domingo, 28 de abril de 2013

EL LUGAR MÁS LINDO DEL MUNDO


Santiago Gamboa escribe para la revista Nexos, de México, y el diario El Mercurio, de Chile. Foto: Carlos Ortega / EL TIEMPO

El escritor colombiano recopila sus experiencias en Medio Oriente en el libro 'Océanos de arena'.

Un día Santiago Gamboa paseaba con Álvaro Mutis por las calles de París. Mientras caminaban y charlaban, Mutis le señaló la isla de San Luis, una de las dos penínsulas que se encuentran dentro del río Sena y que fue bautizada así por Luis IX de Francia en el siglo XIII.

“¿Ves esa pequeña isla? Es el lugar más bello que he visto en mi vida”, le dijo Mutis. Gamboa la observó, reflexionó, se quedó callado y asintió con la cabeza a lo que el autor de ‘La mansión de la Araucana’ le decía. Pero en realidad discrepaba con el escritor bogotano y no era capaz de refutarle algo. “¡¿Cómo le voy a decir que ‘no’ al maestro Mutis?!”, recuerda haber pensado en ese momento.

Las palabras de Mutis retumbaron en su cabeza. De inmediato pensó: “Tal vez cada persona tenga en el planeta un lugar que reconozca como el más hermoso del mundo”. El lugar de Mutis es esa minúscula isla en medio de una gran ciudad; el suyo aún no había sido descubierto.

Tuvo que pasar muchos check in en aeropuertos, comprar varios tiquetes de autobuses y negociar de vez en cuando el precio de un trayecto con choferes de camionetas para descubrir su ‘isla de San Luis’. Es Jerusalén, una de las ciudades que visitó en los viajes que hizo a Medio Oriente durante 2004 y 2005, viajes que componen ‘Océanos de arena’ (Mondadori), su más reciente novela.

“El libro es la recopilación del recorrido que hice por Siria, Israel y Jordania para escribir mi novela ‘Necrópolis’. Allí coloco los apuntes que tomé en el viaje”, explica Gamboa, quien además de ser escritor es periodista y diplomático. Fue corresponsal de EL TIEMPO, diplomático ante la Unesco y agregado cultural en la embajada de Colombia en la India. Actualmente escribe para la revista Nexos, de México, y el diario El Mercurio, de Chile.

En ‘Océanos de arena’ se mezcla la crónica periodística, la historia y la literatura. Hay descripciones minuciosas de las calles árabes, los mercados, los templos religiosos, las comidas y las personas. “Yo creo que los escritores de viajes somos todos distintos. Algunos son indiferentes con los detalles que ven; otros, como yo, nos entretenemos con ellos”, dice Gamboa cuando se le pregunta por el proceso de escritura del libro.

Las libretas fueron testigos de su paso por los hoteles, cafés y restaurantes que visitó en Medio Oriente. En ellas anotó desde el nombre de los lugares donde se hospedó hasta el precio y los nombres de las comidas, porque para él “cada cosa tiene un nombre. En eso consiste describir”. Pero más allá de la descripción al estilo guía turística, Gamboa buscó detrás de cada ciudad su historia. Hace una mirada introspectiva de Alepo, Damasco, Jerusalén –a la que le dedica gran parte del libro– y Ammán. Pero ese recuento histórico lo hace ligado a la literatura. “La literatura de viajes es una forma de literatura. No está desligada”, dice.

¿Pero cómo llegó Gamboa a enamorarse de Jerusalén? “Fue en un hotel de la ciudad. Estaba descansando en su terraza cuando el sol tocó la Cúpula de la Roca (una mezquita importante para los musulmanes). Fue un momento inolvidable. En ese momento encontré mi ‘isla de San Luis’”, explica.

También lo enamoró la interculturalidad de la ciudad, porque ahí están los grandes símbolos de las tres religiones monoteístas más importantes del mundo: el Santo Sepulcro para el cristianismo; el Templo de Jerusalén junto al Muro de las Lamentaciones para el judaísmo, y la Explanada de las Mezquitas para el islam, lugar donde están ubicadas la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa.

¿Y cómo logró ver la belleza de una ciudad donde propios y extraños sienten la tensión entre tres disímiles formas de ver el mundo? Encontró grandes conexiones entre el mundo árabe y América Latina, eso le permitió añorar a Colombia; a su ciudad natal, Bogotá, y establecer un contacto con ese lugar rodeado de dunas rojas y amarilla, muy lejano al frío y la lluvia. “El mundo árabe es muy parecido al nuestro”, comenta Gamboa. “Tenemos muchas cosas en común. Por ejemplo, la forma de comerciar. Las ciudades con un crecimiento caótico, como Bogotá, tienden a presentar los mismos inconvenientes de las ciudades árabes”.


Pero el viaje donde encontró su lugar más hermoso en el mundo estuvo marcado por choques sociales y políticos. Durante su estadía vio cómo judíos imponían sus ‘leyes divinas’ en territorios palestinos, vio cómo se segregaban a las comunidades árabes asentadas en lo que hoy es Israel, y escuchó a quienes alguna vez fueron ciudadanos palestinos y el único recuerdo que guardan de sus tierras son viejos documentos de identificación.

Es el caso de Jamil Abú Eisheh, un palestino de 82 años que conduce camiones y buses por todo el Medio Oriente. Gamboa lo conoció en el recorrido que hizo de Jerusalén a Ammán, en Jordania. Con Eisheh dialogó sobre las distancias que separan a judíos de palestinos, límites físicos y políticos. En la plática, el viejo conductor le dijo algo transcendental al turista, algo que lo marcaría: “Si esta región estuviera en paz, se podría desayunar en Jerusalén, almorzar en Damasco y comer en Beirut”. Esa frase siempre la tendrá Gamboa en su mente, porque entendió lo que es vivir tan lejos y al mismo tiempo tan cerca de los suyos.

Después de este viaje por lugares milenarios, donde nacieron, se fortalecieron y yacieron imperios y civilizaciones, fijará su brújula hacía nuevos sitios, pues seguramente no parará de contar cómo es el mundo. “Me gustaría relatar a la India que conocí cuando hice parte del cuerpo diplomático colombiano en ese país y quiero conocer más a fondo África”, responde cuando se le pregunta sobre los lugares que quiere relatar y desea conocer. Y agrega, a manera de consejo: “Todos los lugares tienen el mismo valor. Lo lejano o lo cercano del sitio no influye en la historia, sino lo que se observa y se siente en él. El encuentro personal con el lugar”.

*Santiago Gamboa estará en la vigésima sexta Feria Internacional del Libro de Bogotá presentando su obra ‘Océanos de arena’ y hablando de la literatura de viajes el 28 de abril en la sala Porfirio Barba Jacob, de Corferias, a las 3:00 p.m.

Por: José Darío Puentes, periódico "El Tiempo"

miércoles, 24 de abril de 2013

Manuel Caballero Bonald recibió el Premio Cervantes


El escritor español, Manuel Caballero Bonald recibió el Premio Cervantes.

El escritor español José Manuel Caballero Bonald recibió el Premio Cervantes. En su discurso reivindicó "la potencia consoladora" de la poesía e hizo un llamado a defender el humanismo.

El escritor español José Manuel Caballero Bonald reivindicó hoy, en su discurso de agradecimiento del Premio Cervantes, "la potencia consoladora" de la poesía, tan necesaria en un mundo como el actual, "asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos".

El escritor recibió el Premio Cervantes en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares de mano de los príncipes de Asturias, porque el rey, quien usualmente hace entrega del galardón, no asistió a la ceremonia por motivos de salud. En su discurso de agradecimiento Caballero hizo una sentida reivindicación de la poesía, que dijo tiene un enorme poder, que incluso "puede corregir las erratas de la historia", y "es una forma de defensa contra las ofensas de la vida".

"Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón", añadía el escritor gaditano en un acto solemne que constituye el acto central del Día del Libro, en el que se conmemora la muerte de Cervantes y de Shakespeare.

Su discurso, que leyó con voz firme y pausada y en la que se adivinada un lejano acento andaluz, estuvo dedicado en buena medida a Cervantes, a su infravalorada poesía y a su concepción de la libertad".

Caballero Bonald destacó que a pesar de los múltiples fracasos y decepciones que sufriera, Cervantes "nunca renunció a ir macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad un fecundo condimento literario".

"Todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la propia libertad que es la palabra", agregó enfatizando la libertad como valor indispensable. "Más que la imagen del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor literario de todas las batallas por la libertad".

Caballero Bonald, autor de Manual de infractores o de Entreguerras lleva una larga carrrera como escritor en la que ha explorado en casi todos los géneros. Se mostró agradecido por el reconocimiento y destacó que tan importante como la escritura para su obra, también la lectura es parte fundamental de ella y aseguró que su "biografía literaria" depende tanto de los libros que ha escrito como de los que ha leído.

"En mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no pienso, que ya es meritorio", dijo Caballero, quien ratificó su creencia en "la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia (...) El arte en general, y la poesía en particular, pueden "contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado.

Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador", concluyó antes de recibir un sonoro reconocimiento.

Tomado de la Revista arcadia.com

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿CÓMO VIVIR MÁS Y MEJOR?

En la isla de Samos, Grecia, la gente tiende a vivir 79 años, el promedio de expectativa de vida de ese país. Pero a solo 12 kilómetros de distancia, en otra isla llamada Icaria, donde los habitantes tienen el mismo legado genético y consumen la misma comida, buena parte de los habitantes llegan más allá de los 90 años. De hecho lo hacen a una tasa 2,5 veces mayor que en otros países desarrollados, y casi siempre con mejor salud. Se calcula que viven ocho años más sin cáncer, problemas cardiovasculares, demencia y depresión. Y mientras la mitad de los estadounidenses a los 85 años tienen ya signos de Alzhéimer, los de Icaria pasan esa marca con su mente intacta.

A esta isla del mar Egeo llegó desahuciado en 1976 Stamatis Moraitis. Sus médicos le habían diagnosticado cáncer de pulmón, con un pronóstico de 9 meses de vida. Griego de nacimiento, se había radicado después de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, y decidió irse a morir a su patria chica. Inesperadamente, en lugar de caer en su lecho de muerte Moraitis empezó a sentirse mejor con cada día que pasaba. Consiguió trabajo y ha vivido normalmente hasta hoy, cuando a sus 97 años y sin rastros de cáncer, se cuenta entre los nonagenarios que plantean un gran misterio para la ciencia.
Esta isla hace parte de las llamadas ‘‘zonas azules’’, un grupo exclusivo de comunidades en donde la longevidad es la norma. Este lugar atrajo a Dan Buettner, un educador estadounidense, quien desde hace más de una década investiga dichos enclaves. Icaria, su más reciente descubrimiento, motivó su nuevo libro, Blue Zones, en el que hace un resumen de su búsqueda.

Comenzó a explorar el tema en 2002 con un solo lugar en mente: Okinawa, Japón. Por décadas esta isla ha sido reconocida por tener el mayor número de personas longevas y saludables en el planeta. Allí la población llega a edad avanzada a una tasa tres veces más alta que en Estados Unidos.

Al poco tiempo, con su equipo integrado por demógrafos y médicos expertos en el tema identificó otra nueva zona en la isla italiana de Cerdeña, que hoy tiene la tasa más alta de centenarios del mundo. Gracias al patrocinio de la National Geographic Society, encontró otro en la península de Nicoya, Costa Rica, donde habita una comunidad de mestizos que tiene la tasa de mortalidad más baja del país. El siguiente lugar fue Loma Linda, California, donde Buettner halló una comunidad de adventistas cuya expectativa de vida es diez años más alta que la de los demás estadounidenses. A medida que él y sus demógrafos señalaban en el mapamundi estos lugares con un círculo en tinta azul, se iban refiriendo a cada uno como zona azul. De ahí su nombre.
Buettner ha viajado a estos lugares para estudiar minuciosamente los factores responsables de la longevidad. Es cierto que en todos hay una historia de matrimonio entre parientes “pero hemos podido demostrar que su longevidad no se relaciona con los genes”, dijo el investigador a SEMANA. Agregó que la evidencia científica muestra que los genes solo pesan un 25 por ciento en la expectativa de vida. “El resto se debe al estilo de vida y al medio ambiente”. Por lo tanto, el foco de la investigación fue conocer qué hacían o dejaban de hacer los habitantes en los sitios.

Comer, rezar y amar
En Icaria identificaron el primer factor: los habitantes viven relajados. La gente se despierta tarde, hace siesta, no es prisionera del tiempo ni está preocupada por el dinero. “Nadie tiene reloj y la gente comparte la plata para comprar víveres”, le dijo un habitante. Llevar una vida lenta ayuda a prevenir la inflamación, que es la reaccióbn del cuerpo al estrés, y cuando es crónica puede promover problemas como aterosclerosis, diabetes, Alzhéimer y enfermedad coronaria.

El equipo de Buettner también notó que los habitantes de Icaria toman todas las tardes un té de hierbas hecho con mejorana, menta, romero, artemisia o yerba de san juan y limón. Una farmacista griega, Ionna Chinou, le dijo a Buettner que este té y otros que ellos consumen son remedios naturales. La menta ataca la gingivitis y los problemas gástricos; el romero sirve para la gota y la artemisia mejora la circulación. “Con estas bebidas posiblemente los icarianos mantienen baja su presión arterial”, dice el autor.
Su dieta, además, está basada en verduras, frutas, granos, aceite de oliva, leche de cabra y miel. Usan esta última para curar casi cualquier mal y reservan la carne para ocasiones especiales. Cultivan sus alimentos en sus propios jardines con lo cual garantizan que no están expuestos a pesticidas. Y siempre toman vino con las comidas.
Buettner así mismo supo que los habitantes de la isla son activos físicamente, pero a diferencia de países desarrollados donde la gente recurre a gimnasios, en este lugar el ejercicio es natural y no impuesto. La razón es que para ir de un lado a otro necesariamente hay que caminar por las colinas de la isla. Los viejos entre 65 y 100 años además reportan una vida sexual satisfactoria.

La incidencia de cada hábito en la longevidad tiene su explicación científica. Como los habitantes consumen pocas grasas saturadas y carne tienen menos riesgo de sufrir enfermedad coronaria. Tienen menos infartos, pues no solo el aceite de oliva aumenta sus niveles del colesterol bueno, sino porque dormir la siesta tres veces a la semana reduce 37 por ciento ese riesgo. El vino les sirve como antioxidante y no consumir azúcar ni harinas blancas los protege de la diabetes.

Pero la dieta y el ejercicio solo son parte de la respuesta. Buettner ha encontrado otros factores que pueden incluso ser más determinantes, como la estructura social. En Icaria, por ejemplo, los habitantes tienen su alto sentido de pertenencia, la comunidad está pendiente de cada uno y se asegura que a nadie le falte comida. Como se lo dijo un lugareño a Buettner, “aquí prima más el nosotros que el yo”.
En Cerdeña la estructura social también juega un papel importante pues la gente respeta a los viejos, que además siempre están activos y cumplen una función necesaria hasta su muerte. “Algunos estudios científicos han señalado que en los países desarrollados el retiro laboral tiene un impacto negativo que se traduce en una menor expectativa de vida”. En otras ‘‘zonas azules’’ como Okinawa y Nicoya, no existen estas etapas artificiales y los adultos, no importa su edad, siempre tienen un motivo para vivir. “Es una razón por la cuales importante levantarse cada mañana ya sea a enseñar karate o a cultivar vegetales en el jardín”, dice Buettner. Según expertos del National Institute of Aging de Estados Unidos, esta actitud añade años a la existencia.
El común denominador
Lo más interesante del trabajo de Buettner es que si bien cada zona tiene su propia receta para la longevidad, se pudo detectar que muchos de los factores fundamentales son similares. Las dietas se parecen en que la mayoría están basadas en plantas frescas, granos y poca carne, lo que garantiza que sean bajas en calorías pero ricas en nutrientes. Esto a su vez ayuda a que las personas controlen su peso. La actividad física y mental también es común en todas las zonas. Ninguno es triatlonista pero sí hacen ejercicio de baja intensidad regularmente, casi siempre como parte de su trabajo.
En total Buettner encontró 9 factores en común en estas cinco comunidades a los que bautizó como los poderosos 9 (ver recuadro). Su idea es que la gente los aplique en su estilo de vida cualquier lugar del mundo. “Hemos hecho esto en seis comunidades de Estados Unidos y hay evidencia de que funciona”, dice Buettner. En Albert Lea, Minnesotta, pusieron en marcha a partir de 2009 un estudio con 18.000 residentes que se inscribieron en el Proyecto de vitalidad de ‘‘zonas azules’’ basado en los hallazgos de Buettner.
El plan consiste en cambiar los estilos de vida en cuatro áreas, la dieta, el ejercicio, las redes sociales y el plan de vida. Para esto instruyeron a los participantes para que comieran mejor, fueran más activos, estrecharan lazos con los demás y tuvieran un propósito de vida, tal y como lo hacen los habitantes de las ‘‘zonas azules’’.
Hasta el momento el experimento ha mostrado sus frutos: los participantes en conjunto han perdido 5.400 kilos y la expectativa de vida ha aumentado 3,1 años. Los expertos desarrollan un proyecto similar en Beach City, California con resultados positivos.
Nadie tiene la fórmula para vivir más. Pero Buettner está convencido de que quienes sigan estos lineamientos tendrán más posibilidades de llegar a la vejez con buena salud. Por el contrario, quienes viven al estilo estadounidense, dice el autor, tienen más posibilidades de acortar su existencia en más de una década. El objetivo de su proyecto es que, como le dijo una anciana de 101 años en Icaria, a la gente se le olvide morir.
Cómo imitarlos
 A pesar de ser lugares muy distantes geográficamente, los habitantes de mayor longevidad en las cinco zonas de la tierra comparten ciertos estilos de vida. Buettner considera que si alguien los aplica en cualquier otro lugar podría beneficiarse con diez años extra.
1. Muévase: la actividad física es esencial y para lograrlo no se requiere ser maratonista. Una caminata diaria reportará beneficios para la salud.
2. Regule el peso: la idea no es hacer dietas pero sí lograr un régimen suficientemente sano para mantenerse en su nivel ideal. Buettner recomienda dejar de comer cuando el estómago esté 80 por ciento lleno, usar platos más pequeños y comer despacio.
 3. Coma plantas: la mayoría de los longevos no tiene acceso a carne y solo la consume en ocasiones especiales. Su dieta se basa en vegetales y frutas, granos y productos hechos con harina. Las nueces deben ser parte de este régimen.
 4. Tome vino: la clave para obtener el beneficio es hacerlo con constancia y en moderación. Una copa de vino tinto con cada comida es una costumbre de la mayoría de los centenarios.

5. Motívese: es necesario tener una razón para levantarse a diario. Puede ser algo tan simple como ver a los nietos, hacer una tarea o desarrollar un pasatiempo.
6. Haga la pausa: tome siestas, saque tiempo para estar con sus amigos, medite y deje poco espacio en su vida para el estrés, pues en exceso es fuente de problemas.
7Pertenezca: los centenarios saludables profesan una fe, están involucrados con causas sociales y tienen un sentido de pertenencia en sus comunidades.
8. Dele prioridad a la familia: es la red social más importante en estos lugares. La recomendación es acercarse a los seres queridos, invertir tiempo en ellos y establecer tradiciones y rituales para verlos.

9. Busque iguales: rodearse de personas que comparten estos mismos objetivos ayuda a cumplirlos.
Tomado de la Revista Semana.com.co

lunes, 5 de noviembre de 2012

LA PEOR DERROTA MILITAR SUFRIDA POR NAPOLEÓN


Pulgas, nieve y balas
Por: Elespectador.com
La historia de cómo Napoleón Bonaparte sufrió en Rusia la peor derrota militar.

Nada en el continente europeo podía suceder sin que él lo autorizara o, por lo menos, se enterara. Nubes de cortesanos aduladores evolucionaban a su alrededor en una babel de lenguas que representaban el moderno mapa del mundo, dibujado y coloreado según su criterio. Hacía gala de una muy discutible apostura de estómago hinchado y calva incipiente, pero las mujeres suspiraban subyugadas por el mito de una hombría que él procuraba confirmar cada vez que se lo permitía la embriaguez del poder. Un poder afianzado por las bayonetas de soldados tan impecablemente uniformados como los de una juguetería, solo que estos eran reales, con notorias hojas de servicios, cicatrices de sable en los rostros, aretes en las orejas y mutilaciones que daban cuenta del precio pagado en aras de la gloria imperial.
Sufría de halitosis y ardor estomacal, males que se le exacerbaban con cada acceso de mal humor, y ahora tenía una rabieta que lo hacía dar pataditas de rabia sobre el suelo. Allí, sobre el inmenso mapa desplegado en la mesa, una pequeña porción señalada con una banderita identificaba el origen de su disgusto: Inglaterra, sobreviviente gracias a la pericia de su flota naval y a pesar del bloqueo al que estaba siendo sometida por decreto suyo.
Sin discusión posible, nadie podía comerciar con “la pérfida Albión”. Todos los monarcas y regentes de las naciones que eran sus aliados acataban lo ordenado en el mandato, salvo Alejandro, zar de Rusia y antiguo aliado, que guardaba un ambiguo silencio y no confirmaba que fuera a sumarse al bloqueo. Era una desobediencia intolerable para el emperador, no solo porque ponía en tela de juicio su autoridad, sino porque en términos prácticos, una vez él decidiera atacar e invadir la isla, su retaguardia quedaría expuesta a las tentaciones independentistas de Rusia y todos los reinos que eventualmente se sumaran al desacato.
Aparte del tamaño de su ego, equiparable al de su rival, el zar tenía una poderosa razón de estado para desobedecer: a raíz del decreto napoleónico, su economía, de hecho bastante golpeada tras varios años de guerra contra la Francia imperial, estaba postrada hasta el punto del colapso definitivo. El intercambio comercial con Inglaterra era tan vital para Rusia, que para el zar resultaba suicida prescindir del mismo.
Durante el primer semestre de 1812 el estado mayor de Napoleón preparó la que sería la expedición de castigo más avasallante que presenciara Europa desde los tiempos de Roma. Las águilas francesas impartirían a los rusos una lección igual de contundente a la que las legiones romanas habían dado a las tribus del límite oriental del imperio. En una carta que pretendía persuadir al zar para que se sumara al bloqueo aliado, Bonaparte argumentaba diciéndole que sus preparativos militares “...harán que su majestad refuerce los suyos propios. Y cuando las noticias de esas acciones lleguen a mí, me veré obligado a desplegar más tropas. ¡Y todo eso por nada!”.
Sin embargo, en lugar de doblegarse ante la diplomática amenaza, Alejandro y su estratega estrella, el mariscal Kutuzov, concentraron gran cantidad de tropas en la frontera. Indignado, Napoleón llamó al embajador ruso en París para mandar un último mensaje: “¿Qué significa ese despliegue de tropas? ¿Qué espera Rusia de mí? ¿Acaso ignora que es muy fácil empezar una guerra pero es muy difícil terminarla?”.
Durante los meses de infructuosos diálogos diplomáticos, el mando francés reclutó hombres procedentes de veinte naciones, muchas de las cuales se sumaron al gran ejército marchando bajo sus propias banderas, pero en su condición de aliados. El emperador tenía la esperanza de que el simple número —600.000 soldados y 50.000 caballos— sería suficientemente disuasivo y obligaría a reconsiderar a Alejandro, pero al ver que tal cosa no ocurría decidió avanzar y, desoyendo los consejos de algunos de sus oficiales más cercanos, cruzó el río Neimen, en la actual Lituania, entre finales de julio y principio de septiembre de 1812. Viendo pasar frente a sí la marea de hombres armados, se atrevió a profetizar que la guerra duraría a lo sumo veinte días. Ninguna fuerza sobre el planeta estaba en capacidad de oponérsele a semejante máquina bélica. “Conozco a Alejandro porque alguna vez tuve influencia sobre él”, dijo Napoleón. “Cambiará de parecer y, si no lo hace, dejemos que se cumpla el destino y Rusia colapse bajo mi odio por Inglaterra”.
El emperador partía del supuesto de que los rusos plantarían cara, pero tal cosa no ocurrió. En lugar de salirle al paso, el ejército de Kutuzov, con una inferioridad de dos a uno, se replegó cada vez más hacia el interior del vasto territorio, mientras los jinetes cosacos hostigaban los flancos y la retaguardia aliada. Las tácticas de avance rápido y concentración de fuerzas, que tantos réditos le había reportado a Bonaparte en el pasado, no funcionaba en Rusia porque no existía una red de caminos como la del resto de Europa. Mientras sus hombres avanzaban a marchas forzadas, los carros de suministros lo hacían a una velocidad mucho más lenta, razón por la cual la línea de abastecimiento se fue alargando y adelgazando cada vez más.
Adicionalmente, a medida que se retiraban los rusos arreaban consigo los rebaños de ganado y quemaban los campos y las cosechas, de modo que un ejército acostumbrado a vivir de lo que encontraba a su paso dependía ahora solo de lo que le llegara desde la retaguardia. El hambre y la sed empezaron a hacer estragos en la Grande Armée, con lo que la disciplina se fue al traste y la desmoralización cundió. Las deserciones —5.000 cada día— y los motines en busca de comida eran habituales, y a ese factor se sumó una epidemia de tifoidea originada en plagas de pulgas y piojos. Debilitados por la falta de comida y en el límite de su resistencia, los soldados acampaban en lugares donde previamente otros habían dormido y contaminado las fuentes de agua con sus heces. La diarrea y la disentería se sumaron a los anteriores males con tal fuerza que cerca de 100.000 soldados murieron o quedaron inhabilitados para combatir antes de que el mariscal Kutuzov se decidiera a esperarlos a pie firme cerca de una aldea llamada Borodino.
Siguiendo una tradición rusa según la cual se debe morir con ropa interior limpia, los soldados del zar se encomendaron a Dios mientras se vestían con calzoncillos y camisetas blancas recién lavados. El estruendoso y sangriento choque cobró cerca de 100.000 bajas entre ambos bandos y los aliados quedaron dueños del campo, mientras los rusos continuaban su retirada en buen orden, pero para Napoleón constituyó una victoria pírrica porque al entrar en Moscú sus bajas ascendían a 200.000 hombres entre muertos, heridos y enfermos.
El emperador tomó posesión de la desierta ciudad, bajo el supuesto de que Alejandro se haría presente para firmar el armisticio, pero esa noche Moscú, conformada en su mayoría por construcciones de madera, empezó a arder en incendios iniciados por las guerrillas rusas. El propio Napoleón describiría después el hecho: “Eran montañas de rojas y constantes llamas, como inmensas olas de un mar. Fue el más grande, el más sublime, el más aterrador espectáculo que el mundo nunca presenció”.
En medio de las ascuas, sin posibilidad de conseguir dónde guarecer a su gente, esperó una, dos, tres semanas y casi un mes, sin el resultado esperado. Nadie se presentó a reconocer su victoria. El frío apretaba y no tuvo más remedio que ordenar la retirada hacia el occidente para salir de aquella trampa en medio de las primeras nieves del invierno, que también cobraron un altísimo precio en términos de vidas.
En algún momento de la retirada el sol volvió a brillar y el hielo se derritió, pero los que antes eran caminos de nieve se convirtieron en lodazales aún más difíciles de sortear, y cuando parecía que ya no podía ocurrirles nada peor, el frío volvió a apretar y la nieve regresó congelándoles los cuerpos y, peor aún, la voluntad de supervivencia. Recientes exámenes de ADN a unos esqueletos hallados cerca de Vilna, Lituania, confirman que en esa fase de la retirada los microbios transmitidos por las pulgas tomaron casi tantas vidas como el frío y los ataques de los cosacos.
Aún se discute la cifra, pero buena parte de los historiadores calcula que solo sobrevivieron unos 30.000 soldados al que aún se considera el más grande desastre militar vivido por el mundo.

EN 1812 UN EJÉRCITO DE DIMENSIONES
Nunca antes vistas, bajo el mando de Napoleón Bonaparte, invadió Rusia para obligarla a  entrar por el aro del imperio. La enormidad del desastre, ocurrido entre septiembre y diciembre, iniciaría el ocaso del poder militar francés, hasta entonces indiscutible.
Tomado del Periódico El Espectador.

domingo, 14 de octubre de 2012

GARCÍA MÁRQUEZ CUMPLE TREINTA AÑOS DEL NOBEL DE LITERATURA

Su amigo evoca la consagración de García Márquez con el Nobel hace treinta años.
En la cabina del Jumbo de Avianca que viajaba esa noche desde Bogotá hasta Estocolmo y por obra de esa gentileza del corazón del presidente Betancur, a la cual ya estamos acostumbrados sus compañeros de generación, nos habíamos dado cita, los más antiguos y cercanos amigos de Gabriel García Márquez. Nuestro decano, Gonzalo Mallarino, nos miraba a todos como si el asunto fuera de una absoluta y cotidiana familiaridad. Allí estábamos, con nuestras respectivas esposas, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Hernán Vieco, Álvaro Castaño Castillo y Fernando Gómez Agudelo. Guillermo Ángulo circulaba por todo el avión como si lo acabara de comprar y Gonzalo Mallarino trataba de iniciar a su hijo, Gonzalo también de nombre, en la intrincada mitología del nieto del coronel Nicolás Márquez. Aura Lucía Mera presidía la itinerante celebración con una discreta y sabia condescendencia de reina en vacaciones.

Lo primero que advertí entre ese cerrado pelotón de viejos amigos, era que todos y cada uno compartían conmigo un sentimiento de absoluta naturalidad, de casi indiferente aceptación de algo que hacía muchos años dábamos ya por descontado: el Premio Nobel para nuestro común compañero de más de media vida de errancia, noches interminables de alcohol y sabiduría y una ininterrumpida y deletérea mamadera de gallo. Era evidente para todos que ese mítico viaje a la vasta noche escandinava era, apenas, un episodio más de nuestra saga a la vera de Gabriel y sus sucesivas y siempre deslumbrantes anunciaciones.

El viaje duró más de 20 horas. Hicimos escala en Puerto Rico, Madrid y París. Había pasajeros que bajaban, otros que subían, amigos en trance de diplomáticos y diplomáticos en trance de amigos que subían para saludar, pero nosotros no suspendíamos esa ardua, inagotable y sabrosa tarea que Gabriel resume como "hablar la vaina". Cuando ya no quedaba autor francés del siglo pasado y comienzos del presente por revisar con Alfonso Fuenmayor, tornábamos con Álvaro Castaño a tratar de esclarecer la madeja de matrimonios de los duques Valois de la Casa de Borgoña con las dinastías de Luxemburgo, Portugal y el Sacro Imperio. Cuando Castaño me abandonaba para lanzarse en alguna incursión a la cabina de turismo, volvíamos con Vieco a iniciar nuestro viejo número del diálogo entre 2 franceses a base de pujidos, resoplidos y enfáticos gestos con los hombros y los brazos, número que sólo a nosotros divierte y sospecho que hunde en el tedio a más de un irritado circunstante. Al tornar Vieco a dormir, con esa cara de paisa que ha cometido una bellaquería, Germán Vargas, desde su poltrona y con ese dejo bumangués que ya no se le quitará nunca, por mucha costa que le meta, se me queda mirando con sus ojos azules de gato insomne para soltarme, con sorna que me hace regresar a mi sitio: "Maestro, se ve que usted espiga en todos los campos". Y así llegamos a Estocolmo. Nuestro aspecto estaba lejos de parecer impecable, 20 horas de hablar paja terminan con cualquiera. Desde luego, como siempre, con una excepción: Álvaro Castaño Castillo luce su aire de dandy recién levantado, y "cruza por los salones su indolencia como partiendo en 2 el siglo XX".

Cuando volvimos a reunirnos en México, Gabriel me comentó varias veces: "Cuénteme cómo fue esa vaina de Estocolmo. Yo no me acuerdo de nada. Sólo veo los relámpagos de los fotógrafos y vuelvo a padecer las preguntas de los periodistas, siempre las mismas. ¿A dónde iban, dónde comían, cómo era todo?". Creo que ya se cansó de escuchar mi versión y anda ahora preguntándoles lo mismo a otros compañeros de viaje.

El primer acto al que asistimos fue, en muchos aspectos, el más conmovedor y entrañable. Consistió en la lectura que hizo Gabriel de su conferencia sobre 'La soledad de América Latina' en la sala de actos de la Academia Sueca. El texto, que en fondo es un llamado desgarrador y airado, fue leído por Gabriel con una serena dignidad, con lejanía, casi, que lo hizo aun más hondo y verdadero. Todos los presentes tomaron conciencia, de repente, por la sola magia de un estilo maestro, de lo que en verdad significaban las apocalípticas palabras con las que termina 'Cien años de soledad'. Eso no fue óbice, naturalmente, para que, al terminar la ceremonia, Germán Vargas me lanzara el consabido comentario: "Este Gabito también espiga en todo los campos".

Y así continuó la fiesta. Los suecos, como todo pueblo viejo y, por ende, sabio, saben darle a la rutina ceremonial de su corte y de sus instituciones una absoluta sencillez, una austera elegancia que nos hace participar en estos actos como si fueran la cosa más natural y cotidiana del mundo. Así llegamos a la entrega de los premios en el Gran Auditorio del Konserthuset. Para todo el mundo es ya familiar la figura adusta, casi melancólica, de Gabriel García Márquez recibiendo de manos del rey la medalla y el pergamino que lo acreditan como Premio Nobel de Literatura de 1982. Para el grupo de sus viejos amigos allí presentes, fue un momento de recogimiento, de nostalgia evocadora, de entrañable comunión con quien ha sido siempre el mejor de los amigos y el más cariñoso e indulgente testigo de nuestros descalabros.

Cuando, vestido con su impecable liquiliqui, recibía la nutrida ovación de la sala cuyos aplausos no parecían terminar jamás, me di cuenta que, desde cuando nos encontramos por primera vez en Cartagena, hace 33 años, por intermedio de Gonzalo Mallarino, ya esta noche de Estocolmo y esta ferviente aclamación que llegaba del mundo entero estaban presentes, con evidencia profética, en el estruendo del viento que azotaba las palmeras de Bocagrande y en la vasta y tibia noche del Caribe. Esta lógica implacable de una vida hecha de amor por las letras, devoción y esperanza en el hombre y feroz disciplina de trabajo, me llenó los ojos de lágrimas. Volví a ver a mis compañeros de palco y de viaje y tuve la certeza de que todos estábamos pensando lo mismo.

Luego vino el banquete real en el Stadhus. Todos esperábamos, con justificada ansiedad, la participación de los grupos folklóricos colombianos escogidos por Colcultura para actuar en uno de los intermedios que, durante el banquete, separan las intervenciones de los premiados destinadas a hablar de su obra y agradecer el premio recibido. En 10 escasos minutos los grupos de baile y los cantantes trajeron a la inmensa sala de la fiesta, en donde se reunían más de mil 300 invitados, un aire de Colombia, una maravilla de color y de gracia en donde no hubo un detalle fuera de lugar ni una nota de más. Los colombianos, sin saberlo, ni desde luego, proponérselo, estaban repitiendo la sabia lección de buen gusto dada por nuestros huéspedes.

Todo sucedió de noche. Estocolmo, una de las más bellas capitales de Europa, la venerable fortaleza marina de los Wasa, solo tiene por esa época unas pocas horas de una luz opalina y fantasmal. Pero también esto contribuyó con mucho al ambiente feérico, agitado y nostálgico en el cual transcurrieron esos 4 días inolvidables que hoy he tratado de evocar y que, de nuevo, se me han, escapado para regresar a esa zona de lo inefable en donde se refugian los recuerdos que nos permiten seguir viviendo. No es la palabra escrita el medio indicado para darles permanencia. Ellos viven de esa savia inagotable que en portugués se llama 'saludable', y eso no se escribe.

Por Álvaro Mutis. Texto publicado en 1983 Por la División de Publicaciones, Subdirección de Comunicaciones Culturales, Instituto Colombiano de Cultura.

jueves, 11 de octubre de 2012

MO YAN GANADOR DEL NOBEL DE LITRERATURA 2012

Mo Yan 'feliz' con su Nobel, quiere 'esforzarse más' en sus escritos
Así lo manifestó el Nobel en su primera reacción proporcionada por los medios estatales.
El escritor chino Mo Yan es el ganador del Premio Nobel de Literatura 2012, anunció este jueves la Academia Sueca, que le ha concedido el galardón por su visión mágica y realista de China.

"Al saber que me concedieron esta recompensa, me sentí muy feliz", dijo el laureado de 57 años. "Voy a esforzarme más en la creación de nuevas obras. Quiero trabajar más para agradecérselo a todo el mundo", añadió, citado por la agencia China Nueva.

"Sin embargo, creo que este premio no lo es todo. Creo que China tiene numerosos autores con mucho talento. Su brillante producción merece también ser reconocida en el mundo", añadió el novelista desde su pueblo de Gaomi, en la provincia de Shandong, donde se encontraba este jueves.

Mo Yan "muestra con cuentos populares de un realismo alucinatorio la historia actual y contemporánea", subrayó el portavoz del Comité Nobel al anunciar la concesión del premio. Mo Yan, que significa 'no hables' en chino, es el seudónimo de Guan Moye, el verdadero nombre del nuevo Nobel de Literatura.
El escritor, de 57 años, recibirá el preciado galardón por su retrato de la convulsa historia de su país, en una descripción en que confluyen las tradiciones y ritos del mundo rural y en un lenguaje que mezcla el realismo y la magia, así como la ironía y la sensibilidad, según la explicación de la Academia, que recomienda especialmente 'Las baladas del ajo', entre sus producción literaria.
 
Entre sus libros más conocidos está 'Sorgo Rojo', la novela cuya adaptación al cine dio al director de cine Zhang Yimou el Oso de Oro de la Berlinale, en 1988, uno de los hitos de la historia de ese festival de cine.

El Nobel de Literatura 2012, dotado con ocho millones de coronas suecas (aproximadamente 1,2 millones de dólares), un 20 por ciento menos que el año pasado, sigue en la nómina del prestigioso galardón al poeta sueco Tomas Tranströmer, en 2011, y al peruano Mario Vargas Llosa, en 2010.  (Vea un listado de los Premio Nobel de Literatura de los últimos 15 años)
La semana de los Nobel arrancó el lunes con la concesión del de Medicina al británico John B. Gurdon y al japonés Shinya Yamanaka y prosiguió el martes con el anuncio del de Física, al francés Serge Haroche y el estadounidense David J. Wineland. La ronda de los Nobel del ámbito científico se cerró ayer con el correspondiente a Química, para los estadounidenses Robert J. Lefkowitz y Brian K. Kobilka.
Tras revelarse el de Literatura, la expectativa se desplaza al de la Paz, que se dará a conocer mañana, mientras que el lunes se conocerá el de Economía. La entrega de los Nobel se realizará, de acuerdo a la tradición, en dos ceremonias paralelas, en Oslo para el de la Paz y en Estocolmo los restantes, el día 10 de diciembre, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Alfred Nobel.

EFE - Tomado de Periódico El Tiempo

jueves, 13 de septiembre de 2012

LA CARRETA LITERARIA

Juan Gossaín cuenta la historia del quibdoseño que creó La Carreta Literaria.

Los libros son muy orgullosos: si uno los presta, no vuelven nunca más. Los únicos que siempre regresan son los que Martín Murillo reparte con su carreta por las calles históricas de Cartagena, en caseríos y veredas, entre charcos de invierno o bajo el sol impiadoso del Caribe.

El otro día, mientras atravesaba el parque de Bolívar, en cuyo costado todavía se puede oír a medianoche la quejumbre de los torturados que arrastran sus cadenas por el Palacio de la Inquisición, me salió al paso un vendedor ambulante que cargaba un termo caliente y dos papayas bajo el brazo. -Perdóneme que lo interrumpa -me dijo-, pero quiero hacerle una pregunta: ¿la vida de Dostoievski es más terrible que sus novelas, o es al revés? Lo miré con cara de petrificado. Aquel muchacho se gana la vida vendiendo frutas en pedazos y café en vasitos plásticos. -Lo que pasa -fue su explicación- es que Martín, el de la carreta, me prestó una biografía. Y Los hermanos Karamazov.

Martín no se quita nunca el gorro blanco, que es igual al que lucen los príncipes africanos en las grandes ceremonias. Hay algo de tristeza ancestral en su mirada. La carreta de madera, por su parte, es exacta a las que corretean por el mercado público, salvo que en vez de mercancías está repleta de libros que les presta a los niños de una escuela, a los emboladores, al jubilado que cabecea en una banca, a los taxistas que echan cuentos, al chofer de un bus. Martín no cobra un centavo ni exige documentos. "Si no se puede confiar en un hombre que lee -me pregunta-, ¿entonces en quién?". 'Robaron a Martín' Sus lectores jamás se han quedado con un libro. Ni uno solo. Si no lo encuentran, se los dejan en los escaños del parque o al pie de un árbol.

En cierta ocasión, a una muchacha barranquillera, que andaba de vacaciones, le entregó una historia de la Revolución Francesa. Desapareció año y medio. Martín perdió las esperanzas. Hace veinte días, sin darse por vencida, ella misma lo buscó por toda Cartagena hasta encontrarlo al anochecer. Le devolvió su libro.

Le contó que está preparando maletas para irse a estudiar un doctorado en Chile. Le dio a Martín un beso en la mejilla y le dijo: "Gracias". Luego se fue. Pero hace poco hubo una mañana en que Cartagena amaneció estremecida: le habían robado doscientos libros a Martín. Los había dejado a guardar en una caja, y, a lo mejor, el ladrón pensó que era dinero o comida y cargó con ella. En realidad, sí eran joyas y alimentos: una colección completa de literatura infantil. -Fue el mejor día de mi vida -recuerda Martín, con una sonrisa-: la gente me mandó 600 libros.

La Carreta Literaria, que acaba de cumplir cinco años, tiene en la actualidad 6.000 obras. Los niños son los que más leen. La generación que va de los 45 a los 60 años prefiere los clásicos. Me alegra saber que, según las estadísticas que Martín conserva en la cabeza, debajo del gorro, las mujeres jóvenes son las que más le piden filosofía y poesía. Los hombres, en cambio, son más inclinados a los libros técnicos. El primer día llovió Martín Murillo nació en Quibdó y estudió en Medellín. Volvió a su tierra, a ganarse la vida vendiendo unas arepas rellenas que preparaba su mamá, pero un día ella le aconsejó que buscara trabajo estable. Martín se fue para Cartagena. Lo contrataron para que cuidara un barco que estaba varado en Aruba. Le dijeron que iban a conseguirle el permiso para que se estableciera legalmente. Volvió a Cartagena y se sentó a esperar una visa que nunca llegó.

Acosado por la pobreza, consiguió que le prestaran 15.000 pesos y se fue a vender por la calle refrescos en bolsa y agua helada. -El primer día llovió -me dice- y no vendí ni una bolsa. Martín estaba en quiebra, aunque insistió tanto que llegó a vender más de mil bolsas por día. Pero como los griegos ya dijeron que ningún hombre escapa a su destino, una tarde, sentado en el parque de Bolívar, vio venir a un hombre inconfundible, todo vestido de blanco, incluido el sombrero: Raimundo Angulo Pizarro, presidente del Concurso Nacional de Belleza, que tiene las oficinas al frente.

Martín le contó una idea que le estaba dando vueltas en la mollera: que le ayudara a financiar una carretilla para prestarles libros a tantas gentes que mariposean por ahí. -¿Cuánto vale la carreta? -le preguntó Raimundo. -Un amigo mío me la hace por un millón de pesos -contestó. -¿Y los libros? -volvió a preguntarle. -Esos los consigo yo -se atrevió a contestar Martín. -Y yo pago la carreta -dijo el señor Angulo Pizarro. Ay, el Estado... Dicho y hecho.

Mientras un artesano pulía las tablas para la carretilla, Martín se paraba en la puerta de tantos congresos y seminarios que se celebran diariamente en Cartagena. Pedía libros. Era lo único que pedía. De modo que cuando el carpintero terminó de clavar la última tabla, ya Martín tenía sus primeras cien obras. Después se fueron sumando cadenas radiales, fábricas de gaseosas, la Gobernación de Bolívar, el Instituto de Cultura de Cartagena, escuelas de periodismo, revistas.

Aquel mismo distribuidor de Postobón, que un día le vendió las primeras bolsas de agua, ahora le ayuda a financiar la compra de libros. Los escritores también le llevan sus obras para que las reparta. La historia de Martín y su carreta se fue difundiendo por todas partes. Un día, salió en busca de colaboración porque una señora residente en Nueva York, barranquillera ella, le había escrito al parque para anunciarle el regalo de quinientos libros. El problema era la manera de enviarlos a Colombia. La empresa portuaria de Cartagena se ofreció a traerlos gratuitamente.

Martín inició los trámites legales y entonces fue cuando le vio la cara al infierno: el consulado colombiano en Nueva York remitió los documentos a la embajada en Washington, la embajada los envió a Bogotá, "en Bogotá me dijeron que los tenía la secretaria de la secretaria de la secretaria", recuerda Martín. Los libros no aparecieron jamás. Esa triste experiencia le enseñó que es mejor no meterse en tratos con el Estado. "El Estado es papelero y la lectura es acción".

En cambio, muchas personas que compran casas coloniales en el centro amurallado de Cartagena suelen encontrar libros antiguos escondidos en sótanos o desvanes. Llaman a Martín para que se los lleve. Al principio, y a sabiendas de lo que se trataba, él ponía cara de estarles haciendo un favor. Pero esa actitud cambió hace un mes. "Leí en el periódico lo que hizo el señor Yepes, presidente del Banco de Colombia", me cuenta Martín. "Regañó a unos empleados del banco que se valieron de un precio equivocado en almacenes Éxito para comprar neveras prácticamente regaladas. Les dijo que no es ético aprovecharse de un error ajeno".

Martín aprendió la lección. Desde ese día, les advierte a sus benefactores que le están regalando obras antiguas, muy valiosas, y que lo piensen bien. Ahora le dan las gracias por avisarles, pero, igual, le obsequian los libros. Y Martín quedó en paz con su conciencia. Epílogo Hoy tiene 44 años. ¿De qué vive el hombre de la carreta? ¿Con qué paga su almuerzo y el techo que lo cobija? Con un subsidio mensual que le dan sus propios patrocinadores. Y ya que la famosa carreta es desarmable, ha podido llevarla como invitada especial a las ferias literarias de Valledupar, Guadalajara, Caracas, Buenos Aires, Bogotá y por los caminos que conducen a las casitas de Altos del Rosario. Calcula que ha tenido, hasta hoy, 100.000 lectores.

La semana pasada, le rindieron un homenaje en Medellín, por los lados de la comuna 13, en el mismo colegio donde perdió tres veces el primero de bachillerato. A mí, por el contrario, me parece que poco ha cambiado la vida de Martín desde que era vendedor ambulante. Al fin y al cabo, un libro es como una botella de agua fresca... Acerca del autor Juan Gossaín periodista, hombre de radio y novelista, es académico de la Lengua. Juan Gossaín Especial para EL TIEMPO Cartagena de Indias.