelectuales de los últimos tiempos.

Literatura
Lope de Vega y Cervantes, García Márquez y Álvaro Mutis, Jonathan Franzen y David Foster Wallace... Gabriela Bustelo hace un recuento por las grande amistades literarias.
 
“Occidente se hunde”, sentencian los agoreros. No sabemos si será cierto o si, inmersos como estamos en la hecatombe occidental, ya somos incapaces de reaccionar. En todo caso, un triste síntoma de la descomposición de nuestra civilización es el ocaso de la amistad. El individualismo, el ansia de éxito personal y la corrección política han convertido la amistad en un coleccionismo patológico de números de teléfono y direcciones de email. ¡¡¡¡A ver si nos vemos!!!!, tecleamos histéricamente sin la menor intención de ver al destinatario, que a su vez responde con otra interjección frenética, igualmente vacante. Diríase que a mayor cantidad de signos admirativos, menor será la admiración y, huelga decirlo, el cariño. En ningún período de la Humanidad se enviaron tantos mensajes por segundo, pero tampoco fue nunca tanta la información irrelevante. Cuando alguno de estos mensajes se concreta por fin en un encuentro cara a cara, el episodio suele consistir en un intercambio acelerado de tópicos y medias verdades que finaliza con brusquedad cuando uno de los interlocutores asegura que debe marcharse.

Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo no lejano en que la amistad era un admirable esfuerzo conjunto, un lienzo pintado a cuatro manos, un himno cantado a dos voces. Si la Humanidad se ha dejado millones de heroicidades perdidas en las entretelas de la historia, buena parte de las amistades ejemplares han nacido y muerto en el anonimato. Pero otras son conocidas, pues constituyeron una fuente de placer no sólo para sus protagonistas, sino también para sus espectadores. Entre estas amistades bien documentadas destacan las compartidas por los escritores, pues no en vano eran ellos mismos quienes se encargaban de narrarlas para la posteridad. Cervantes y Lope de Vega fueron amigos hasta que el segundo escribió a finales del siglo XVI su novela La Arcadia, donde alababa a su compañero de oficio -que todavía no había publicado su obra maestra- como uno de los buenos poetas del país. Cervantes no le devolvió el cumplido, sin embargo, sino que en el prólogo del Quijote -nada menos- se burló de Lope por su cargante alarde de erudición. Por estas mismas fechas en Inglaterra eran amigos Shakespeare y el gran Ben Jonson, varias de cuyas obras se dieron a conocer gracias a la compañía teatral del Bardo, que actuó en alguna de ellas.

Los escritores son individuos retraídos a la fuerza, pues la soledad es indispensable para llevar a cabo su trabajo, que consiste básicamente en leer y escribir. Pese a no considerarse actividades sociales en el sentido tradicional, la lectura y la escritura constituyen ambas un modo de interacción humana, aunque puedan tacharse de relación lateral y à la carte. Un libro es ese amigo siempre disponible, que aporta sus razones sin imponerlas. Un lector es un amante caprichoso e infiel, que puede durar años o desaparecer de pronto sin despedirse. El escritor se nutre de estos dos tipos de relación virtual, pero sus amistades reales son a menudo colegas de profesión que comparten y comprenden su particular estilo de vida.

“Viéndote, se diría que Inglaterra sufre una hambruna”, le dijo G. K. Chesterton a su buen amigo Bernard Shaw. “Viéndote, se diría que la hambruna la has provocado tú”, respondió el aludido. “Si estuviera tan gordo como tú, me ahorcaría”, apostilló Shaw. “Si fuese a ahorcarme, te usaría a ti como soga”, replicó Chesterton sin inmutarse. Estos comentarios tan frívolos no eran lo habitual entre estos dos escritores, que solían discutir sobre religión, filosofía, política, ética, teatro y costumbres, sin estar de acuerdo prácticamente en nada. No en vano Shaw era un socialista ateo, abstemio, vegetariano y feminista, mientras que Chesterton era un liberal católico, que bebía moderadamente, comía en abundancia y opinaba que la igualdad absoluta entre hombres y mujeres podía ser peligrosa. Shaw había nacido en el seno de una familia pobre de Dublín y Chesterton procedía del entorno burgués de Kensington, un barrio posh de Londres. En 1925 Shaw obtuvo el premio Nobel de Literatura por su idealismo satírico, mientras que Chesterton siempre fue considerado un autor menor de novelas de misterio, aunque en las últimas décadas ha sido redescubierto y sus obras se reeditan año tras año. Sin embargo, ambos autores fueron amigos hasta que Chesterton murió de un infarto a los 62 años, cosa que entristeció profundamente a Shaw, quien lo consideró una injusticia por ser veinte años mayor que él.

La “cordial enemistad” de Shaw y Chesterton era sobradamente conocida en los círculos intelectuales británicos, tanto que en 1928 ambos organizaron un debate público, moderado por un amigo común, el también escritor Hillaire Belloc. Shaw habló en primer lugar, explicando a los presentes que Chesterton y él tenían dos cosas en común: ambos eran unos mentirosos rematados y estaban absolutamente locos. Por lo demás, sus técnicas literarias eran opuestas, aseguró Shaw, pues su colega convertía los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios, mientras que él situaba esos mismos hechos en un contexto inapropiado para escandalizar al lector, haciéndole dudar de su cordura. Tras un largo intercambio de ideas el coloquio se dio por terminado, lamentando ambos ponentes que el contrario no les hubiera hecho alterar ni un ápice sus convicciones. Tras darse la mano, Bernard Shaw y G. K. Chesterton se despidieron tan amigablemente como siempre, tan en desacuerdo como siempre. ¿Cuál era la magia de tan fabulosa relación, que no sólo les enriquecía espiritualmente a ellos, sino también a sus numerosos admiradores? La respuesta es sencilla: el sentido del humor. La fuerza de la ironía no estriba en convertir lo serio en superficial, como piensan muchos infelices, sino en suavizar los contornos de los antagonismos, para resaltar el carácter complementario de los opuestos. En otras palabras, el humor lima las asperezas del debate, convirtiendo la tensión y el insulto en armas inútiles, en flechas que pasan de largo sin dar en el blanco, al elevar el plano moral del enfrentamiento que, lejos de ser un sangriento combate de boxeo, se convierte en un refinado torneo de esgrima verbal. Por desgracia, los individuos capaces de ejercitar este duelo sutil durante años -como hicieron el autor de Pigmalión y el creador del padre Brown- son tan admirables como escasos.

En esta misma época se dio otra célebre amistad literaria, entre Oscar Wilde y Bram Stoker, el autor de Drácula. El joven Stoker iba a menudo a cenar a casa de los padres de Wilde, pero al casarse con Florence Balcombe, que había sido novia de Oscar, la relación se enfrió considerablemente, hasta el punto de que el autor del Retrato de Dorian Gray anunció que se marchaba de Irlanda para jamás volver, cosa que cumplió. A lo largo del siglo XX fueron amigos Joyce y Beckett, Tolkien y C.S. Lewis, Truman Capote y Harper Lee, Hemingway y Fitzgerald, Henry Miller y Anaïs Nin, Jean Rhys y Ford Madox Ford. No están todos los que son, pero son todos los que están. Sin embargo, ninguna de estas relaciones tuvo el componente de camaradería rival que caracterizó al dúo Shaw-Chesterton. Tal vez fuese porque, como decía Balzac, las amistades duran poco cuando uno de los dos se siente ligeramente superior al otro.

En nuestros tiempos la excepción que confirma la regla es la amistad entre Martin Amis y Christopher Hitchens, que duró cuarenta años y acabó con la muerte de este último en las Navidades de 2011. Los dos escritores, al igual que Shaw y Chesterton, discutían a menudo, en privado y en público, pero siempre con mutuo respeto, cariño y admiración. Hitchens, que no se caracterizaba precisamente por su sensiblería, contó en una ocasión que cuando le preguntaban si Martin Amis era su mejor amigo la expresión le parecía demasiado simplona para resumir una realidad que perdía su grandeza al intentar describirla en voz alta. Amis, por su parte, definía a Hitchens como “un rebelde por naturaleza”, tan capaz de desplegar un extraordinario refinamiento como de regañar a un rey, a un presidente o al mismísimo Papa, pero también al taxista tramposo, al funcionario lento o al camarero ineficaz. Pese a haber estudiado juntos en Oxford, los dos amigos tenían opiniones diferentes sobre un buen número de temas importantes. Amis es un liberal agnóstico, anti-islamista, crítico con George W. Bush y que acaba de acusar a Thatcher de haber arrasado el sistema de clases “por arriba y por abajo”. Hitchens era un socialista ferozmente antirreligioso, pero defendió la guerra de Irak y criticó a personajes como Bill Clinton y Teresa de Calcuta. Amis dijo públicamente que el estilo gramatical de Hitchens era espantoso; Hitchens despedazó el libro Koba el Temible -una denuncia de la hipocresía occidental ante el genocidio de Stalin-, donde su amigo Amis incluyó una sarcástica carta encabezada “Camarada Hitchens”. Pero ambos tenían muchas cosas en común: el odio por la monarquía británica, la admiración por Estados Unidos, el sentido del humor y la capacidad para opinar sobre lo divino y lo humano, a menudo retractándose de lo dicho en cuestión de horas. En 1982, Hitchens se trasladó a vivir a Washington D.C. y adquirió la doble nacionalidad británica y estadounidense, cosa muy criticada por sus compatriotas. Amis, sin embargo, no sólo lo entendió, sino que declaró que Hitchens se vio obligado a marcharse de Inglaterra para poder ser un hombre libre. Instalado en Brooklyn desde el otoño de 2012, Amis dijo al morir Hitchens que al perder a quien fue un íntimo amigo durante cuarenta años, nada parece tener sentido. Para quienes considerábamos al dúo Amis-Hitchens un faro indispensable de inteligencia y de provocación, la ausencia de uno de sus componentes es trágica. Todos, sin duda alguna, hemos salido perdiendo.

En Estados Unidos ha destacado en los años recientes una amistad literaria entre dos autores más jóvenes, que también ha terminado trágicamente con la muerte de uno de ellos. Jonathan Franzen y David Foster Wallace están entre los representantes más destacados de la amplia Generación X estadounidense, que incluye a Jeffrey Eugenides, Jonathan Lethem y Augusten Burroughs; y, en una segunda ola, a Junot Díaz y Dave Eggers. Con una procedencia familiar muy semejante, Franzen y Wallace se criaron ambos en ciudades pequeñas del Medio Oeste y tratan en su obra temas similares: la necesidad de una literatura comprometida, la influencia de la tecnología en la cultura, las lacras de la sociedad posmoderna y la interacción del artista con su público. La amistad entre ambos comenzó en 1988, cuando Wallace escribió una carta entusiasta a Franzen, tras haber leído su novela Ciudad veintisiete. Dos años después se conocieron en persona, pero su relación -calificada por ambos como “intensa”- fue epistolar. Si la primera obra de Franzen animó a Wallace a escribir su extraordinaria Broma infinita, fue tras leerla cuando Jonathan escribió Las correcciones, su mejor novela. Lo que iba camino de ser una fecunda amistad al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens terminó bruscamente en el otoño de 2008, cuando David Foster Wallace se ahorcó en el jardín de su casa en California. Al saberlo Franzen se sintió profundamente traicionado, tanto como para escribir que “el suicidio de David estaba calculado para hacer sufrir a las personas a quienes más quería”. En un ensayo donde empleaba con frecuencia la palabra “ira”, Franzen protagonizó la tragedia de su amigo de un modo que llamó poderosamente la atención en los círculos literarios de su país, desconcertados ante la dureza de sus palabras. Al reflexionar sobre la evolución de la amistad, a por cómo la han vivido varios de los autores más importantes del siglo XX y los inicios del XXI, da la impresión de que, tal como decíamos al comienzo del artículo, la decadencia sentimental es uno de los síntomas de la descomposición de Occidente. Hay quienes opinan que vivir un amor apasionado es más fácil que conseguir una amistad perfecta, pero si buscamos estas palabras -amor, pasión, amistad- en el diccionario, el significado de todas ellas cada vez nos resulta más lejano.

Hay, pese a todo, motivos para la esperanza. Los dos escritores más célebres de Colombia, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, se conocieron en 1949 y son grandes amigos desde entonces. Pero lejos de deleitarnos con una suerte de exhibicionismo literario al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens, ambos autores apenas mencionan sus seis décadas largas de camaradería, pues hicieron un pacto de silencio que García Márquez define como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Los pactos están para romperlos, evidentemente, pues en alguna ocasión aluden el uno al otro, haciendo gala de un humor tan ácido, o más, que el de los autores británicos. En referencia al libro de García Márquez El general en su laberinto -sobre el dictador venezolano Simón Bolívar-, Mutis dice: “Él ve en el libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre capaz de cálculos políticos cuando se portó sobre todo como un niño consentido; en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás poseyó”. El Nobel colombiano, por su parte, ha asegurado que Mutis confiesa estar poseído por “un bobo gigantesco, peludo y babeante”, dado a soltar frases ridículas y a corregirle los escritos. Es García Márquez quien ha revelado el secreto de esta respetuosa y sincera amistad: ambos se llaman siempre por teléfono para comprobar que realmente quieren verse. Así contado, suena factible. Pero hoy parecen escasear los escritores, y aún más las escritoras, capaces de practicar durante décadas algo ni remotamente parecido.

La amistad literaria es un cóctel no apto para espíritus mezquinos ni paladares elementales. La receta es sencilla: mezclar los ingredientes a partes iguales, sin agitarlos. El sabor es picante, nectarino, intenso. Esperemos que los audaces se atrevan a catarlo.
Tomado de Revista Arcadia
Por: Gabriela Bustelo
Publicado el: 2013-06-24

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Por qué quitaron la tilde de éste?,

Este / El lenguaje en el tiempo
Fernando Ávila, delegado de la Fundéu BBVA en Colombia, explica por qué la palabra ya no se tilda.

Pregunta: ¿Por qué quitaron la tilde de éste?, Gloria Cortés, Cali.

Respuesta: Durante muchos años, la Academia insistió en distinguir el pronombre del adjetivo, marcándole tilde al primero: “deme éste” (pronombre, con tilde) y “deme este esfero” (adjetivo, sin tilde). La norma se refería a doce palabras: éste, ése, aquél, ésta, ésa, aquélla, éstos, ésos, aquéllos, éstas, ésas, aquéllas.

En las Nuevas normas de prosodia y ortografía, publicadas en 1952, se redujo esta exigencia a los casos en que hubiera lugar a confusión. Por ejemplo, “esta llama” puede ser una masa gaseosa en combustión, mientras que “ésta llama” puede ser una señora pidiendo ayuda. En la Ortografía de la lengua española de 1999, la Academia reiteró que esa tilde era innecesaria, salvo el remotísimo caso de que se prestara a confusión. Finalmente, en la nueva Ortografía del 2010 la eliminó.

En consecuencia, hoy se escribe el pronombre sin tilde, “este le dijo a aquel que fuera por esa” (antiguamente, “éste le dijo a aquél que fuera por ésa”) y el adjetivo, también sin tilde, como siempre, “este funcionario le dijo a aquel mensajero que fuera por esa carta”.

Algunas tildes diacríticas se eliminaron también porque no hay diferencia fonética. La pronunciación del pronombre “éste” es idéntica a la del adjetivo “este”. Los 22 casos de tilde diacrítica que se conservan corresponden a palabras en las que hay diferencia fonética, como la que se puede advertir en el qué interrogativo comparado con la conjunción que, si se pronuncia en voz alta, “¿quiere que le diga qué pasó ayer?” o “quiero que me explique qué quiso decir”.

En esta lista de tildes eliminadas no están los verbos esté, está, estás, que llevan tilde por ser voces agudas terminadas en vocal y en s, “cuando esté en Nueva York le dice a su tía, que está allá, ‘hola, tía, ¿cómo estás?’ ”.

Tampoco están en esa lista los pronombres tú y él, que son tónicos, y siguen llevando tilde diacrítica (“si tú quieres, él se va”), para distinguirlos de los adjetivos tu y el, átonos, que siguen escribiéndose sin tilde (“si tu esposa quiere, el chico se va”).

El nombre del punto cardinal Este, también escrito con minúscula inicial, este, tampoco lleva tilde, pues es voz grave terminada en vocal, “al este de Bogotá queda este municipio. Allá iré cuando este esté en ferias y fiestas”.
Esfero:
La palabra bogotana esfero ya está registrada en el Diccionario de americanismos, 2010, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, como sinónimo de birome (Argentina), lapicero (Antioquia) o bolígrafo (resto del mundo).

FERNANDO ÁVILA, DELEGADO DE LA FUNDÉU BBVA EN COLOMBIA
 Tomado del periódico El Tiempo de Bogotá, D.C.

domingo, 26 de mayo de 2013

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

                                           Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca.
El 18 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento del filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila. A propósito de la celebración, Arcadia recuerda este artículo en el que se rescata la recepción alemana de su obra.
“…Quiero que esta voz, única convincente de la sutil devoción y la antimodernidad en nuestros días, sea escuchada”, es la introducción que hace Botho Strauß, célebre escritor y dramaturgo alemán en un ensayo efusivo publicado en Alemania sobre el bogotano Nicolás Gómez Dávila. Martin Mosebach, ganador en el 2007 del premio literario Georg Büchner, el más prestigioso de Alemania, lo visitó varias veces en su casa en Bogotá, y no hay entrevista o columna en la que no reitere que se reconoce como su vástago in spiritu. Hans Magnus Enzensberger publicó una exquisita edición limitada de sus aforismos. El Instituto Cervantes convocó en Berlín hace algunas semanas, en un coloquio sobre su legado intelectual, a los filósofos Fernando Savater, Carlos B. Gutiérrez y Franco Volpi. Hoy en día en las librerías alemanas se encuentran al menos siete recopilaciones de sus textos. Revistas especializadas, así como decenas de blogs filosóficos y literarios y teológicos y demás, exploran sus pensamientos. Y ahora resulta que Harald Schmidt, el más agudo comediante y autor satírico alemán vivo, usa una de sus sentencias para presentar su último best seller. Sin querer sobreestimar las proporciones de lo que eso pueda significar, algo es claro: Nicolás Gómez Dávila ocupa (por lo pronto entre escritores y filósofos –y comediantes–) un lugar en la vida intelectual alemana de estos días.
De Europa a Bogotá
La vida de Gómez Dávila fue como de otra era: nació en Bogotá en 1913 en el seno de una familia aristocrática. Viajó a los seis años con la familia a París. Allí fue educado por sacerdotes benedictinos, y debido a una neumonía grave, por profesores particulares con quienes aprendió griego y latín (más tarde inglés, alemán, italiano). En 1936 regresó a Bogotá. En 1948 ayudó a fundar la Universidad de los Andes. Desde entonces, se enclaustró en una casona, reunió treinta mil libros y apuntó paciente, anárquicamente, más de dos mil aforismos en los que embiste contra todos los fetiches de la vida moderna, mientras esgrime a los cuatro vientos el nombre de pila del Creador. (Estos aforismos componen, según sus fervorosos lectores, una de las obras más sabrosas del pensamiento conservador del siglo XX). Finalmente, Gómez Dávila murió en Bogotá en 1994.
Sus primeros libros aparecieron en 1954 (Notas I) y 1959 (Textos I). Entre 1977 y 1992 se publicaron sucesivas series de fragmentos que constituyen los celebérrimos Escolios a un texto implícito. Pero solo a partir de 1987, año en que aparece la primera antología alemana, Gómez Dávila comenzó a ser reconocido, primero en Europa, y después en Colombia, como un pensador relevante. Siguieron entonces las monografías, los diccionarios filosóficos, el torrente de las ediciones italiana, francesa, otras varias alemanas y por fin, en el 2005, los seis tomos de las Obras completas oficiales en edición nacional. Y luego la gloria.
Inventario de bibliotecario
Es lugar común aquello de que nadie es profeta en su tierra. Y quién ignora que los grandes genios colombianos (en la eventualidad de que existan) la tienen difícil para ser celebrados como tal en una república enfrascada en nuestro infeliz saqueo y desfalco y cataclismo moral de cada día. No por ello deja de ser insólito que un oscuro aforista capitalino, quien jamás se preocupó por divulgar sus obras, y cuyos libros llevan títulos que recuerdan los inventarios de un bibliotecario, sea ensalzado por distinguidos intelectuales europeos –y al parecer en serio– como uno de los mayores genios del siglo pasado. Es lícito preguntarse a cuenta de qué, en el país de eminentes aforistas como Lichtenberg y Schopenhauer y Nietzsche, el catequístico Nicolás Gómez Dávila goza de tal notoriedad. Tres hipótesis.
Todo el mundo ama a un buen odioso. Y sin duda nuestro hombre fue uno. El crítico literario Jens Jessen afirma que Gómez Dávila es el único pensador contemporáneo que arremete contra tabúes aún existentes: contra la democracia, el liberalismo, el comunismo, el capitalismo, la alucinada adoración por el progreso, la tolerancia religiosa –y se podría añadir sin sorna: el homosexualismo, el Concilio Vaticano Segundo y la minifalda.
Ahora bien, aunque Gómez Dávila sea quizá el más reciente, no es desde luego el único autor que dedicó su existencia al insulto de los tiempos que corren y a la vindicación de los pretéritos. Una lista de buenos odiadores durante la historia del pensamiento contendría acaso tantos nombres como escolios los Escolios. Y tampoco es un acontecimiento peculiar la mezcla de desprecio por lo actual y rancio cristianismo que aquellos escolios propugnan –aunque se debe admitir que esta sí es una mezcolanza poco habitual en nuestros días.
Visto así, uno tiene la sensación de que el mérito principal de Gómez Dávila radica ante todo en encarnar una añeja actitud intelectual que reaparece de siglo en siglo, y que disfruta de muy buena reputación entre los pensadores más civilizados, pues los hace sentir parte de una casta de gente inteligente muy lúcida, muy profunda, muy especial. Se trata de aquella mil veces reencauchada actitud reaccionaria que condena el mundo moderno con todas sus rutinas vulgares y pervertidas, y suspira (o bufa, según el caso) por los buenos tiempos pasados.
El buen reaccionario
Es justamente esta palabra, “reaccionario”, la que los comentaristas alemanes repiten hasta el hartazgo para referirse a Gómez Dávila (él mismo solía definirse como uno). Y parece ser este talante antagonista frente a todo lo moderno, esta simpatía quejetas por las causas perdidas, lo que hace sus aforismos tan seductores. Los lamentos antipáticos de Gómez Dávila (Savater y Gutiérrez, blasfemos, han hablado sin más de “disparates”), sumados a su beligerante cristianismo (corrijo: a su catolicismo, pues el filósofo, como era de esperarse, censura también a los reformados), harán sentir posiblemente a cierto lector europeo ante una fraterna voz de otro milenio, que predica como un valiente anacoreta la reinstauración de un orden olvidado (que de ningún modo se puede identificar con algún estado paradisíaco precolombino o algo por el estilo). No en vano recuerda Mosebach que Gómez Dávila creía que la historia vivió sus tiempos dorados entre Constantino y Dante, y sostiene que los Escolios son, de hecho, los pensamientos de un europeo (un tanto nostálgico), que le habla al continente materno desde las colonias.
Una segunda razón, aducida por el filósofo italiano Franco Volpi, editor y divulgador universal de Gómez Dávila, es la calidad literaria de los escolios, y su capacidad de “ponernos a pensar”.
Lo primero es indiscutible: basta leer algunas sentencias de Gómez Dávila para comprender por fin que se trata de un magnífico estilista, calidad que se refleja bastante bien en las traducciones alemanas. Los oráculos de Gómez Dávila son en efecto elegantes latigazos verbales que, al menos en lo formal, nada tienen que envidiar a las máximas de los más conspicuos aforistas alemanes (o de Gracián, o de La Rochefoucauld, o de Cioran, etc.).
En cuanto a la capacidad de poner a pensar, la virtud de los buenos inventores de máximas es precisamente saber sonar ingeniosos en muy pocas palabras. Lo cual no implica que lo que sostienen deba ser en realidad clarividente. (A este respecto bien cabe recordar lo que Borges replicara a los amigos que le decían que los Pensamientos de Pascal les servían para pensar: “Ciertamente, no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento”.)
Quizá exista una última y sencilla razón. Llama la atención que, a diferencia de lo que sucede a menudo con ilustres compatriotas rockeros, automovilistas o premios Nobel, quienes en opinión de muchos europeos provienen de cualquier otro rincón del cosmos tropical, menos de Colombia, no hay artículo o contraportada que no ponga de relieve que Nicolás Gómez Dávila es un filósofo, un escritor, un genio, colombiano. Parecería como si ese epíteto, de inusual resonancia combinado con “pensador”, lo hiciera aún más llamativo, y diera la impresión de que los Escolios ofrecen algo distinto.
Si esta hipótesis del exotismo es cierta, se entendería por qué Till Kinzel, profesor de Literatura de la Universidad Técnica de Berlín (Gómez Dávila le habría dedicado un dardo exterminador), titula absurdamente uno de sus muchos artículos sobre al bogotano: “Nicolás Gómez Dávila: un guerrillero colombiano de la literatura”.
Por: Hernán D. Caro A
Publicado el: 2010-03-15 por Revista Arcadia

sábado, 18 de mayo de 2013

LA CIUDAD DESAPARECIDA


   

 
Reconstrucción virtual de la ciudad de Uruk Exposición sobre Uruk

Irak no es solo sinónimo de tragedia. Se cumplen cien años del descubrimiento de Uruk, la primera metrópolis de la historia, y el museo de Pérgamo en Berlín nos invita a imaginar el pasado.
En el desierto de Mesopotamia, entre los proverbiales ríos Tigris y Éufrates, a trescientos kilómetros al sur de la actual Bagdad, la capital de Irak, yace un mundo oculto entre la arena: Uruk, la primera gran ciudad de la historia. Para hacerse una idea de su importancia basta una comparación: cuando los arqueólogos del futuro excaven en mil, dos mil años, los restos de la Estatua de la Libertad, cuando hagan conjeturas sobre cuál era el tamaño de la descomunal torre del Centro de Comercio Internacional, cuando intenten calcular cuántas personas cabían sentadas en el Estadio Azteca, hablarán de las ciudades que alguna vez acogieron aquellas construcciones, de Nueva York, de Hong Kong, de Ciudad de México, y de su importancia social e industrial para su tiempo, del modo como hoy debemos hablar sobre Uruk.
 La historia de Uruk, a la cual el Museo de Pérgamo en Berlín dedica hasta inicios de septiembre la fascinante exposición “Uruk: 5000 años de la megaciudad”, se remonta hasta el cuarto milenio antes de Cristo. En ese entonces, varios asentamientos de campesinos y comerciantes sumerios del Éufrates se reunieron en un pequeño centro urbano que, con el paso de los siglos, se convertiría en el núcleo económico, religioso y cultural más importante de toda la región. En el año 3000 a.C., la cima de su florecimiento, Uruk ya tenía una superficie de 5.5 kilómetros cuadrados, estaba rodeada por una muralla de nueve kilómetros y contaba con una población de mínimo cincuenta mil personas, un número impresionante para una época en que Roma –que solo cientos de años más tarde llegaría a ser conocida como “La ciudad eterna”– era si acaso un tugurio de pescadores a orillas del río Tíber.
Las excavaciones en Uruk fueron iniciadas por la Sociedad Oriental Alemana hace justo cien años, en 1913. La exposición berlinesa conmemora este aniversario. A raíz de la difícil situación de seguridad en Irak tras la ocupación estadounidense en el 2003 y la caída de Saddam Hussein, las excavaciones están actualmente interrumpidas. Pero las ruinas de Uruk no han sufrido más daño que el causado por el paso de los milenios.
Es costumbre entre los habitantes de las grandes ciudades –y esto quizá desde que existen las ciudades– renegar de la vida urbana. En el siglo xviii el filósofo francés Rousseau escribió que la ciudad es “el abismo de la especie humana”. Y en el siglo pasado el célebre arquitecto Le Corbusier sostenía que las calles de las ciudades eran “impuras”, por lo que proponía echar abajo gran parte del centro de París. ¿Y, en fin, quién no ha soñado, después de pasar una hora de pie en un bus repleto de gente, con tener una “casita en el campo”?
Y sin embargo, para bien o para mal, y a pesar de sus ratas, su ruido, su sobrepoblación, su mal aire, su criminalidad, su vida anónima, fue en las ciudades, y más aún, gracias a las ciudades, que muchas de las estructuras sociales y económicas, los desarrollos arquitectónicos y gran parte de la vida cultural que hoy conocemos, surgieron por primera vez. Uruk es un buen ejemplo de ello.
La exposición en Berlín muestra cómo en la ciudad nacieron las estructuras que corresponden a un estado industrial moderno: jerarquías sociales, empleo masivo y producción en serie. La construcción de la muralla, del templo al dios del cielo An o de un gigantesco “zigurat”, monumento en forma de pirámide con escaleras, dedicado a la diosa sumeria del amor y la guerra, Inanna (y que inspiraría la leyenda bíblica de la Torre de Babel), hizo necesario inventar formas de mantener a miles de trabajadores. El trueque de cereales y lana por maderas de Siria, piedras preciosas de Arabia o cobre de los montes Zagros, entre los actuales Irán e Irak, obligó a los comerciantes de Uruk a marcar los productos y controlar cantidades. Así aparecieron sellos de piedra que dieron luego origen al uso de tablas de arcilla sobre las que se hacían marcas con un punzón: la escritura cuneiforme, acaso el primer sistema de escritura de la historia.
Justamente aquí se percibe con mayor claridad la importancia de la cultura sumeria. Hay tablas de arcilla cocida, halladas en Uruk, que registran raciones de cerveza para los trabajadores y cuánto cereal correspondía a los empleados de los templos. En una de ellas, del año 3000 a.C., están anotados a modo de diccionario cincuenta y ocho nombres usados para los cerdos. Las primeras palabras escritas no se referían a las hazañas de héroes ni cantaban himnos a los dioses. Eran inventarios sobre el comercio que tenía lugar en la ciudad.
Pero las cosas no terminan allí. Es también de esta ciudad antiquísima que surgió la famosa epopeya de Gilgamesh, una de las primeras manifestaciones literarias de que se tenga noticia, y que narra las aventuras de Gilgamesh, rey de Uruk, y su amigo Enkidu. Las primeras noticias de la existencia del poema provienen del año 2000 a.C., pero la versión estándar fue compuesta entre los años 1300 y 1000 a.C., cuando ya el florecimiento de Uruk pertenecía al pasado. Y sin embargo, en el poema resuenan la gloria y la dimensión cultural de la ciudad: en los viajes de Gilgamesh y Enkidu a la actual región del Líbano, correspondientes a las rutas comerciales de Uruk, en los intentos de la diosa Ishtar por seducir al rey y en el regreso de este a la ciudad tras la muerte de su amigo y tras su infructuosa búsqueda de la inmortalidad. Al ver de nuevo Uruk, Gilgamesh alaba el “trabajo duradero” con el que fue construido el gigantesco muro.
De la gran ciudad de Uruk hoy solo quedan ruinas que nos recuerdan, como supo Gilgamesh al final de sus viajes, que la única eternidad concedida a los hombres es la de crear murallas y templos impresionantes que contemplarán con asombro los arqueólogos del futuro.
Por: Hernán D. Caro* Berlín
Publicado el: 2013-05-17
Por: Revista Arcadia

domingo, 28 de abril de 2013

EL LUGAR MÁS LINDO DEL MUNDO


Santiago Gamboa escribe para la revista Nexos, de México, y el diario El Mercurio, de Chile. Foto: Carlos Ortega / EL TIEMPO

El escritor colombiano recopila sus experiencias en Medio Oriente en el libro 'Océanos de arena'.

Un día Santiago Gamboa paseaba con Álvaro Mutis por las calles de París. Mientras caminaban y charlaban, Mutis le señaló la isla de San Luis, una de las dos penínsulas que se encuentran dentro del río Sena y que fue bautizada así por Luis IX de Francia en el siglo XIII.

“¿Ves esa pequeña isla? Es el lugar más bello que he visto en mi vida”, le dijo Mutis. Gamboa la observó, reflexionó, se quedó callado y asintió con la cabeza a lo que el autor de ‘La mansión de la Araucana’ le decía. Pero en realidad discrepaba con el escritor bogotano y no era capaz de refutarle algo. “¡¿Cómo le voy a decir que ‘no’ al maestro Mutis?!”, recuerda haber pensado en ese momento.

Las palabras de Mutis retumbaron en su cabeza. De inmediato pensó: “Tal vez cada persona tenga en el planeta un lugar que reconozca como el más hermoso del mundo”. El lugar de Mutis es esa minúscula isla en medio de una gran ciudad; el suyo aún no había sido descubierto.

Tuvo que pasar muchos check in en aeropuertos, comprar varios tiquetes de autobuses y negociar de vez en cuando el precio de un trayecto con choferes de camionetas para descubrir su ‘isla de San Luis’. Es Jerusalén, una de las ciudades que visitó en los viajes que hizo a Medio Oriente durante 2004 y 2005, viajes que componen ‘Océanos de arena’ (Mondadori), su más reciente novela.

“El libro es la recopilación del recorrido que hice por Siria, Israel y Jordania para escribir mi novela ‘Necrópolis’. Allí coloco los apuntes que tomé en el viaje”, explica Gamboa, quien además de ser escritor es periodista y diplomático. Fue corresponsal de EL TIEMPO, diplomático ante la Unesco y agregado cultural en la embajada de Colombia en la India. Actualmente escribe para la revista Nexos, de México, y el diario El Mercurio, de Chile.

En ‘Océanos de arena’ se mezcla la crónica periodística, la historia y la literatura. Hay descripciones minuciosas de las calles árabes, los mercados, los templos religiosos, las comidas y las personas. “Yo creo que los escritores de viajes somos todos distintos. Algunos son indiferentes con los detalles que ven; otros, como yo, nos entretenemos con ellos”, dice Gamboa cuando se le pregunta por el proceso de escritura del libro.

Las libretas fueron testigos de su paso por los hoteles, cafés y restaurantes que visitó en Medio Oriente. En ellas anotó desde el nombre de los lugares donde se hospedó hasta el precio y los nombres de las comidas, porque para él “cada cosa tiene un nombre. En eso consiste describir”. Pero más allá de la descripción al estilo guía turística, Gamboa buscó detrás de cada ciudad su historia. Hace una mirada introspectiva de Alepo, Damasco, Jerusalén –a la que le dedica gran parte del libro– y Ammán. Pero ese recuento histórico lo hace ligado a la literatura. “La literatura de viajes es una forma de literatura. No está desligada”, dice.

¿Pero cómo llegó Gamboa a enamorarse de Jerusalén? “Fue en un hotel de la ciudad. Estaba descansando en su terraza cuando el sol tocó la Cúpula de la Roca (una mezquita importante para los musulmanes). Fue un momento inolvidable. En ese momento encontré mi ‘isla de San Luis’”, explica.

También lo enamoró la interculturalidad de la ciudad, porque ahí están los grandes símbolos de las tres religiones monoteístas más importantes del mundo: el Santo Sepulcro para el cristianismo; el Templo de Jerusalén junto al Muro de las Lamentaciones para el judaísmo, y la Explanada de las Mezquitas para el islam, lugar donde están ubicadas la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa.

¿Y cómo logró ver la belleza de una ciudad donde propios y extraños sienten la tensión entre tres disímiles formas de ver el mundo? Encontró grandes conexiones entre el mundo árabe y América Latina, eso le permitió añorar a Colombia; a su ciudad natal, Bogotá, y establecer un contacto con ese lugar rodeado de dunas rojas y amarilla, muy lejano al frío y la lluvia. “El mundo árabe es muy parecido al nuestro”, comenta Gamboa. “Tenemos muchas cosas en común. Por ejemplo, la forma de comerciar. Las ciudades con un crecimiento caótico, como Bogotá, tienden a presentar los mismos inconvenientes de las ciudades árabes”.


Pero el viaje donde encontró su lugar más hermoso en el mundo estuvo marcado por choques sociales y políticos. Durante su estadía vio cómo judíos imponían sus ‘leyes divinas’ en territorios palestinos, vio cómo se segregaban a las comunidades árabes asentadas en lo que hoy es Israel, y escuchó a quienes alguna vez fueron ciudadanos palestinos y el único recuerdo que guardan de sus tierras son viejos documentos de identificación.

Es el caso de Jamil Abú Eisheh, un palestino de 82 años que conduce camiones y buses por todo el Medio Oriente. Gamboa lo conoció en el recorrido que hizo de Jerusalén a Ammán, en Jordania. Con Eisheh dialogó sobre las distancias que separan a judíos de palestinos, límites físicos y políticos. En la plática, el viejo conductor le dijo algo transcendental al turista, algo que lo marcaría: “Si esta región estuviera en paz, se podría desayunar en Jerusalén, almorzar en Damasco y comer en Beirut”. Esa frase siempre la tendrá Gamboa en su mente, porque entendió lo que es vivir tan lejos y al mismo tiempo tan cerca de los suyos.

Después de este viaje por lugares milenarios, donde nacieron, se fortalecieron y yacieron imperios y civilizaciones, fijará su brújula hacía nuevos sitios, pues seguramente no parará de contar cómo es el mundo. “Me gustaría relatar a la India que conocí cuando hice parte del cuerpo diplomático colombiano en ese país y quiero conocer más a fondo África”, responde cuando se le pregunta sobre los lugares que quiere relatar y desea conocer. Y agrega, a manera de consejo: “Todos los lugares tienen el mismo valor. Lo lejano o lo cercano del sitio no influye en la historia, sino lo que se observa y se siente en él. El encuentro personal con el lugar”.

*Santiago Gamboa estará en la vigésima sexta Feria Internacional del Libro de Bogotá presentando su obra ‘Océanos de arena’ y hablando de la literatura de viajes el 28 de abril en la sala Porfirio Barba Jacob, de Corferias, a las 3:00 p.m.

Por: José Darío Puentes, periódico "El Tiempo"

miércoles, 24 de abril de 2013

Manuel Caballero Bonald recibió el Premio Cervantes


El escritor español, Manuel Caballero Bonald recibió el Premio Cervantes.

El escritor español José Manuel Caballero Bonald recibió el Premio Cervantes. En su discurso reivindicó "la potencia consoladora" de la poesía e hizo un llamado a defender el humanismo.

El escritor español José Manuel Caballero Bonald reivindicó hoy, en su discurso de agradecimiento del Premio Cervantes, "la potencia consoladora" de la poesía, tan necesaria en un mundo como el actual, "asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos".

El escritor recibió el Premio Cervantes en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares de mano de los príncipes de Asturias, porque el rey, quien usualmente hace entrega del galardón, no asistió a la ceremonia por motivos de salud. En su discurso de agradecimiento Caballero hizo una sentida reivindicación de la poesía, que dijo tiene un enorme poder, que incluso "puede corregir las erratas de la historia", y "es una forma de defensa contra las ofensas de la vida".

"Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón", añadía el escritor gaditano en un acto solemne que constituye el acto central del Día del Libro, en el que se conmemora la muerte de Cervantes y de Shakespeare.

Su discurso, que leyó con voz firme y pausada y en la que se adivinada un lejano acento andaluz, estuvo dedicado en buena medida a Cervantes, a su infravalorada poesía y a su concepción de la libertad".

Caballero Bonald destacó que a pesar de los múltiples fracasos y decepciones que sufriera, Cervantes "nunca renunció a ir macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad un fecundo condimento literario".

"Todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la propia libertad que es la palabra", agregó enfatizando la libertad como valor indispensable. "Más que la imagen del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor literario de todas las batallas por la libertad".

Caballero Bonald, autor de Manual de infractores o de Entreguerras lleva una larga carrrera como escritor en la que ha explorado en casi todos los géneros. Se mostró agradecido por el reconocimiento y destacó que tan importante como la escritura para su obra, también la lectura es parte fundamental de ella y aseguró que su "biografía literaria" depende tanto de los libros que ha escrito como de los que ha leído.

"En mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no pienso, que ya es meritorio", dijo Caballero, quien ratificó su creencia en "la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia (...) El arte en general, y la poesía en particular, pueden "contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado.

Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador", concluyó antes de recibir un sonoro reconocimiento.

Tomado de la Revista arcadia.com

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿CÓMO VIVIR MÁS Y MEJOR?

En la isla de Samos, Grecia, la gente tiende a vivir 79 años, el promedio de expectativa de vida de ese país. Pero a solo 12 kilómetros de distancia, en otra isla llamada Icaria, donde los habitantes tienen el mismo legado genético y consumen la misma comida, buena parte de los habitantes llegan más allá de los 90 años. De hecho lo hacen a una tasa 2,5 veces mayor que en otros países desarrollados, y casi siempre con mejor salud. Se calcula que viven ocho años más sin cáncer, problemas cardiovasculares, demencia y depresión. Y mientras la mitad de los estadounidenses a los 85 años tienen ya signos de Alzhéimer, los de Icaria pasan esa marca con su mente intacta.

A esta isla del mar Egeo llegó desahuciado en 1976 Stamatis Moraitis. Sus médicos le habían diagnosticado cáncer de pulmón, con un pronóstico de 9 meses de vida. Griego de nacimiento, se había radicado después de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, y decidió irse a morir a su patria chica. Inesperadamente, en lugar de caer en su lecho de muerte Moraitis empezó a sentirse mejor con cada día que pasaba. Consiguió trabajo y ha vivido normalmente hasta hoy, cuando a sus 97 años y sin rastros de cáncer, se cuenta entre los nonagenarios que plantean un gran misterio para la ciencia.
Esta isla hace parte de las llamadas ‘‘zonas azules’’, un grupo exclusivo de comunidades en donde la longevidad es la norma. Este lugar atrajo a Dan Buettner, un educador estadounidense, quien desde hace más de una década investiga dichos enclaves. Icaria, su más reciente descubrimiento, motivó su nuevo libro, Blue Zones, en el que hace un resumen de su búsqueda.

Comenzó a explorar el tema en 2002 con un solo lugar en mente: Okinawa, Japón. Por décadas esta isla ha sido reconocida por tener el mayor número de personas longevas y saludables en el planeta. Allí la población llega a edad avanzada a una tasa tres veces más alta que en Estados Unidos.

Al poco tiempo, con su equipo integrado por demógrafos y médicos expertos en el tema identificó otra nueva zona en la isla italiana de Cerdeña, que hoy tiene la tasa más alta de centenarios del mundo. Gracias al patrocinio de la National Geographic Society, encontró otro en la península de Nicoya, Costa Rica, donde habita una comunidad de mestizos que tiene la tasa de mortalidad más baja del país. El siguiente lugar fue Loma Linda, California, donde Buettner halló una comunidad de adventistas cuya expectativa de vida es diez años más alta que la de los demás estadounidenses. A medida que él y sus demógrafos señalaban en el mapamundi estos lugares con un círculo en tinta azul, se iban refiriendo a cada uno como zona azul. De ahí su nombre.
Buettner ha viajado a estos lugares para estudiar minuciosamente los factores responsables de la longevidad. Es cierto que en todos hay una historia de matrimonio entre parientes “pero hemos podido demostrar que su longevidad no se relaciona con los genes”, dijo el investigador a SEMANA. Agregó que la evidencia científica muestra que los genes solo pesan un 25 por ciento en la expectativa de vida. “El resto se debe al estilo de vida y al medio ambiente”. Por lo tanto, el foco de la investigación fue conocer qué hacían o dejaban de hacer los habitantes en los sitios.

Comer, rezar y amar
En Icaria identificaron el primer factor: los habitantes viven relajados. La gente se despierta tarde, hace siesta, no es prisionera del tiempo ni está preocupada por el dinero. “Nadie tiene reloj y la gente comparte la plata para comprar víveres”, le dijo un habitante. Llevar una vida lenta ayuda a prevenir la inflamación, que es la reaccióbn del cuerpo al estrés, y cuando es crónica puede promover problemas como aterosclerosis, diabetes, Alzhéimer y enfermedad coronaria.

El equipo de Buettner también notó que los habitantes de Icaria toman todas las tardes un té de hierbas hecho con mejorana, menta, romero, artemisia o yerba de san juan y limón. Una farmacista griega, Ionna Chinou, le dijo a Buettner que este té y otros que ellos consumen son remedios naturales. La menta ataca la gingivitis y los problemas gástricos; el romero sirve para la gota y la artemisia mejora la circulación. “Con estas bebidas posiblemente los icarianos mantienen baja su presión arterial”, dice el autor.
Su dieta, además, está basada en verduras, frutas, granos, aceite de oliva, leche de cabra y miel. Usan esta última para curar casi cualquier mal y reservan la carne para ocasiones especiales. Cultivan sus alimentos en sus propios jardines con lo cual garantizan que no están expuestos a pesticidas. Y siempre toman vino con las comidas.
Buettner así mismo supo que los habitantes de la isla son activos físicamente, pero a diferencia de países desarrollados donde la gente recurre a gimnasios, en este lugar el ejercicio es natural y no impuesto. La razón es que para ir de un lado a otro necesariamente hay que caminar por las colinas de la isla. Los viejos entre 65 y 100 años además reportan una vida sexual satisfactoria.

La incidencia de cada hábito en la longevidad tiene su explicación científica. Como los habitantes consumen pocas grasas saturadas y carne tienen menos riesgo de sufrir enfermedad coronaria. Tienen menos infartos, pues no solo el aceite de oliva aumenta sus niveles del colesterol bueno, sino porque dormir la siesta tres veces a la semana reduce 37 por ciento ese riesgo. El vino les sirve como antioxidante y no consumir azúcar ni harinas blancas los protege de la diabetes.

Pero la dieta y el ejercicio solo son parte de la respuesta. Buettner ha encontrado otros factores que pueden incluso ser más determinantes, como la estructura social. En Icaria, por ejemplo, los habitantes tienen su alto sentido de pertenencia, la comunidad está pendiente de cada uno y se asegura que a nadie le falte comida. Como se lo dijo un lugareño a Buettner, “aquí prima más el nosotros que el yo”.
En Cerdeña la estructura social también juega un papel importante pues la gente respeta a los viejos, que además siempre están activos y cumplen una función necesaria hasta su muerte. “Algunos estudios científicos han señalado que en los países desarrollados el retiro laboral tiene un impacto negativo que se traduce en una menor expectativa de vida”. En otras ‘‘zonas azules’’ como Okinawa y Nicoya, no existen estas etapas artificiales y los adultos, no importa su edad, siempre tienen un motivo para vivir. “Es una razón por la cuales importante levantarse cada mañana ya sea a enseñar karate o a cultivar vegetales en el jardín”, dice Buettner. Según expertos del National Institute of Aging de Estados Unidos, esta actitud añade años a la existencia.
El común denominador
Lo más interesante del trabajo de Buettner es que si bien cada zona tiene su propia receta para la longevidad, se pudo detectar que muchos de los factores fundamentales son similares. Las dietas se parecen en que la mayoría están basadas en plantas frescas, granos y poca carne, lo que garantiza que sean bajas en calorías pero ricas en nutrientes. Esto a su vez ayuda a que las personas controlen su peso. La actividad física y mental también es común en todas las zonas. Ninguno es triatlonista pero sí hacen ejercicio de baja intensidad regularmente, casi siempre como parte de su trabajo.
En total Buettner encontró 9 factores en común en estas cinco comunidades a los que bautizó como los poderosos 9 (ver recuadro). Su idea es que la gente los aplique en su estilo de vida cualquier lugar del mundo. “Hemos hecho esto en seis comunidades de Estados Unidos y hay evidencia de que funciona”, dice Buettner. En Albert Lea, Minnesotta, pusieron en marcha a partir de 2009 un estudio con 18.000 residentes que se inscribieron en el Proyecto de vitalidad de ‘‘zonas azules’’ basado en los hallazgos de Buettner.
El plan consiste en cambiar los estilos de vida en cuatro áreas, la dieta, el ejercicio, las redes sociales y el plan de vida. Para esto instruyeron a los participantes para que comieran mejor, fueran más activos, estrecharan lazos con los demás y tuvieran un propósito de vida, tal y como lo hacen los habitantes de las ‘‘zonas azules’’.
Hasta el momento el experimento ha mostrado sus frutos: los participantes en conjunto han perdido 5.400 kilos y la expectativa de vida ha aumentado 3,1 años. Los expertos desarrollan un proyecto similar en Beach City, California con resultados positivos.
Nadie tiene la fórmula para vivir más. Pero Buettner está convencido de que quienes sigan estos lineamientos tendrán más posibilidades de llegar a la vejez con buena salud. Por el contrario, quienes viven al estilo estadounidense, dice el autor, tienen más posibilidades de acortar su existencia en más de una década. El objetivo de su proyecto es que, como le dijo una anciana de 101 años en Icaria, a la gente se le olvide morir.
Cómo imitarlos
 A pesar de ser lugares muy distantes geográficamente, los habitantes de mayor longevidad en las cinco zonas de la tierra comparten ciertos estilos de vida. Buettner considera que si alguien los aplica en cualquier otro lugar podría beneficiarse con diez años extra.
1. Muévase: la actividad física es esencial y para lograrlo no se requiere ser maratonista. Una caminata diaria reportará beneficios para la salud.
2. Regule el peso: la idea no es hacer dietas pero sí lograr un régimen suficientemente sano para mantenerse en su nivel ideal. Buettner recomienda dejar de comer cuando el estómago esté 80 por ciento lleno, usar platos más pequeños y comer despacio.
 3. Coma plantas: la mayoría de los longevos no tiene acceso a carne y solo la consume en ocasiones especiales. Su dieta se basa en vegetales y frutas, granos y productos hechos con harina. Las nueces deben ser parte de este régimen.
 4. Tome vino: la clave para obtener el beneficio es hacerlo con constancia y en moderación. Una copa de vino tinto con cada comida es una costumbre de la mayoría de los centenarios.

5. Motívese: es necesario tener una razón para levantarse a diario. Puede ser algo tan simple como ver a los nietos, hacer una tarea o desarrollar un pasatiempo.
6. Haga la pausa: tome siestas, saque tiempo para estar con sus amigos, medite y deje poco espacio en su vida para el estrés, pues en exceso es fuente de problemas.
7Pertenezca: los centenarios saludables profesan una fe, están involucrados con causas sociales y tienen un sentido de pertenencia en sus comunidades.
8. Dele prioridad a la familia: es la red social más importante en estos lugares. La recomendación es acercarse a los seres queridos, invertir tiempo en ellos y establecer tradiciones y rituales para verlos.

9. Busque iguales: rodearse de personas que comparten estos mismos objetivos ayuda a cumplirlos.
Tomado de la Revista Semana.com.co