sábado, 17 de agosto de 2013

UNA LUCHADORA POR LA IGUALDAD DE GÉNERO



Emily Davison bajo el caballo real

Esta mujer ha sido catalogada como heroína y mártir, pero también como resentida y terrorista por sus métodos extremos para conseguir el voto femenino en Inglaterra. El centenario de su muerte vuelve a dar visibilidad a la batalla por la igualdad de género.

Emily Davison obtuvo excelentes calificaciones en Oxford, pero solo los hombres podían recibir diplomas.

Si algo caracteriza al Derby de Epsom en Inglaterra, la carrera de caballos más famosa del mundo, es su elegancia y estilo. No en vano cada año todos los asistentes se ponen sus mejores atuendos y las damas deslumbran con innovadores sombreros que causan sensación entre los camarógrafos. 

Sin embargo, en 1913 Emily Wilding Davison fue a la carrera y el evento se torno trágico cuando el caballo del  entonces rey Jorge V le pasó por encima a toda velocidad y las lesiones y fracturas que sufrió acabaron con su vida.

No se trató de un simple accidente, sino del máximo sacrificio de una activista que luchaba por el derecho al voto femenino a principios del siglo XX con un grupo de feministas conocidas como las suffragettes, lo que le mereció que unos la tildaran de loca y terrorista. Aún así, los más sensatos reconocieron el valor de sus acciones. 

Por eso hoy, cuando se acaban de cumplir 100 años de su muerte, muchos la recuerdan como una heroína y la siguen viendo como una inspiración para continuar con la batalla por hacer valer los derechos de las mujeres.

Davison no siempre se dedicó a promover  la igualdad de género. Durante la mayor parte de su vida adulta, la londinense nacida en 1872 se dedicó a la academia. Estudió Inglés en la Universidad de Oxford, todo un logro considerando que hasta hacía relativamente poco el plantel no admitía mujeres en sus aulas. 

Pero el reconocimiento seguía siendo insuficiente y como los títulos profesionales continuaban reservados para los hombres, a pesar de que ella obtuvo las mejores calificaciones y todos los honores que concedía la institución, no recibió un diploma al final. Tal vez eso despertó su pasión por empoderar a las mujeres, pues los movimientos feministas ya se hacían sentir en las universidades europeas.

Pero la joven tardaría unos años más antes de compenetrarse con el activismo. Tras su paso por Oxford fue profesora en colegios durante años y en 1906 se afilió al Sindicato Social y Político de Mujeres (WSPU por sus siglas en inglés). 

Allí conoció a Emmeline Pankhurst, fundadora del movimiento, y a otras reconocidas feministas cuyas ideas la influyeron rápidamente, especialmente las relacionadas con el derecho de las mujeres a votar. Su compromiso con las suffragettes fue tal que, tres años después de ingresar, la profesora renunció a su trabajo y se dedicó exclusivamente a promocionar la causa. 

“Emily entendió que había que ser determinado, muy organizado y enfocarse en una sola cosa para que la campaña tuviera éxito. Por eso atrajo tanto a mujeres como a hombres al movimiento y logró darle tanta visibilidad”, dijo a SEMANA Diane Atkinson, reconocida historiadora británica que ha escrito ampliamente sobre las suffragettes. 

En efecto, Davison se tomó muy en serio el lema de WSPU –“Hechos, no palabras”– y recurrió a los métodos más extremos para publicitar la causa. Por ejemplo, una vez atacó a un hombre que confundió con el ministro de Hacienda de la época y en otra ocasión le lanzó piedras al carruaje en que este se desplazaba. También prendió fuego e hizo explotar bombas en un par de edificios vacíos como señal de protesta.

En la medida en que Davison se tornaba más radical, Pankhurst y sus seguidoras se distanciaron de ella, pues no querían que las asociaran con la mujer que en la época tildaron de loca, amargada y terrorista. Esas prácticas, por supuesto, metieron a la activista en muchos problemas. No solo la encarcelaron varias veces, sino que en la prisión fue torturada. En respuesta, ella inició una huelga de hambre, pero los guardias la sometieron a alimentación forzada, lo que le causó traumas que no superaría jamás. Ese trato generó una conciencia de lucha más extrema que se reflejó en sus escritos y acciones. 

“Sus apuntes hablan constantemente de sacrificio y de dar la vida por la causa. De hecho, cuando estaba en la cárcel se lanzó de un balcón”, dijo a esta revista Lucy Fisher, autora de La suffragette que murió por los derechos de la mujer, una biografía de Davison. Atkinson coincide con ella, por lo que llama a la feminista “la primera kamikaze del Reino Unido, pues escribía sobre el martirio y planeaba sus acciones de manera casi ritual”.

Esa puede ser la razón por la que Davison tuvo el valor de lanzarse a la pista en el Derby de Epsom de 1913. Además, que la hubiera arrollado el caballo del rey fue aún más significativo. Los historiadores todavía no se ponen de acuerdo en si la mujer realmente quería morir o si fue un accidente y solo buscaba interrumpir la carrera. Pero lo cierto es que su muerte, capturada en video, le dio mucha más visibilidad a la batalla por el voto femenino que finalmente se aprobó en 1918 para las mayores de 30 años y luego se ajustó a 21. 

Desde entonces, las mujeres alrededor del mundo han ganado más espacios, pero aún falta mucho camino por recorrer. Por eso el ejemplo de determinación de la suffragette todavía inspira a miles que luchan por ver el día en que no tengan que sacrificarse para hacer valer sus derechos. 

Tomado de la Revista Arcadia.



viernes, 5 de julio de 2013

KAFKA, UN MISTERIO LITERARIO

.Literatura

La literatura de Franz Kafka es peculiar, ambigua y de difícil acceso. Sin embargo, el estilo kafkiano nunca dejó de ser actual, ni siquiera ahora, cuando se cumplen 130 años de su nacimiento.
La literatura de Franz Kafka es peculiar, ambigua y de difícil acceso. Sin embargo, el estilo kafkiano nunca dejó de ser actual, ni siquiera ahora, al cumplirse 130 años de su nacimiento.

La metamorfosis, de 1912, quizá sea el relato más famoso de Kafka. La historia del joven Gregorio Samsa, que un día amanece convertido en un enorme insecto, es un texto inquietante y escalofriante sobre la vulnerabilidad del hombre y su posición precaria en el mundo, que, de la noche a la mañana, lo convierte en una persona marginada.

El poder del texto

Pero, ¿por qué Kafka decidió contar su historia de forma tan enigmática? ¿No la pudo haber escrito de forma más “realista” o “creíble”? Muchos de sus lectores contemporáneos se llegaron a molestar con el carácter misterioso de su literatura, lo cual, en vida, le impidió ser reconocido por un público amplio.

El germanista Thomas Anz, de la Universidad de Marburgo, lo describe como un grandioso poeta de lo absurdo. El experto cree que la literatura cerrada y enigmática de Kafka es un reflejo de lo absurdamente enmarañado de las autoridades, de los superiores y, sobre todo, de las instancias estatales a las que se enfrentan sus figuras.

En libros como El proceso o La colonia penitenciaria, el autor describe la impotencia del individuo ante un poder anónimo. A este tipo de situación de desamparo, una experiencia central de la sociedad moderna de masas, se la conoce como “kafkiana”.

El terror de la modernidad

Según el germanista Michael Braun, director del departamento de literatura de la Fundación Konrad Adenauer, los textos de Kafka expresan el nerviosismo de su tiempo ante el fenómeno de la modernización. El crecimiento de las ciudades, nuevos medios de transporte como el ferrocarril y el automóvil, nuevas técnicas de producción y un Estado hipertrofiado preocupaban a las personas. Braun asegura que esa inquietud aún se puede observar hoy en día.

“Por eso, Kafka muchas veces es considerado como un profeta: una persona que, alrededor del año de 1900, anticipó lo que a partir de mediados del siglo XX se volvió realidad, como el hombre que es controlado constantemente, pero también el hombre torturado, dice Braun y agrega que el libro “La colonia penitenciaria” de Kafka, por ejemplo, tiene muchas similitudes con la realidad en la cárcel de Guantánamo.

Una ambigüedad atractiva

Michael Braun explica que, además, la ambigüedad de su literatura resulta de su identidad polifacética, que, en sí misma, ya era un fenómeno de la modernidad. “Kafka fue judío, abogado y autor. Venía de Praga, era checo y alemán. No será posible encontrar una identidad clara de Kafka en medio de todo este caos de identidades”. Sin embargo, añade Braun, “precisamente eso es lo que hace tan atractiva a la literatura de Kafka”.

Por: Kersten Knipp DW
Publicado el: 2013-07-03
Tomado de la Revista Semana.com.co

Franz Kafka: la gloria después de la muerte
Por Antonio Paz, periodista de Semana.com
'La Metamorfosis', obra del escritor checo, se convirtió en una joya de la literatura universal y catapultó al autor como referente de escritores actuales.

 “Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto". Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo...” Así comienza La Metamorfosis, la obra insignia del escritor checo Franz Kafka.

Debido a las diferentes divisiones europeas, Kafka nació dentro de los límites del imperio austrohúngaro, al final de sus días era de nacionalidad checoslovaca y si aún viviera simplemente sería una ciudadano de República Checa.

Escribió sus obras en alemán y tenían como principal característica el pesimismo. Fue autor de tres novelas, El proceso, El castillo y El desaparecido, pero el reconocimiento mundial (adquirido en gran medida después de muerto) lo obtuvo con su novela corta, La metamorfosis.

Hoy Google destaca en su ‘doodle’ el aniversario número 130 del nacimiento del escritor europeo, que se convirtió en uno de los personajes más influyentes en la literatura universal. Además de sus novelas, Kafka es autor de un gran número de relatos cortos y escritos autobiográficos.

Su estilo literario lo ubica en la filosofía artística del existencialismo y del expresionismo y muchos autores destacan el contenido psicológico de sus obras a pesar de que era abogado de profesión.

Vida difícil

Hijo de padres judíos, Franz Kafka nació el 3 de julio de 1883 y murió a los 40 años el 3 de junio de 1924, varios años antes de que ocurriera el holocausto nazi en el que murieron sus hermanas.

Algunos de los autores que inspiraron sus escritos fueron Dickens, Flaubert, Cervantes y Goethe. En gran medida se le atribuye su pesimismo y tristeza a la hora de escribir a la muerte de sus hermanos Georg y Heinrich, que fallecieron a los pocos meses de nacidos. Kafka se sentía culpable por los decesos ya que los atribuía a los enormes celos que sentía por la atención que sus padres les prestaban a los nuevos integrantes de la familia.

Además de sus sentimientos de culpa, la difícil relación con su padre lo motivó a escribir La carta, texto que solo se publicó después del fallecimiento de Franz, el cual es un relato dramático en el que el autor narraba su tortuosa vida familiar y en el cual le hacía un fuerte reclamo a su progenitor.

Entre 1913 y 1917 mantuvo una relación difícil con Felice Bauer, lo que dio origen a una correspondencia de más de 500 cartas y un intento de boda que no logró concretarse. En 1917 procuró una reconciliación y organizó nuevamente una boda, que nunca prosperó. 

Por eso, el amor tampoco fue uno de sus aliados, lo que sumado a su difícil vida familiar hizo que sus relatos se cargaran de mayor melancolía. 

Kafka sufrió toda su vida de problemas respiratorios, por lo que llegó a pasar meses internado en hospitales, sin embargo en la navidad de 1923 una pulmonía lo postró en cama y finalmente una complicación con una tuberculosis acabó con su vida a tan solo un mes de cumplir los 41 años.

Su amigo Max Brod publicó los manuscritos del checo aunque el escritor le había pedido que los destruyera luego de su muerte. Su última compañera, Dora Diamant, quien lo vinculó nuevamente con el judaísmo no publicó los escritos que tenía en su poder  pero sí conservó ocultos 20 cuadernos y 35 cartas, que fueron revelados por la Gestapo  cuando los confiscó en 1933.

Años después de su fallecimiento, Kafka empezó a llamar la atención de lectores internacionales y actualmente es un referente obligado de la literatura universal.

Aún hoy se buscan por todo el mundo otros papeles desaparecidos de Franz Kafka, el escritor que vio la gloria después de la muerte. 

 

lunes, 1 de julio de 2013

MANDELA, UNA MIRADA ELOGIOSA, POR MARIO VARGAS LLOSA

UN LÍDER QUE DEJA UN GRAN LEGADO PARA LA HUMANIDAD.
Como homenaje al sudafricano, el escritor publicó este texto en el diario peruano La República. Semana.com lo reproduce. De la misma manera lo hace http://educacionparasiempre.blogspot.com
Transformó la historia de Sudáfrica de una manera que parecía inconcebible y demostró, con su inteligencia, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.

Nelson Mandela, el político más admirable de estos tiempos revueltos, agoniza en un hospital de Pretoria y es probable que cuando se publique este artículo ya haya fallecido, pocas semanas antes de cumplir 95 años y reverenciado en el mundo entero. Por una vez podremos estar seguros de que todos los elogios que lluevan sobre su tumba serán justos, pues el estadista sudafricano transformó la historia de su país de una manera que nadie creía concebible y demostró, con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles.

Todo aquello se gestó, antes que en la historia, en la soledad de una conciencia, en la desolada prisión de Robben Island, donde Mandela llegó en 1964, a cumplir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. Las condiciones en que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos en aquella isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo, eran atroces. Una celda tan minúscula que parecía un nicho o el cubil de una fiera, una estera de paja, un potaje de maíz tres veces al día, mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir sólo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse nunca la política ni la actualidad. En ese aislamiento, ascetismo y soledad transcurrieron los primeros nueve años de los veintisiete que pasó Mandela en Robben Island.

En vez de suicidarse o enloquecerse, como muchos compañeros de prisión, en esos nueve años Mandela meditó, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que a partir de entonces guiarían todas sus iniciativas políticas. Aunque nunca había compartido las tesis de los resistentes que proponían una “África para los africanos” y querían echar al mar a todos los blancos de la Unión Sudafricana, en su partido, el African National Congress, Mandela, al igual que Sisulu y Tambo, los dirigentes más moderados, estaba convencido de que el régimen racista y totalitario sólo sería derrotado mediante acciones armadas, sabotajes y otras formas de violencia, y para ello formó un grupo de comandos activistas llamado Umkhonto we Sizwe, que enviaba a adiestrarse a jóvenes militantes a Cuba, China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental.

En la soledad de la cárcel revisó sus ideas e hizo una autocrítica radical de sus convicciones.

Debió de tomarle mucho tiempo —meses, años— convencerse de que toda esa concepción de la lucha contra la opresión y el racismo en África del Sur era errónea e ineficaz y que había que renunciar a la violencia y optar por métodos pacíficos, es decir, buscar una negociación con los dirigentes de la minoría blanca —un 12% del país que explotaba y discriminaba de manera inicua al 88% restante—, a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.

En aquella época, fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, pensar semejante cosa era un juego mental desprovisto de toda realidad. La brutalidad irracional con que se reprimía a la mayoría negra y los esporádicos actos de terror con que los resistentes respondían a la violencia del Estado, habían creado un clima de rencor y odio que presagiaba para el país, tarde o temprano, un desenlace cataclísmico. La libertad sólo podría significar la desaparición o el exilio para la minoría blanca, en especial los afrikáners, los verdaderos dueños del poder. Maravilla pensar que Mandela, perfectamente consciente de las vertiginosas dificultades que encontraría en el camino que se había trazado, lo emprendiera, y, más todavía, que perseverara en él sin sucumbir a la desmoralización un solo momento, y veinte años más tarde, consiguiera aquel sueño imposible: una transición pacífica del apartheid a la libertad, y que el grueso de la comunidad blanca permaneciera en un país junto a los millones de negros y mulatos sudafricanos que, persuadidos por su ejemplo y sus razones, habían olvidado los agravios y crímenes del pasado y perdonado.

Habría que ir a la Biblia, a aquellas historias ejemplares del catecismo que nos contaban de niños, para tratar de entender el poder de convicción, la paciencia, la voluntad de acero y el heroísmo de que debió hacer gala Nelson Mandela todos aquellos años para ir convenciendo, primero a sus propios compañeros de Robben Island, luego a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano y, por último, a los propios gobernantes y a la minoría blanca, de que no era imposible que la razón reemplazara al miedo y al prejuicio, que una transición sin violencia era algo realizable y que ella sentaría las bases de una convivencia humana que reemplazaría al sistema cruel y discriminatorio que por siglos había padecido Sudáfrica. Yo creo que Nelson Mandela es todavía más digno de reconocimiento por este trabajo lentísimo, hercúleo, interminable, que fue contagiando poco a poco sus ideas y convicciones al conjunto de sus compatriotas, que por los extraordinarios servicios que prestaría después, desde el Gobierno, a sus conciudadanos y a la cultura democrática.

Como la gota persistente que horada la piedra, fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza.

Hay que recordar que quien se echó sobre los hombros esta soberbia empresa era un prisionero político, que, hasta el año 1973, en que se atenuaron las condiciones de carcelería en Robben Island, vivía poco menos que confinado en una minúscula celda y con apenas unos pocos minutos al día para cambiar palabras con los otros presos, casi privado de toda comunicación con el mundo exterior. Y, sin embargo, su tenacidad y su paciencia hicieron posible lo imposible. Mientras, desde la prisión ya menos inflexible de los años setenta, estudiaba y se recibía de abogado, sus ideas fueron rompiendo poco a poco las muy legítimas prevenciones que existían entre los negros y mulatos sudafricanos y siendo aceptadas sus tesis de que la lucha pacífica en pos de una negociación sería más eficaz y más pronta para alcanzar la liberación.

Pero fue todavía mucho más difícil convencer de todo aquello a la minoría que detentaba el poder y se creía con el derecho divino a ejercerlo con exclusividad y para siempre. Estos eran los supuestos de la filosofía del apartheid que había sido proclamada por su progenitor intelectual, el sociólogo Hendrik Verwoerd, en la Universidad de Stellenbosch, en 1948 y adoptada de modo casi unánime por los blancos en las elecciones de ese mismo año. ¿Cómo convencerlos de que estaban equivocados, que debían renunciar no sólo a semejantes ideas sino también al poder y resignarse a vivir en una sociedad gobernada por la mayoría negra? El esfuerzo duró muchos años pero, al final, como la gota persistente que horada la piedra, Mandela fue abriendo puertas en esa ciudadela de desconfianza y temor, y el mundo entero descubrió un día, estupefacto, que el líder del Congreso Nacional Africano salía a ratos de su prisión para ir a tomar civilizadamente el té de las cinco con quienes serían los dos últimos mandatarios del apartheid: Botha y De Klerk.

Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible, y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. (Yo recuerdo haber visto, en enero de 1998, en la Universidad de Stellenbosch, la cuna del apartheid, una pared llena de fotos de alumnos y profesores recibiendo la visita de Mandela con entusiasmo delirante). Ese tipo de devoción popular mitológica suele marear a sus beneficiarios y volverlos —Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro— demagogos y tiranos. Pero a Mandela no lo ensoberbeció; siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, como sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.


Mandela es el mejor ejemplo que tenemos —uno de los muy escasos en nuestros días— de que la política no es sólo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a los pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada, sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país, el mundo, mucho mejor de como lo encontraron.

martes, 25 de junio de 2013

Literatura y amistad. ¿Bien acaba lo que bien empieza?


Chrisitopher Hitchens  (izqui) y Martins Amis protagonizaron una de las grandes amistades intelectuales de los últimos tiempos.

Literatura
Lope de Vega y Cervantes, García Márquez y Álvaro Mutis, Jonathan Franzen y David Foster Wallace... Gabriela Bustelo hace un recuento por las grande amistades literarias.
 
“Occidente se hunde”, sentencian los agoreros. No sabemos si será cierto o si, inmersos como estamos en la hecatombe occidental, ya somos incapaces de reaccionar. En todo caso, un triste síntoma de la descomposición de nuestra civilización es el ocaso de la amistad. El individualismo, el ansia de éxito personal y la corrección política han convertido la amistad en un coleccionismo patológico de números de teléfono y direcciones de email. ¡¡¡¡A ver si nos vemos!!!!, tecleamos histéricamente sin la menor intención de ver al destinatario, que a su vez responde con otra interjección frenética, igualmente vacante. Diríase que a mayor cantidad de signos admirativos, menor será la admiración y, huelga decirlo, el cariño. En ningún período de la Humanidad se enviaron tantos mensajes por segundo, pero tampoco fue nunca tanta la información irrelevante. Cuando alguno de estos mensajes se concreta por fin en un encuentro cara a cara, el episodio suele consistir en un intercambio acelerado de tópicos y medias verdades que finaliza con brusquedad cuando uno de los interlocutores asegura que debe marcharse.

Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo no lejano en que la amistad era un admirable esfuerzo conjunto, un lienzo pintado a cuatro manos, un himno cantado a dos voces. Si la Humanidad se ha dejado millones de heroicidades perdidas en las entretelas de la historia, buena parte de las amistades ejemplares han nacido y muerto en el anonimato. Pero otras son conocidas, pues constituyeron una fuente de placer no sólo para sus protagonistas, sino también para sus espectadores. Entre estas amistades bien documentadas destacan las compartidas por los escritores, pues no en vano eran ellos mismos quienes se encargaban de narrarlas para la posteridad. Cervantes y Lope de Vega fueron amigos hasta que el segundo escribió a finales del siglo XVI su novela La Arcadia, donde alababa a su compañero de oficio -que todavía no había publicado su obra maestra- como uno de los buenos poetas del país. Cervantes no le devolvió el cumplido, sin embargo, sino que en el prólogo del Quijote -nada menos- se burló de Lope por su cargante alarde de erudición. Por estas mismas fechas en Inglaterra eran amigos Shakespeare y el gran Ben Jonson, varias de cuyas obras se dieron a conocer gracias a la compañía teatral del Bardo, que actuó en alguna de ellas.

Los escritores son individuos retraídos a la fuerza, pues la soledad es indispensable para llevar a cabo su trabajo, que consiste básicamente en leer y escribir. Pese a no considerarse actividades sociales en el sentido tradicional, la lectura y la escritura constituyen ambas un modo de interacción humana, aunque puedan tacharse de relación lateral y à la carte. Un libro es ese amigo siempre disponible, que aporta sus razones sin imponerlas. Un lector es un amante caprichoso e infiel, que puede durar años o desaparecer de pronto sin despedirse. El escritor se nutre de estos dos tipos de relación virtual, pero sus amistades reales son a menudo colegas de profesión que comparten y comprenden su particular estilo de vida.

“Viéndote, se diría que Inglaterra sufre una hambruna”, le dijo G. K. Chesterton a su buen amigo Bernard Shaw. “Viéndote, se diría que la hambruna la has provocado tú”, respondió el aludido. “Si estuviera tan gordo como tú, me ahorcaría”, apostilló Shaw. “Si fuese a ahorcarme, te usaría a ti como soga”, replicó Chesterton sin inmutarse. Estos comentarios tan frívolos no eran lo habitual entre estos dos escritores, que solían discutir sobre religión, filosofía, política, ética, teatro y costumbres, sin estar de acuerdo prácticamente en nada. No en vano Shaw era un socialista ateo, abstemio, vegetariano y feminista, mientras que Chesterton era un liberal católico, que bebía moderadamente, comía en abundancia y opinaba que la igualdad absoluta entre hombres y mujeres podía ser peligrosa. Shaw había nacido en el seno de una familia pobre de Dublín y Chesterton procedía del entorno burgués de Kensington, un barrio posh de Londres. En 1925 Shaw obtuvo el premio Nobel de Literatura por su idealismo satírico, mientras que Chesterton siempre fue considerado un autor menor de novelas de misterio, aunque en las últimas décadas ha sido redescubierto y sus obras se reeditan año tras año. Sin embargo, ambos autores fueron amigos hasta que Chesterton murió de un infarto a los 62 años, cosa que entristeció profundamente a Shaw, quien lo consideró una injusticia por ser veinte años mayor que él.

La “cordial enemistad” de Shaw y Chesterton era sobradamente conocida en los círculos intelectuales británicos, tanto que en 1928 ambos organizaron un debate público, moderado por un amigo común, el también escritor Hillaire Belloc. Shaw habló en primer lugar, explicando a los presentes que Chesterton y él tenían dos cosas en común: ambos eran unos mentirosos rematados y estaban absolutamente locos. Por lo demás, sus técnicas literarias eran opuestas, aseguró Shaw, pues su colega convertía los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios, mientras que él situaba esos mismos hechos en un contexto inapropiado para escandalizar al lector, haciéndole dudar de su cordura. Tras un largo intercambio de ideas el coloquio se dio por terminado, lamentando ambos ponentes que el contrario no les hubiera hecho alterar ni un ápice sus convicciones. Tras darse la mano, Bernard Shaw y G. K. Chesterton se despidieron tan amigablemente como siempre, tan en desacuerdo como siempre. ¿Cuál era la magia de tan fabulosa relación, que no sólo les enriquecía espiritualmente a ellos, sino también a sus numerosos admiradores? La respuesta es sencilla: el sentido del humor. La fuerza de la ironía no estriba en convertir lo serio en superficial, como piensan muchos infelices, sino en suavizar los contornos de los antagonismos, para resaltar el carácter complementario de los opuestos. En otras palabras, el humor lima las asperezas del debate, convirtiendo la tensión y el insulto en armas inútiles, en flechas que pasan de largo sin dar en el blanco, al elevar el plano moral del enfrentamiento que, lejos de ser un sangriento combate de boxeo, se convierte en un refinado torneo de esgrima verbal. Por desgracia, los individuos capaces de ejercitar este duelo sutil durante años -como hicieron el autor de Pigmalión y el creador del padre Brown- son tan admirables como escasos.

En esta misma época se dio otra célebre amistad literaria, entre Oscar Wilde y Bram Stoker, el autor de Drácula. El joven Stoker iba a menudo a cenar a casa de los padres de Wilde, pero al casarse con Florence Balcombe, que había sido novia de Oscar, la relación se enfrió considerablemente, hasta el punto de que el autor del Retrato de Dorian Gray anunció que se marchaba de Irlanda para jamás volver, cosa que cumplió. A lo largo del siglo XX fueron amigos Joyce y Beckett, Tolkien y C.S. Lewis, Truman Capote y Harper Lee, Hemingway y Fitzgerald, Henry Miller y Anaïs Nin, Jean Rhys y Ford Madox Ford. No están todos los que son, pero son todos los que están. Sin embargo, ninguna de estas relaciones tuvo el componente de camaradería rival que caracterizó al dúo Shaw-Chesterton. Tal vez fuese porque, como decía Balzac, las amistades duran poco cuando uno de los dos se siente ligeramente superior al otro.

En nuestros tiempos la excepción que confirma la regla es la amistad entre Martin Amis y Christopher Hitchens, que duró cuarenta años y acabó con la muerte de este último en las Navidades de 2011. Los dos escritores, al igual que Shaw y Chesterton, discutían a menudo, en privado y en público, pero siempre con mutuo respeto, cariño y admiración. Hitchens, que no se caracterizaba precisamente por su sensiblería, contó en una ocasión que cuando le preguntaban si Martin Amis era su mejor amigo la expresión le parecía demasiado simplona para resumir una realidad que perdía su grandeza al intentar describirla en voz alta. Amis, por su parte, definía a Hitchens como “un rebelde por naturaleza”, tan capaz de desplegar un extraordinario refinamiento como de regañar a un rey, a un presidente o al mismísimo Papa, pero también al taxista tramposo, al funcionario lento o al camarero ineficaz. Pese a haber estudiado juntos en Oxford, los dos amigos tenían opiniones diferentes sobre un buen número de temas importantes. Amis es un liberal agnóstico, anti-islamista, crítico con George W. Bush y que acaba de acusar a Thatcher de haber arrasado el sistema de clases “por arriba y por abajo”. Hitchens era un socialista ferozmente antirreligioso, pero defendió la guerra de Irak y criticó a personajes como Bill Clinton y Teresa de Calcuta. Amis dijo públicamente que el estilo gramatical de Hitchens era espantoso; Hitchens despedazó el libro Koba el Temible -una denuncia de la hipocresía occidental ante el genocidio de Stalin-, donde su amigo Amis incluyó una sarcástica carta encabezada “Camarada Hitchens”. Pero ambos tenían muchas cosas en común: el odio por la monarquía británica, la admiración por Estados Unidos, el sentido del humor y la capacidad para opinar sobre lo divino y lo humano, a menudo retractándose de lo dicho en cuestión de horas. En 1982, Hitchens se trasladó a vivir a Washington D.C. y adquirió la doble nacionalidad británica y estadounidense, cosa muy criticada por sus compatriotas. Amis, sin embargo, no sólo lo entendió, sino que declaró que Hitchens se vio obligado a marcharse de Inglaterra para poder ser un hombre libre. Instalado en Brooklyn desde el otoño de 2012, Amis dijo al morir Hitchens que al perder a quien fue un íntimo amigo durante cuarenta años, nada parece tener sentido. Para quienes considerábamos al dúo Amis-Hitchens un faro indispensable de inteligencia y de provocación, la ausencia de uno de sus componentes es trágica. Todos, sin duda alguna, hemos salido perdiendo.

En Estados Unidos ha destacado en los años recientes una amistad literaria entre dos autores más jóvenes, que también ha terminado trágicamente con la muerte de uno de ellos. Jonathan Franzen y David Foster Wallace están entre los representantes más destacados de la amplia Generación X estadounidense, que incluye a Jeffrey Eugenides, Jonathan Lethem y Augusten Burroughs; y, en una segunda ola, a Junot Díaz y Dave Eggers. Con una procedencia familiar muy semejante, Franzen y Wallace se criaron ambos en ciudades pequeñas del Medio Oeste y tratan en su obra temas similares: la necesidad de una literatura comprometida, la influencia de la tecnología en la cultura, las lacras de la sociedad posmoderna y la interacción del artista con su público. La amistad entre ambos comenzó en 1988, cuando Wallace escribió una carta entusiasta a Franzen, tras haber leído su novela Ciudad veintisiete. Dos años después se conocieron en persona, pero su relación -calificada por ambos como “intensa”- fue epistolar. Si la primera obra de Franzen animó a Wallace a escribir su extraordinaria Broma infinita, fue tras leerla cuando Jonathan escribió Las correcciones, su mejor novela. Lo que iba camino de ser una fecunda amistad al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens terminó bruscamente en el otoño de 2008, cuando David Foster Wallace se ahorcó en el jardín de su casa en California. Al saberlo Franzen se sintió profundamente traicionado, tanto como para escribir que “el suicidio de David estaba calculado para hacer sufrir a las personas a quienes más quería”. En un ensayo donde empleaba con frecuencia la palabra “ira”, Franzen protagonizó la tragedia de su amigo de un modo que llamó poderosamente la atención en los círculos literarios de su país, desconcertados ante la dureza de sus palabras. Al reflexionar sobre la evolución de la amistad, a por cómo la han vivido varios de los autores más importantes del siglo XX y los inicios del XXI, da la impresión de que, tal como decíamos al comienzo del artículo, la decadencia sentimental es uno de los síntomas de la descomposición de Occidente. Hay quienes opinan que vivir un amor apasionado es más fácil que conseguir una amistad perfecta, pero si buscamos estas palabras -amor, pasión, amistad- en el diccionario, el significado de todas ellas cada vez nos resulta más lejano.

Hay, pese a todo, motivos para la esperanza. Los dos escritores más célebres de Colombia, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, se conocieron en 1949 y son grandes amigos desde entonces. Pero lejos de deleitarnos con una suerte de exhibicionismo literario al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens, ambos autores apenas mencionan sus seis décadas largas de camaradería, pues hicieron un pacto de silencio que García Márquez define como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Los pactos están para romperlos, evidentemente, pues en alguna ocasión aluden el uno al otro, haciendo gala de un humor tan ácido, o más, que el de los autores británicos. En referencia al libro de García Márquez El general en su laberinto -sobre el dictador venezolano Simón Bolívar-, Mutis dice: “Él ve en el libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre capaz de cálculos políticos cuando se portó sobre todo como un niño consentido; en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás poseyó”. El Nobel colombiano, por su parte, ha asegurado que Mutis confiesa estar poseído por “un bobo gigantesco, peludo y babeante”, dado a soltar frases ridículas y a corregirle los escritos. Es García Márquez quien ha revelado el secreto de esta respetuosa y sincera amistad: ambos se llaman siempre por teléfono para comprobar que realmente quieren verse. Así contado, suena factible. Pero hoy parecen escasear los escritores, y aún más las escritoras, capaces de practicar durante décadas algo ni remotamente parecido.

La amistad literaria es un cóctel no apto para espíritus mezquinos ni paladares elementales. La receta es sencilla: mezclar los ingredientes a partes iguales, sin agitarlos. El sabor es picante, nectarino, intenso. Esperemos que los audaces se atrevan a catarlo.
Tomado de Revista Arcadia
Por: Gabriela Bustelo
Publicado el: 2013-06-24

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Por qué quitaron la tilde de éste?,

Este / El lenguaje en el tiempo
Fernando Ávila, delegado de la Fundéu BBVA en Colombia, explica por qué la palabra ya no se tilda.

Pregunta: ¿Por qué quitaron la tilde de éste?, Gloria Cortés, Cali.

Respuesta: Durante muchos años, la Academia insistió en distinguir el pronombre del adjetivo, marcándole tilde al primero: “deme éste” (pronombre, con tilde) y “deme este esfero” (adjetivo, sin tilde). La norma se refería a doce palabras: éste, ése, aquél, ésta, ésa, aquélla, éstos, ésos, aquéllos, éstas, ésas, aquéllas.

En las Nuevas normas de prosodia y ortografía, publicadas en 1952, se redujo esta exigencia a los casos en que hubiera lugar a confusión. Por ejemplo, “esta llama” puede ser una masa gaseosa en combustión, mientras que “ésta llama” puede ser una señora pidiendo ayuda. En la Ortografía de la lengua española de 1999, la Academia reiteró que esa tilde era innecesaria, salvo el remotísimo caso de que se prestara a confusión. Finalmente, en la nueva Ortografía del 2010 la eliminó.

En consecuencia, hoy se escribe el pronombre sin tilde, “este le dijo a aquel que fuera por esa” (antiguamente, “éste le dijo a aquél que fuera por ésa”) y el adjetivo, también sin tilde, como siempre, “este funcionario le dijo a aquel mensajero que fuera por esa carta”.

Algunas tildes diacríticas se eliminaron también porque no hay diferencia fonética. La pronunciación del pronombre “éste” es idéntica a la del adjetivo “este”. Los 22 casos de tilde diacrítica que se conservan corresponden a palabras en las que hay diferencia fonética, como la que se puede advertir en el qué interrogativo comparado con la conjunción que, si se pronuncia en voz alta, “¿quiere que le diga qué pasó ayer?” o “quiero que me explique qué quiso decir”.

En esta lista de tildes eliminadas no están los verbos esté, está, estás, que llevan tilde por ser voces agudas terminadas en vocal y en s, “cuando esté en Nueva York le dice a su tía, que está allá, ‘hola, tía, ¿cómo estás?’ ”.

Tampoco están en esa lista los pronombres tú y él, que son tónicos, y siguen llevando tilde diacrítica (“si tú quieres, él se va”), para distinguirlos de los adjetivos tu y el, átonos, que siguen escribiéndose sin tilde (“si tu esposa quiere, el chico se va”).

El nombre del punto cardinal Este, también escrito con minúscula inicial, este, tampoco lleva tilde, pues es voz grave terminada en vocal, “al este de Bogotá queda este municipio. Allá iré cuando este esté en ferias y fiestas”.
Esfero:
La palabra bogotana esfero ya está registrada en el Diccionario de americanismos, 2010, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, como sinónimo de birome (Argentina), lapicero (Antioquia) o bolígrafo (resto del mundo).

FERNANDO ÁVILA, DELEGADO DE LA FUNDÉU BBVA EN COLOMBIA
 Tomado del periódico El Tiempo de Bogotá, D.C.

domingo, 26 de mayo de 2013

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

                                           Nicolás Gómez Dávila en su biblioteca.
El 18 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento del filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila. A propósito de la celebración, Arcadia recuerda este artículo en el que se rescata la recepción alemana de su obra.
“…Quiero que esta voz, única convincente de la sutil devoción y la antimodernidad en nuestros días, sea escuchada”, es la introducción que hace Botho Strauß, célebre escritor y dramaturgo alemán en un ensayo efusivo publicado en Alemania sobre el bogotano Nicolás Gómez Dávila. Martin Mosebach, ganador en el 2007 del premio literario Georg Büchner, el más prestigioso de Alemania, lo visitó varias veces en su casa en Bogotá, y no hay entrevista o columna en la que no reitere que se reconoce como su vástago in spiritu. Hans Magnus Enzensberger publicó una exquisita edición limitada de sus aforismos. El Instituto Cervantes convocó en Berlín hace algunas semanas, en un coloquio sobre su legado intelectual, a los filósofos Fernando Savater, Carlos B. Gutiérrez y Franco Volpi. Hoy en día en las librerías alemanas se encuentran al menos siete recopilaciones de sus textos. Revistas especializadas, así como decenas de blogs filosóficos y literarios y teológicos y demás, exploran sus pensamientos. Y ahora resulta que Harald Schmidt, el más agudo comediante y autor satírico alemán vivo, usa una de sus sentencias para presentar su último best seller. Sin querer sobreestimar las proporciones de lo que eso pueda significar, algo es claro: Nicolás Gómez Dávila ocupa (por lo pronto entre escritores y filósofos –y comediantes–) un lugar en la vida intelectual alemana de estos días.
De Europa a Bogotá
La vida de Gómez Dávila fue como de otra era: nació en Bogotá en 1913 en el seno de una familia aristocrática. Viajó a los seis años con la familia a París. Allí fue educado por sacerdotes benedictinos, y debido a una neumonía grave, por profesores particulares con quienes aprendió griego y latín (más tarde inglés, alemán, italiano). En 1936 regresó a Bogotá. En 1948 ayudó a fundar la Universidad de los Andes. Desde entonces, se enclaustró en una casona, reunió treinta mil libros y apuntó paciente, anárquicamente, más de dos mil aforismos en los que embiste contra todos los fetiches de la vida moderna, mientras esgrime a los cuatro vientos el nombre de pila del Creador. (Estos aforismos componen, según sus fervorosos lectores, una de las obras más sabrosas del pensamiento conservador del siglo XX). Finalmente, Gómez Dávila murió en Bogotá en 1994.
Sus primeros libros aparecieron en 1954 (Notas I) y 1959 (Textos I). Entre 1977 y 1992 se publicaron sucesivas series de fragmentos que constituyen los celebérrimos Escolios a un texto implícito. Pero solo a partir de 1987, año en que aparece la primera antología alemana, Gómez Dávila comenzó a ser reconocido, primero en Europa, y después en Colombia, como un pensador relevante. Siguieron entonces las monografías, los diccionarios filosóficos, el torrente de las ediciones italiana, francesa, otras varias alemanas y por fin, en el 2005, los seis tomos de las Obras completas oficiales en edición nacional. Y luego la gloria.
Inventario de bibliotecario
Es lugar común aquello de que nadie es profeta en su tierra. Y quién ignora que los grandes genios colombianos (en la eventualidad de que existan) la tienen difícil para ser celebrados como tal en una república enfrascada en nuestro infeliz saqueo y desfalco y cataclismo moral de cada día. No por ello deja de ser insólito que un oscuro aforista capitalino, quien jamás se preocupó por divulgar sus obras, y cuyos libros llevan títulos que recuerdan los inventarios de un bibliotecario, sea ensalzado por distinguidos intelectuales europeos –y al parecer en serio– como uno de los mayores genios del siglo pasado. Es lícito preguntarse a cuenta de qué, en el país de eminentes aforistas como Lichtenberg y Schopenhauer y Nietzsche, el catequístico Nicolás Gómez Dávila goza de tal notoriedad. Tres hipótesis.
Todo el mundo ama a un buen odioso. Y sin duda nuestro hombre fue uno. El crítico literario Jens Jessen afirma que Gómez Dávila es el único pensador contemporáneo que arremete contra tabúes aún existentes: contra la democracia, el liberalismo, el comunismo, el capitalismo, la alucinada adoración por el progreso, la tolerancia religiosa –y se podría añadir sin sorna: el homosexualismo, el Concilio Vaticano Segundo y la minifalda.
Ahora bien, aunque Gómez Dávila sea quizá el más reciente, no es desde luego el único autor que dedicó su existencia al insulto de los tiempos que corren y a la vindicación de los pretéritos. Una lista de buenos odiadores durante la historia del pensamiento contendría acaso tantos nombres como escolios los Escolios. Y tampoco es un acontecimiento peculiar la mezcla de desprecio por lo actual y rancio cristianismo que aquellos escolios propugnan –aunque se debe admitir que esta sí es una mezcolanza poco habitual en nuestros días.
Visto así, uno tiene la sensación de que el mérito principal de Gómez Dávila radica ante todo en encarnar una añeja actitud intelectual que reaparece de siglo en siglo, y que disfruta de muy buena reputación entre los pensadores más civilizados, pues los hace sentir parte de una casta de gente inteligente muy lúcida, muy profunda, muy especial. Se trata de aquella mil veces reencauchada actitud reaccionaria que condena el mundo moderno con todas sus rutinas vulgares y pervertidas, y suspira (o bufa, según el caso) por los buenos tiempos pasados.
El buen reaccionario
Es justamente esta palabra, “reaccionario”, la que los comentaristas alemanes repiten hasta el hartazgo para referirse a Gómez Dávila (él mismo solía definirse como uno). Y parece ser este talante antagonista frente a todo lo moderno, esta simpatía quejetas por las causas perdidas, lo que hace sus aforismos tan seductores. Los lamentos antipáticos de Gómez Dávila (Savater y Gutiérrez, blasfemos, han hablado sin más de “disparates”), sumados a su beligerante cristianismo (corrijo: a su catolicismo, pues el filósofo, como era de esperarse, censura también a los reformados), harán sentir posiblemente a cierto lector europeo ante una fraterna voz de otro milenio, que predica como un valiente anacoreta la reinstauración de un orden olvidado (que de ningún modo se puede identificar con algún estado paradisíaco precolombino o algo por el estilo). No en vano recuerda Mosebach que Gómez Dávila creía que la historia vivió sus tiempos dorados entre Constantino y Dante, y sostiene que los Escolios son, de hecho, los pensamientos de un europeo (un tanto nostálgico), que le habla al continente materno desde las colonias.
Una segunda razón, aducida por el filósofo italiano Franco Volpi, editor y divulgador universal de Gómez Dávila, es la calidad literaria de los escolios, y su capacidad de “ponernos a pensar”.
Lo primero es indiscutible: basta leer algunas sentencias de Gómez Dávila para comprender por fin que se trata de un magnífico estilista, calidad que se refleja bastante bien en las traducciones alemanas. Los oráculos de Gómez Dávila son en efecto elegantes latigazos verbales que, al menos en lo formal, nada tienen que envidiar a las máximas de los más conspicuos aforistas alemanes (o de Gracián, o de La Rochefoucauld, o de Cioran, etc.).
En cuanto a la capacidad de poner a pensar, la virtud de los buenos inventores de máximas es precisamente saber sonar ingeniosos en muy pocas palabras. Lo cual no implica que lo que sostienen deba ser en realidad clarividente. (A este respecto bien cabe recordar lo que Borges replicara a los amigos que le decían que los Pensamientos de Pascal les servían para pensar: “Ciertamente, no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento”.)
Quizá exista una última y sencilla razón. Llama la atención que, a diferencia de lo que sucede a menudo con ilustres compatriotas rockeros, automovilistas o premios Nobel, quienes en opinión de muchos europeos provienen de cualquier otro rincón del cosmos tropical, menos de Colombia, no hay artículo o contraportada que no ponga de relieve que Nicolás Gómez Dávila es un filósofo, un escritor, un genio, colombiano. Parecería como si ese epíteto, de inusual resonancia combinado con “pensador”, lo hiciera aún más llamativo, y diera la impresión de que los Escolios ofrecen algo distinto.
Si esta hipótesis del exotismo es cierta, se entendería por qué Till Kinzel, profesor de Literatura de la Universidad Técnica de Berlín (Gómez Dávila le habría dedicado un dardo exterminador), titula absurdamente uno de sus muchos artículos sobre al bogotano: “Nicolás Gómez Dávila: un guerrillero colombiano de la literatura”.
Por: Hernán D. Caro A
Publicado el: 2010-03-15 por Revista Arcadia

sábado, 18 de mayo de 2013

LA CIUDAD DESAPARECIDA


   

 
Reconstrucción virtual de la ciudad de Uruk Exposición sobre Uruk

Irak no es solo sinónimo de tragedia. Se cumplen cien años del descubrimiento de Uruk, la primera metrópolis de la historia, y el museo de Pérgamo en Berlín nos invita a imaginar el pasado.
En el desierto de Mesopotamia, entre los proverbiales ríos Tigris y Éufrates, a trescientos kilómetros al sur de la actual Bagdad, la capital de Irak, yace un mundo oculto entre la arena: Uruk, la primera gran ciudad de la historia. Para hacerse una idea de su importancia basta una comparación: cuando los arqueólogos del futuro excaven en mil, dos mil años, los restos de la Estatua de la Libertad, cuando hagan conjeturas sobre cuál era el tamaño de la descomunal torre del Centro de Comercio Internacional, cuando intenten calcular cuántas personas cabían sentadas en el Estadio Azteca, hablarán de las ciudades que alguna vez acogieron aquellas construcciones, de Nueva York, de Hong Kong, de Ciudad de México, y de su importancia social e industrial para su tiempo, del modo como hoy debemos hablar sobre Uruk.
 La historia de Uruk, a la cual el Museo de Pérgamo en Berlín dedica hasta inicios de septiembre la fascinante exposición “Uruk: 5000 años de la megaciudad”, se remonta hasta el cuarto milenio antes de Cristo. En ese entonces, varios asentamientos de campesinos y comerciantes sumerios del Éufrates se reunieron en un pequeño centro urbano que, con el paso de los siglos, se convertiría en el núcleo económico, religioso y cultural más importante de toda la región. En el año 3000 a.C., la cima de su florecimiento, Uruk ya tenía una superficie de 5.5 kilómetros cuadrados, estaba rodeada por una muralla de nueve kilómetros y contaba con una población de mínimo cincuenta mil personas, un número impresionante para una época en que Roma –que solo cientos de años más tarde llegaría a ser conocida como “La ciudad eterna”– era si acaso un tugurio de pescadores a orillas del río Tíber.
Las excavaciones en Uruk fueron iniciadas por la Sociedad Oriental Alemana hace justo cien años, en 1913. La exposición berlinesa conmemora este aniversario. A raíz de la difícil situación de seguridad en Irak tras la ocupación estadounidense en el 2003 y la caída de Saddam Hussein, las excavaciones están actualmente interrumpidas. Pero las ruinas de Uruk no han sufrido más daño que el causado por el paso de los milenios.
Es costumbre entre los habitantes de las grandes ciudades –y esto quizá desde que existen las ciudades– renegar de la vida urbana. En el siglo xviii el filósofo francés Rousseau escribió que la ciudad es “el abismo de la especie humana”. Y en el siglo pasado el célebre arquitecto Le Corbusier sostenía que las calles de las ciudades eran “impuras”, por lo que proponía echar abajo gran parte del centro de París. ¿Y, en fin, quién no ha soñado, después de pasar una hora de pie en un bus repleto de gente, con tener una “casita en el campo”?
Y sin embargo, para bien o para mal, y a pesar de sus ratas, su ruido, su sobrepoblación, su mal aire, su criminalidad, su vida anónima, fue en las ciudades, y más aún, gracias a las ciudades, que muchas de las estructuras sociales y económicas, los desarrollos arquitectónicos y gran parte de la vida cultural que hoy conocemos, surgieron por primera vez. Uruk es un buen ejemplo de ello.
La exposición en Berlín muestra cómo en la ciudad nacieron las estructuras que corresponden a un estado industrial moderno: jerarquías sociales, empleo masivo y producción en serie. La construcción de la muralla, del templo al dios del cielo An o de un gigantesco “zigurat”, monumento en forma de pirámide con escaleras, dedicado a la diosa sumeria del amor y la guerra, Inanna (y que inspiraría la leyenda bíblica de la Torre de Babel), hizo necesario inventar formas de mantener a miles de trabajadores. El trueque de cereales y lana por maderas de Siria, piedras preciosas de Arabia o cobre de los montes Zagros, entre los actuales Irán e Irak, obligó a los comerciantes de Uruk a marcar los productos y controlar cantidades. Así aparecieron sellos de piedra que dieron luego origen al uso de tablas de arcilla sobre las que se hacían marcas con un punzón: la escritura cuneiforme, acaso el primer sistema de escritura de la historia.
Justamente aquí se percibe con mayor claridad la importancia de la cultura sumeria. Hay tablas de arcilla cocida, halladas en Uruk, que registran raciones de cerveza para los trabajadores y cuánto cereal correspondía a los empleados de los templos. En una de ellas, del año 3000 a.C., están anotados a modo de diccionario cincuenta y ocho nombres usados para los cerdos. Las primeras palabras escritas no se referían a las hazañas de héroes ni cantaban himnos a los dioses. Eran inventarios sobre el comercio que tenía lugar en la ciudad.
Pero las cosas no terminan allí. Es también de esta ciudad antiquísima que surgió la famosa epopeya de Gilgamesh, una de las primeras manifestaciones literarias de que se tenga noticia, y que narra las aventuras de Gilgamesh, rey de Uruk, y su amigo Enkidu. Las primeras noticias de la existencia del poema provienen del año 2000 a.C., pero la versión estándar fue compuesta entre los años 1300 y 1000 a.C., cuando ya el florecimiento de Uruk pertenecía al pasado. Y sin embargo, en el poema resuenan la gloria y la dimensión cultural de la ciudad: en los viajes de Gilgamesh y Enkidu a la actual región del Líbano, correspondientes a las rutas comerciales de Uruk, en los intentos de la diosa Ishtar por seducir al rey y en el regreso de este a la ciudad tras la muerte de su amigo y tras su infructuosa búsqueda de la inmortalidad. Al ver de nuevo Uruk, Gilgamesh alaba el “trabajo duradero” con el que fue construido el gigantesco muro.
De la gran ciudad de Uruk hoy solo quedan ruinas que nos recuerdan, como supo Gilgamesh al final de sus viajes, que la única eternidad concedida a los hombres es la de crear murallas y templos impresionantes que contemplarán con asombro los arqueólogos del futuro.
Por: Hernán D. Caro* Berlín
Publicado el: 2013-05-17
Por: Revista Arcadia